Noche de Tiburones 31. ¿Deberíamos decirle la verdad?
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31. ¿Deberíamos decirle la verdad?

¿DEBERÍAMOS DECIRLE LA VERDAD?

Subimos en un elevador hasta el piso doce. —Por aquí —dijo él—. Es una caminata larga.

El pasillo era igual a los otros, con paredes de un blanco brillante y una alfombra dorada. Las habitaciones a ambos lados tenían puertas doradas.

Una puerta estaba abierta y vimos a un grupo de personas en medio de una fiesta. Tres chicos en traje de baño salieron de otra habitación. Supuse que iban a nadar un rato por la noche.

Derek se detuvo ante la puerta marcada con el 1282. Acercó una tarjeta a la puerta. Esta zumbó y él la empujó para abrirla.

Lo seguimos al interior. Era una habitación grande con dos camas individuales. Una de las camas era un revoltijo de sábanas y mantas. Y había ropa desparramada por todo el piso. Un sofá dorado contra la pared también tenía una montaña de camisetas y jeans.

—Mi tía dice que soy un desordenado —dijo Derek—. Pueden pasar por encima de esas cosas.

Rosa y yo caminamos hacia los altos ventanales. —¡Qué buena vista! —dije. Miré hacia abajo, a la piscina. Varias personas descansaban en las reposeras. Dos mujeres estaban de pie en la parte baja de la piscina. Los tres chicos que vimos en el pasillo acababan de llegar a la terraza.

Derek sacó su iPad de una mochila que estaba en el suelo. Apartó de una patada un montón de camisetas y se dejó caer en el borde de la cama. —¿De dónde son ustedes? —preguntó.

—De Ventura, California —dije.

—Yo vivo en Cleveland, Ohio. Pero mi tía es de Ann Arbor. Eso queda en Michigan —dijo Derek—. A ella le encanta este lugar. Dice que dejar el teléfono de lado por una semana son unas verdaderas vacaciones. —presionó un par de cosas en el iPad—. ¿Dónde están sus padres?

—Bueno...

¿Debería mentirte o decirte la verdad?