No Todo Es Real CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

Alicia supo que algo iba mal en cuanto entró en casa.

No porque hubiera nada distinto.

Las zapatillas de Theo estaban junto a la entrada, una encima de la otra, como si se las hubiera quitado de una patada sin molestarse en separarlas. La mochila estaba en el suelo junto a la consola. Desde algún lugar del pasillo llegaba música a bajo volumen.

Todo normal.

Lo extraño era que Theo no hubiera dicho nada.

Normalmente bastaba con que se abriera la puerta.

Hola.

¿Qué hay para cenar?

¿Puede venir Marc?

O, más recientemente, Clara viene luego, dicho más como información, no como una pregunta.

Aquella tarde, nada.

Alicia dejó el bolso.

—¿Theo?

No hubo respuesta.

Recorrió el pasillo.

La puerta de su habitación estaba casi cerrada.

—¿Theo?

—¿Qué?

Ahí estaba.

—¿Todo bien?

—Sí.

Demasiado rápido.

Alicia abrió un poco más la puerta.

Theo estaba tumbado en la cama, todavía con la ropa del colegio, mirando el móvil.

—Has vuelto pronto.

—No.

Alicia miró el reloj.

—Sí.

—Vale.

—¿No tenías baloncesto?

Theo no apartó los ojos de la pantalla.

—Ya he terminado.

Alicia hizo una pausa.

—¿Y Clara?

—No.

Ahí estaba.

Se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Theo.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Puedes no hacerlo?

Alicia lo observó.

Su cara apenas revelaba nada, pero lo conocía.

Llevaba catorce años conociéndolo.

—¿Habéis discutido?

—No.

—Vale.

Esperó.

Theo siguió mirando el teléfono.

Alicia se dio cuenta de que lo que hubiera en la pantalla no se movía.

—Sabes que sostener el móvil y mirar lo mismo durante cinco minutos no cuenta realmente como usarlo.

Él levantó la vista.

—¿Llevas cinco minutos ahí?

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

—Intuición profesional.

—Eso da miedo.

Durante un segundo, la boca de Theo amagó una sonrisa.

Alicia se conformó.

—Voy a hacer la cena.

—Vale.

—¿Te apetece algo en concreto?

—No.

—Muy útil.

Se giró para marcharse.

—¿Mamá?

Alicia volvió la cabeza.

Theo había dejado el móvil.

—¿Qué?

Dudó.

Después pareció cambiar de opinión.

—Nada.

Alicia asintió.

—Vale.

Cerró la puerta.

Hizo pasta porque apenas requería pensar.

Mientras hervía el agua, Alicia se cambió de ropa y miró el móvil.

Nada de James.

Nada de nadie.

Volvió a dejarlo.

Alejandro había salido de la consulta poco antes de las doce y no había ocurrido nada más en toda la tarde.

No había vuelto.

No había intentado contactar con ella.

Nada.

Exactamente lo que había pedido.

Bien.

Ralló parmesano en un cuenco.

La música dejó de sonar en la habitación de Theo.

Unos minutos después apareció en la cocina.

—¿Puedo comer?

Alicia lo miró.

—Casi está.

Theo cogió una botella de agua y se sentó a la mesa.

Alicia removió la pasta.

Durante unos minutos ninguno dijo nada.

Entonces Theo habló.

—¿Te acuerdas de lo que dijo Iaia sobre Clara?

Alicia dejó de remover.

—¿El qué?

—Cuando estuvimos allí.

Se giró hacia él.

—¿Qué dijo?

Theo empezó a despegar una esquina de la etiqueta de la botella.

—Que la había visto.

Alicia lo recordó.

Su madre insistiendo en que había visto a Clara en algún sitio, a pesar de no conocerla ni haberla visto nunca.

—Con alguien.

En aquel momento, Alicia lo había descartado.

Otro recuerdo fuera de lugar.

Otra persona de otro momento arrastrada hasta el presente.

—¿Y?

Theo se encogió de hombros.

—Tenía razón.

Alicia bajó el fuego.

—¿Sobre qué?

Theo tardó en contestar.

—La vio con alguien.

Alicia lo miró.

—¿Un chico?

Asintió.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Alguien del colegio?

—Probablemente.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho Marc.

Alicia sacó la silla de enfrente y se sentó.

—¿Qué te ha dicho?

La mandíbula de Theo se tensó.

—Los vio.

—¿Dónde?

—¿Importa?

—No.

—Sí.

Alicia esperó.

—Cerca del colegio. La semana pasada.

—¿Qué estaban haciendo?

Theo la miró como si estuviera siendo deliberadamente tonta.

—Juntos.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Se besaron.

Alicia guardó silencio.

Sintió algo extraño en el pecho.

No exactamente sorpresa.

Más bien reconocimiento.

Theo apartó la mirada.

—Al parecer todo el mundo lo sabía menos yo.

—Dudo mucho que todo el mundo lo supiera.

—Marc lo sabía.

—¿Lo vio él?

—Sí.

—¿Y te lo ha contado hoy?

—No.

Alicia frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Porque no le creí.

Había algo dolorosamente inocente en aquella respuesta.

—¿Y ahora?

Theo cogió el móvil.

—Me lo ha dicho ella.

—¿Clara?

—¡Sí!

—¿Qué te ha dicho?

—Lo que pasó.

—¿Ha explicado por qué?

Theo soltó una risa seca.

—No lo sabe.

Alicia conocía bien aquella respuesta.

No por Clara.

Por cientos de conversaciones en su consulta.

No lo sé.

A veces significaba exactamente eso.

Otras, significaba: lo sé, pero no quiero decirlo en voz alta.

—¿Fue una sola vez?

Theo la miró.

—¿Qué?

—El beso.

—¿Importa?

—No.

Otra mentira.

Claro que importaba.

No porque una vez fuera aceptable y dos no.

Sino porque Alicia se dio cuenta de que necesitaba saberlo.

Y odió necesitarlo.

—Dice que solo fue una vez —dijo Theo.

Alicia se quedó inmóvil.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿La crees?

—No lo sé.

Theo miró la botella que tenía entre las manos.

—No deja de decir que solo fue un beso.

Alicia no se movió.

Solo un beso.

Miró a su hijo sentado frente a ella.

Theo tenía catorce años.

Su primera novia de verdad. La primera vez que había creído que alguien lo había elegido y después había descubierto, de golpe, que quizá no era así.

Alicia quiso decirle que se le pasaría.

Que dentro de seis meses apenas importaría.

Que un beso no significaba necesariamente que Clara no se preocupara por él.

Pero las palabras no salieron.

Porque su marido todavía no sabía que ella había besado a otro hombre.

Y Alicia sabía perfectamente que, si James lo descubría, decir que había sido solo un beso no haría que doliera menos.

—¿Mamá?

Alicia se dio cuenta de que Theo la estaba mirando.

—Perdona.

—Lo has vuelto a hacer.

—¿El qué?

—Irte.

—Estoy aquí.

—No del todo.

Alicia alargó la mano y la puso sobre la suya.

Theo no la retiró.

Ese gesto le dijo más que cualquier palabra.

—Lo siento.

Se encogió de hombros.

—No tienes que decidir nada esta noche.

—¿Sobre qué?

—Sobre Clara.

—Quiere que la perdone.

—¿Y tú qué quieres?

—No lo sé.

—Pues esa es tu respuesta por hoy.

Theo la miró.

—¿Tú qué harías?

La mano de Alicia seguía sobre la suya.

La pregunta la pilló desprevenida.

—Esto no va de lo que haría yo.

—Ya lo sé. Te lo pregunto.

Pensó en James.

En el beso.

En todo lo que le había dicho a Alejandro aquella mañana.

—Creo que las personas pueden cometer errores —dijo finalmente.

Theo no respondió.

—Y creo que a veces puedes hacer daño a alguien a quien de verdad quieres sin querer perderlo.

—¿Entonces debería perdonarla?

—No.

—¿Entonces qué estás diciendo?

—Que cometer un error y arrepentirte no obliga a la otra persona a perdonarte.

Theo frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

—¿Cómo?

—Clara puede estar realmente arrepentida. Y tú puedes estar realmente dolido. Las dos cosas pueden ser verdad.

Theo se quedó pensándolo.

—¿Tú perdonarías a papá?

Alicia sintió que se le tensaba el estómago.

—¿Si besara a otra?

Theo asintió.

Ella lo miró.

—No lo sé.

—Lo matarías.

Alicia se rio a pesar de sí misma.

—No mataría a tu padre.

—Querrías hacerlo.

—Posiblemente.

Theo sonrió.

Pero la sonrisa desapareció casi enseguida.

—Me siento idiota.

—¿Por qué?

—Porque todos lo sabían.

—No sabes eso.

—Debería haberme dado cuenta.

—No.

—Sí.

—Theo.

La miró.

—Confiar en alguien no te hace idiota.

Las palabras salieron antes de que Alicia tuviera tiempo de pensar en ellas.

Hubo un silencio.

Theo bajó la mirada.

—Mañana no voy al colegio.

—Sí vas.

—Mamá.

—No.

—Todo el mundo lo sabe.

—Entonces quedarte en casa solo hará que hablen más.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido. Vas. Te comportas con normalidad. Para el jueves alguien más habrá hecho alguna estupidez y a nadie le importará.

—No entiendes cómo funciona el colegio.

—Yo fui al colegio.

—En el siglo pasado.

Alicia se quedó mirándolo.

—¿En el siglo pasado?

Theo sonrió.

Ahí estaba.

Solo un instante.

Pero estaba.

Alicia se levantó y volvió a los fogones.

—La cena estará lista en dos minutos.

—¿Puedo comer en mi habitación?

—No.

—¿Por qué?

—Porque estoy haciendo la cena y vamos a comer juntos.

—Eso no es una razón.

—En esta casa sí.

Theo suspiró.

Pero se quedó.

Cenaron en la mesa de la cocina.

Theo habló poco, pero se comió dos platos de pasta, algo que Alicia decidió interpretar como una buena señal.

Después desapareció en su habitación.

A las nueve y media, Alicia llamó a la puerta.

—¿Sí?

Entró.

Theo estaba debajo del edredón, con el portátil abierto a su lado.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Quieres hablar?

—No.

—Vale.

Se acercó y le dio un beso en la frente.

—Mamá.

—¿Qué?

—Tengo catorce años.

—¿Y?

—No tienes que hacer eso.

—Claro que tengo que hacerlo.

Theo se limpió la frente de forma exagerada.

Alicia sonrió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Llegó hasta la puerta.

—¿Mamá?

Se giró.

Theo miraba el portátil.

—No se lo digas a papá.

Alicia frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque hará un drama.

—No.

—Sí. Hará preguntas.

—Yo te he hecho aproximadamente cuarenta.

—Exacto.

Alicia sonrió.

—No se lo diré esta noche.

—Gracias.

Cerró la puerta.

Se quedó unos segundos en el pasillo.

No se lo digas a papá.

Una cosa tan pequeña.

Theo acabaría contándoselo.

O Alicia lo haría.

En realidad, no era un secreto.

No uno importante.

Aun así, las palabras la acompañaron hasta el dormitorio.

Se cambió, se lavó la cara y se metió en la cama.

El móvil estaba cargando en el lado de James.

Lo cogió.

Ningún mensaje.

Abrió la conversación con él.

Dejó el dedo sobre el teclado.

Podía decírselo ahora.

No lo de Theo.

Lo suyo.

Hay algo que no te he contado sobre Alejandro.

Solo unas palabras.

Nada más.

Después tendría que escribir el resto.

La copa.

El beso.

Que ella le había correspondido.

Alicia se quedó mirando el campo vacío.

Entonces sonó el teléfono.

James.

Respondió.

—Hola.

—Hola.

Su cara apareció en la pantalla.

Otra habitación de hotel.

Las mismas sábanas blancas.

—Has llegado a Londres.

—Finalmente.

—¿Qué tal el tren?

—Bien. Lleno.

—Pareces agotado.

—Gracias.

—Ya sabes qué quiero decir.

—Sí.

Sonrió.

—¿Qué tal Theo?

Alicia dudó.

—Bien.

—¿Solo bien?

—Tiene catorce años.

—Buen argumento.

Alicia se acomodó entre las almohadas.

—¿Qué tal tu día?

—Aburrido. Reuniones. Tren. Más reuniones mañana.

—¿A qué hora vuelves el jueves?

—Debería llegar sobre las ocho.

—Eso dijiste ayer.

—¿Ves? No he cambiado de opinión.

—Milagro.

James sonrió

Durante un rato hablaron de cosas sin importancia.

Del restaurante que había elegido uno de sus compañeros para la noche siguiente. De que Theo necesitaba zapatillas nuevas. De si tenían algún plan para el fin de semana.

Cosas normales.

Alicia empezó a relajarse.

Entonces James preguntó:

—¿Qué ha pasado con él?

Supo enseguida a quién se refería.

—¿Alejandro?

—Sí.

Alicia bajó la mirada.

—Lo he visto.

James esperó.

—¿Y?

—Le he dicho que no podía seguir tratándolo.

Hubo una pausa.

—¿Lo has hecho?

—Sí.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—No le ha gustado. Pero lo ha entendido.

James asintió.

—Bien.

—Le he dado la opción de ver a otra persona.

—Vale.

—No va a volver.

El alivio en el rostro de James era evidente.

—Bien.

Otra vez.

Alicia lo miró.

—Le he dicho que no me contacte ni venga a la consulta. Y que no vuelva a acercarse a ti.

James levantó ligeramente las cejas.

—¿Se lo has dicho?

—Sí.

—Gracias.

Aquello le dolió más de lo que esperaba.

—No tienes que darme las gracias.

—Lo sé.

James guardó silencio un momento.

—Simplemente me quedo más tranquilo sabiendo que se ha terminado.

Alicia tragó saliva.

—Yo también.

James sonrió.

—Vuelve pronto.

—El jueves.

—Bien.

—Intenta no sustituirme mientras tanto.

La sonrisa de Alicia desapareció antes de que pudiera evitarlo.

James se rio.

—Estoy bromeando.

—Ya lo sé.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Solo cansada.

—Duérmete.

—Tú también.

—Te quiero.

Alicia miró su rostro en la pantalla.

—Yo también te quiero.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

La llamada terminó.

Alicia dejó el teléfono.

Permaneció varios minutos tumbada en la oscuridad.

Las palabras de Theo volvieron a su cabeza.

No para de decir que solo fue un beso.

Después, las suyas.

Confiar en alguien no te hace idiota.

Alicia cerró los ojos.

Por primera vez en todo el día, no pensó en Alejandro.

Pensó en James.