No Todo Es Real CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

James esperó a que Alicia se fuera a ver a su madre.

Para el sábado por la tarde, ya había buscado el nombre de Alejandro Navarro en internet más veces de las que estaba dispuesto a admitir.

LinkedIn.

La web del estudio.

Revistas de arquitectura.

Treinta y nueve años. Socio de un pequeño estudio en Poblenou. Unos quince empleados. Proyectos residenciales, reformas de hoteles, mesas redondas del sector.

James vio parte de una entrevista del año anterior.

Alejandro se expresaba bien.

Parecía relajado.

Simpático.

El tipo de persona en quien la gente probablemente confiaba enseguida.

James lo odiaba.

Y no solo por el beso.

Aunque aquella imagen seguía apareciendo sin permiso.

Alicia a la salida del bar.

Alejandro inclinándose hacia ella.

Alicia sin apartarse.

James cerró el vídeo.

Después abrió la carpeta que Alicia le había enviado.

Los mensajes.

Los dos números.

La amenaza.

Las fotografías.

Y, sobre todo, la instrucción de Alicia:

No vuelvas a contactar conmigo.

Alejandro la había recibido.

Y la había ignorado.

James reunió todo en un único documento.

Solo cuando terminó se dio cuenta de que estaba abordando la situación como el abogado que era.

Probablemente era la mejor manera de hacerlo.

El lunes por la mañana, James le dijo a Alicia que tenía varias llamadas.

Ella lo miró con desconfianza.

—Pareces muy concentrado.

—Tengo un día complicado.

Alicia cogió las llaves.

—Nos vemos luego.

Pocos minutos después de que ella se marchara, James hizo lo mismo.

Las oficinas de Alejandro ocupaban la cuarta planta de un antiguo edificio industrial rehabilitado en Poblenou.

Paredes de cristal.

Suelos de hormigón.

Demasiadas plantas.

James llegó poco después de las diez.

La recepcionista sonrió.

—¿Puedo ayudarle?

—Vengo a ver a Alejandro Navarro.

—¿Tiene cita?

—No.

—¿De qué se trata?

—Es un asunto personal.

—¿Su nombre?

—James Fairburn.

Algo cambió en la expresión de la mujer.

Parecía haber entendido algo.

Interesante.

—Un momento, por favor.

Alejandro apareció once minutos después.

Se detuvo al ver a James.

—James.

James se levantó.

Alejandro miró hacia recepción.

—¿Podemos hablar en algún sitio privado?

—Esa era la idea.

Lo condujo hasta una sala de reuniones acristalada.

—No deberías estar aquí —dijo Alejandro.

James estuvo a punto de reírse.

—Curiosa forma de empezar.

—Me refiero a mi trabajo.

—¿Pero tú sí puedes aparecer cerca de mi casa?

—¿Qué quieres?

—Nada de ti.

—Entonces ¿por qué has venido?

—Para asegurarme de que entiendes una cosa.

Alejandro se apoyó en la mesa.

—Has hablado con Alicia.

—Sí.

—¿Te lo ha contado todo?

Ahí estaba.

La insinuación de que él sabía algo que James desconocía.

—Sí —dijo James—. Todo.

La expresión de Alejandro cambió.

—La copa. El beso. Los mensajes. El segundo número. La amenaza. Las fotografías.

James hizo una pausa.

—Y la parte en la que te dijo que no volvieras a contactar con ella.

Alejandro no dijo nada.

—Ella me devolvió el beso.

—Lo sé.

Aquello lo descolocó.

—Ella también quería.

James no dejó que se le notara.

—No vas a contarme nada que no sepa ya.

—Y aun así sigues con ella.

—Esto no tiene nada que ver con mi matrimonio.

—Claro que lo tiene.

—No.

James se inclinó ligeramente hacia delante.

—Esto va de que sigues contactando con mi mujer después de que te haya pedido que pares.

—Está confundida.

—No.

—Siente algo por mí.

—Eso es irrelevante.

—No lo es.

—Lo es cuando te ha dicho que pares.

Alejandro se quedó callado.

James dejó que el silencio se alargara.

—Alicia te dijo que no volvieras a contactar con ella.

—Sé lo que escribió.

—Bien.

—¿Crees que eso significa que no siente nada?

James lo miró fijamente.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Cuál?

—Que crees que lo que ella pueda sentir importa más que lo que te está diciendo.

La mandíbula de Alejandro se tensó.

—No sabes lo que pasó entre nosotros.

—Sé lo suficiente.

—No dijo que no cuando la besé.

James sintió el golpe de aquellas palabras.

—Lo dijo después.

Alejandro no respondió.

—Te dijo que había sido un error. Terminó las sesiones. Te dijo que no volvieras a contactar con ella.

Silencio.

—Y tú decidiste que todo eso significaba otra cosa.

—Tú no estabas allí.

—No.

—No sabes cómo me miraba.

James lo observó.

—Crees que estás viviendo una historia de amor.

Alejandro sostuvo su mirada.

—No lo estás.

Una leve sonrisa.

—Eso no lo sabes.

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque te ha pedido que la dejes en paz.

La sonrisa desapareció.

James sacó el teléfono.

—Tengo todos los mensajes. Los números que utilizaste. El correo que me enviaste. Las fotografías. Y su mensaje por escrito diciéndote que no vuelvas a contactar ni con ella ni con su familia.

Algo cambió en la expresión de Alejandro.

—Si hay un mensaje más, otro número, otro correo o vuelves a aparecer delante de su consulta o cerca de nuestra casa, quedará constancia formal.

—¿Me estás amenazando?

—No.

—¿Has venido a mi oficina para decirme lo que va a pasar si vuelvo a contactar con ella?

—Sí.

—Eso suena bastante a amenaza.

—Es una advertencia.

—¿Qué diferencia hay?

—Las pruebas.

Alejandro lo miró fijamente.

James se levantó.

—Si vuelves a acercarte a mi familia, a nuestra casa o a su consulta, lo consideraré acoso.

—Tú no decides lo que ella quiere.

—No.

James asintió.

—Lo decide ella.

Caminó hacia la puerta.

—Y ya lo ha hecho.

—James.

Se detuvo.

—Ella no era feliz.

James se volvió.

—No.

—Tú no lo sabes.

—Conozco a mi mujer.

—Por lo visto, no tanto como creías.

Ahí estaba.

La frase pensada para hacer daño.

James sonrió.

—Lo que ocurra entre Alicia y yo es asunto nuestro.

La expresión de Alejandro cambió.

—Tú no decides nada sobre nuestro matrimonio.

James abrió la puerta.

—Y una cosa más.

Alejandro lo miró.

—He grabado esta conversación.

Por primera vez, Alejandro pareció realmente sorprendido.

—Si tengo que volver aquí, no vendré como marido de Alicia.

Una pausa.

—Vendré como su abogado.

James sostuvo su mirada.

—Y créeme, no te interesa.

Salió.

Después caminó durante casi cuarenta minutos.

Le temblaban las manos.

Aquello lo sorprendió.

Dentro de la sala había estado tranquilo.

Ahora quería darse la vuelta.

Preguntarle a Alejandro exactamente qué le había dicho Alicia.

Cuánto había durado el beso.

Si había habido algo en su mirada que el propio James había dejado de ver hacía tiempo.

Odiaba querer saberlo.

Alejandro tenía razón en una cosa.

Había partes de Alicia que James desconocía.

La copa lo había demostrado.

El beso lo había demostrado.

Y la mentira posterior, aún más que cualquiera de las dos cosas.

Pero aquel era su matrimonio.

Su problema.

Alejandro no tenía derecho a convertirlo en un permiso.

James cruzó la calle.

Cuando Alicia llegó a casa, James estaba terminando una llamada.

—¿Qué tal el día?

—He ido a ver a Alejandro.

Alicia se detuvo.

—¿Qué?

—He ido a su oficina.

—¿Has hecho qué?

—He hablado con él.

—¿Has ido a su trabajo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Sabes por qué.

—No. No lo sé.

—Te amenazó.

—¿Así que has ido a amenazarlo tú?

—No lo he amenazado.

—¿Qué has hecho?

—Decirle que te deje en paz.

—Eso ya se lo dije yo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué tenías que hacerlo tú?

—Porque te ignoró.

—Eso no significa que la decisión sea tuya.

—Soy tu marido.

—Y eso tampoco significa que la decisión sea tuya.

James sintió crecer la irritación.

—Se acercó a nuestra casa. Contactó contigo en tu teléfono personal. Cuando lo bloqueaste, utilizó otro número. Te amenazó.

—Sé lo que hizo, James. Me pasó a mí.

Aquello lo frenó.

Alicia cruzó los brazos.

—Yo no te pedí que fueras.

—No.

—Y no me lo dijiste porque sabías que te habría dicho que no fueras.

—Sí.

—Eso no te ayuda tanto como crees.

James apartó la mirada.

Tenía razón.

—Tampoco es que tú hayas gestionado todo esto de maravilla.

La expresión de Alicia cambió.

James se arrepintió de inmediato.

—Ya.

—Alicia…

—No. Tienes razón.

—No quería decir eso.

—Sí querías.

James soltó el aire.

—¿Qué te dijo? —preguntó ella.

James le contó lo suficiente.

Que Alejandro sabía que él lo había visto todo.

Que cualquier nuevo contacto quedaría documentado.

Que debía mantenerse alejado de ella, de su familia y de la consulta.

—¿Y él qué dijo?

—Nada importante.

—James.

James dudó.

—Dijo que no eras feliz.

Alicia frunció el ceño.

—Lo insinuó.

—¿Y?

—Le dije que se equivocaba.

James hizo una pausa.

—¿Se equivoca?

—Sí.

Sin vacilar.

James quería que aquello bastara.

Ayudaba.

Alicia se apoyó en la encimera.

—Yo no era infeliz.

—Entonces ¿qué era?

Ella bajó la mirada.

—No lo sé.

James sintió que algo se le hundía dentro.

—Eso no tranquiliza mucho.

—Ya lo sé.

—¿Estabas aburrida de nosotros?

—No.

—Entonces ¿por qué sentirte vista por él merecía poner en riesgo todo esto?

Alicia lo miró durante unos segundos.

—Porque no me di cuenta de que estaba poniendo todo esto en riesgo.

—Sabías que no era solo una copa.

—Sí.

—¿Ya lo sabías entonces?

Una pausa.

—Sí.

Dolió.

Pero al menos era la verdad.

Alicia se acercó.

—No voy a justificar lo que hice. Pero tampoco voy a permitir que Alejandro convierta una cosa que hice mal en una relación que nunca existió.

James la miró.

—Él no decide lo que pasó.

—No.

—Y tú tampoco.

James frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que no puedes resolver esto por mí solo porque estás enfadado.

—Estoy intentando protegerte.

—Lo sé.

—Entonces ¿cuál es el problema?

—Que no me preguntaste.

James guardó silencio.

La expresión de Alicia se suavizó.

—Una parte de mí se alegra de que hayas ido.

Aquello lo sorprendió.

—Pero si pasa algo más, lo decidimos juntos.

James asintió.

—Vale.

Alicia miró el teléfono que había sobre la encimera.

—Creo que deberíamos dejar constancia oficial.

James la observó.

—¿Ir a la policía?

Alicia dudó.

Después asintió.

—Sí.

—¿Y a su empresa?

—Todavía no.

—Vale.

Alicia le tendió la mano.

James dejó que se la cogiera.

Por primera vez en varios días, el silencio entre ellos ya no parecía el sonido de algo rompiéndose.

No estaba arreglado.

Todavía no.

Pero quizá podía arreglarse.