CAPÍTULO 32 Aureliano olvida la frase que me hirió #2
La frase flotaba entre nosotros, ya sin oro, todavía mía y no intacta.
Pensé en todas las veces que un archivo había querido conservarme mejor que yo misma.
Pensé en Elena Vargas, en las horas prestadas, en los nombres, en las sillas de testimonio vivo, en todas las tecnologías que parecían éticas hasta que alguien descubría cómo hacerlas eficientes.
Pensé en el último umbral sin llamarlo así, en puertas que no reconocerían sangre, en obligaciones que podrían reclamar a los vivos con la misma limpieza con que Caterina había reclamado memorias.
—Quiero que se quede donde pueda contradecirse —dije al fin.
El Registro respondió.
[FRASE RESTITUIDA EN MARGEN REVOCABLE]PROPIETARIA: PRESENTE.TESTIGO ELEGIDO: PRESENTE.CUSTODIO ANTERIOR: DESINDEXADO.USO FUTURO: PROHIBIDO SIN INVITACIÓN EXPLÍCITA.NOTA: LA INTIMIDAD NO ES PRUEBA DE ACCESO.
El espejo se apagó.
Aureliano se quedó mirando el lugar donde había estado la frase.
Parecía más joven y más gastado. Sin aquella ruta de falsa proximidad, su belleza no desaparecía, pero dejaba de dar órdenes.
Era solo un rostro. Un buen rostro, seguramente.
La ciudad estaba llena de buenos rostros haciendo cosas imperdonables.
—¿Qué soy ahora? —preguntó.
Safiye, desde la puerta, respondió antes que nadie:
—Menos útil para Caterina. Más peligroso para ti mismo. Es un comienzo aceptable.
—No te pedí consuelo.
—Por eso te lo di en cantidad exacta.
Aureliano soltó una risa sin música. Luego me miró, y por primera vez no vi en sus ojos la expectativa de que mi reacción lo completara.
—No espero perdón.
—Bien. Así no perderemos tiempo.
—¿Puedo seguir ayudando?
Lo estudié. Había muchas razones para decirle que no.
Razones limpias, satisfactorias, narrativamente ordenadas.
Pero la guerra contra Caterina no se ganaría con gente pura, porque no teníamos suficiente gente pura y, además, la gente pura tiende a romperse al primer barro.
Aureliano conocía las rutas de falsa intimidad.
Ya no podía usarlas como antes. Esa pérdida era una llave.
—Puedes ayudar donde no te convierta en centro —dije—. Puedes explicar cómo Caterina indexa deseo. Puedes cargar placas. Puedes callarte cuando alguien herido hable.
—Eso último será lo más difícil.
—Me alegra que identifiques tus áreas de crecimiento.
Esta vez la risa del cuarto no fue grande, pero sí colectiva. Incluso Kemal bajó la mirada con una sombra de humor. El sonido no limpió nada. No absolvió a Aureliano. No devolvió lo robado a su estado anterior. Pero permitió que el aire siguiera moviéndose.
Al salir del taller, la ciudad parecía distinta sin que nada visible hubiera cambiado.
Los puentes seguían iluminados. Los niños seguían en riesgo.
Caterina seguía dentro del Atlas, convencida de que el dolor humano era un problema de ingeniería.
Pero una de sus rutas hacia mí se había cerrado, y no por asesinato, ni por secreto, ni por sacrificio heroico.
Se había cerrado porque alguien había devuelto una frase y aceptado vivir sin el privilegio de recordarla.
Kemal caminó a mi lado hasta la esquina donde el canal olía a algas removidas y cera húmeda. No me tocó. No necesitó tocarme para que la distancia entre nosotros tuviera peso.
—No voy a preguntarte qué decía completa —dijo.
—La oíste.
—Oí una restitución. No es lo mismo.
A veces el amor, si esa era la palabra que aún no nos atrevíamos a usar sin revisar los bordes, no consistía en saber más. Consistía en dejar que una puerta siguiera cerrada aunque tu nombre estuviera escrito en el marco.
—Podría contártela algún día —dije.
—Podrías no hacerlo.
—Eso no te incomoda.
—Me incomoda. Solo que no todo lo que me incomoda me autoriza.
La frase me sostuvo con más firmeza que una mano. Caterina habría considerado aquello ineficiente. Aureliano, antes, lo habría vuelto un gesto memorable. Kemal lo dejó ser una verdad práctica entre dos personas cansadas.
Detrás de nosotros, en el taller, el espejo se partió en dos sin que nadie lo tocara. De la grieta salió una sola línea dorada, que buscó el aire y no encontró índice.
El Registro la leyó antes de que desapareciera.
[ÍNDICE MODERNO: PERDIDO]RUTA HACIA MUERTE FUTURA DE INÉS LEÓN BENATAR: NO DISPONIBLE POR FALSA INTIMIDAD.INTENTO DE RECONSTRUCCIÓN: FALLIDO.ADVERTENCIA PARA GRAND ATLAS: BUSCARÁ RUTAS ALTERNATIVAS.
La advertencia no nos dio descanso. Pero sí me dio una satisfacción pequeña, feroz y nada elegante.
Por primera vez desde que Caterina había pronunciado mi pasado como si tuviera derecho a corregirlo, el mapa no sabía exactamente dónde empezaba mi herida.
El proceso no terminó cuando la frase volvió a su margen.
Esa fue otra incomodidad que Aureliano no había previsto.
Había imaginado, sospecho, una caída dramática: devolver, sufrir, quedar marcado ante todos como hombre que había aceptado perder poder.
La reparación real tuvo una segunda parte más fea.
Beatriz le hizo enumerar, una por una, las rutas donde había usado proximidad prestada.
No nombres completos, porque eso habría repetido la invasión, sino tipos de acceso: una mano recordada, un olor de infancia, la inclinación de una voz, un gesto de duelo, una frase que alguien había pronunciado solo una vez y que Aureliano había convertido en llave social.
—No puedo saber cuántas —dijo al principio.
Beatriz no levantó la vista de sus vidrios.
—Puede empezar por las que sí sabe y dejar de usar la ignorancia como cortina cara.
Mara hizo un sonido aprobatorio que podría haber partido nueces.
Aureliano empezó. La lista fue peor que una confesión de crímenes espectaculares, porque estaba hecha de cosas pequeñas.
Había consolado a una viuda usando la cadencia de su hijo.
Había ganado confianza de un funcionario repitiendo un proverbio familiar que jamás le habían dicho.
Había tranquilizado a un niño con una canción de cuna que no le pertenecía.
Cada ejemplo, aislado, podía pasar por habilidad social, por intuición, por el talento de un hombre sensible.
Juntos formaban una topografía de allanamientos corteses.
Kemal escuchó sin intervenir. Su rostro había adoptado esa quietud que en otro contexto precedía a una pregunta fatal. Cuando Aureliano terminó la tercera página, Kemal solo dijo:
—¿Cuántas veces creíste que era amor porque no hubo resistencia?
Aureliano abrió la boca, la cerró, miró sus manos.
—Demasiadas.
La respuesta fue insuficiente. También fue la primera que no parecía escrita para ser admirada.
El Registro no registró arrepentimiento.
Agradecí esa frialdad. Los sistemas, como los lectores, deberían desconfiar de los arrepentimientos bien iluminados.
Registró hechos: rutas usadas, rutas pendientes de devolución, propietarios desconocidos, índices contaminados.
Aureliano perdió, con cada línea, algo de su antigua capacidad para entrar en una habitación y saber dónde estaba la necesidad más rentable.
Vi el momento exacto en que comprendió que no solo estaba devolviendo una frase mía; estaba perdiendo un idioma entero de privilegio.
—Ahora no sé cómo hablarle a la gente —dijo.
Mara ni siquiera fingió piedad.
—Excelente. Bienvenido a la civilización.
Lía entró en ese momento con una bandeja de pan plano y aceitunas.
La dejó en medio de la mesa sin pedir permiso al círculo, porque el hambre era la única institución que ella respetaba sin discusión previa.
Aureliano no tomó nada hasta que Beatriz le dijo que podía.
Aquel detalle, pequeño y casi ridículo, me tocó más de lo que esperaba: el hombre que había vivido de tomar señales antes de recibirlas esperando autorización para una aceituna.
—Puedes comer —dijo Beatriz—. No lo conviertas en parábola.
—Voy a intentarlo.
—Fracasarás, pero mastica.
Kemal se acercó a mí mientras los demás discutían la siguiente lista. Su voz bajó hasta quedar solo para mi oído, no en secreto erótico, sino en privacidad práctica.
—Si quieres salir, salimos.
—No me estoy rompiendo.
—No he dicho eso.
—Lo pensaste.
—Pensé que no tienes que demostrar que puedes mirar cada daño para que cuente como tuyo.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que habría respondido con filo.
Habría dicho que él no entendía la necesidad de mirar.
Habría convertido su cuidado en acusación y mi resistencia en superioridad.
La versión de mí que hacía eso seguía viva; no pretendí lo contrario.
La sentí sacar la cabeza. Luego miré la frase recuperada, ya quieta bajo el papel blanco, y pensé que no quería que otra versión de mí, una que aún no había consentido perder, se me salvara por la fuerza desde dentro.
—Cinco minutos —dije.
Kemal abrió la puerta sin hacer triunfo de la concesión.
Afuera, el callejón olía a vidrio caliente y canal.
El sol había subido lo suficiente para mostrar toda la suciedad que la madrugada había perdonado.
Nos quedamos junto a la pared, sin hablar al principio.
De la calle principal llegaban voces, martillos, el rumor de una ciudad aprendiendo reglas nuevas con la elegancia de un animal vendado.
—No me gusta que haya oído esa frase —dijo él al cabo.
—Aureliano.
—Nadie.
La honestidad de la respuesta me desarmó más que cualquier promesa.
—A mí tampoco.
—No porque me perteneciera.
—Lo sé.
—Porque te la vi recuperar como si alguien hubiera usado una llave en una habitación donde yo solo había pedido quedarme en el umbral.
Había metáforas que en otro hombre habrían sonado ensayadas. En Kemal sonaban como informes a los que se les había escapado sangre. Me apoyé en la pared. La cal estaba fría.
—Esa habitación no estaba ordenada —dije.
—No necesito que lo esté.
—Hay cosas dentro que podrían no gustarte.
—Tengo opiniones muy duras sobre muchas cosas. Pocas me autorizan a registrar habitaciones ajenas.
Quise reír. No pude del todo. La risa salió como aire torcido.