CAPÍTULO 17 Las máscaras aplaudieron un recuerdo muerto
Las máscaras comenzaron a aplaudir antes de que nadie se las pusiera.
Al principio, el sonido pareció lluvia sobre madera: un golpeteo breve, irregular, casi tímido, perdido entre el rumor de la plaza veneciana donde Caterina Ziani había decidido demostrar que la paz podía fabricarse con suficiente vidrio, duelo y falta de vergüenza.
Después el aplauso encontró ritmo. Decenas de palmas huecas golpearon desde una pared cubierta de rostros blancos, dorados y azules.
Máscaras de teatro, máscaras de duelo, máscaras diplomáticas con bocas delicadas y ojos demasiado grandes; todas colgadas en orden, todas vacías, todas celebrando una función que aún no había empezado.
La plaza se quedó quieta de una manera que solo logran las multitudes cuando el miedo les ofrece un espectáculo y la curiosidad les pone una mano en la nuca.
Los mercaderes dejaron a medias sus susurros.
Dos guardias venecianos fingieron que no habían retrocedido.
Un grupo de refugiados sefardíes se apretó junto a la arcada, donde la sombra hacía menos visible la pobreza.
Los enviados otomanos observaban con la cortesía peligrosa de quienes saben convertir cualquier insulto en documento.
Desde un balcón lateral, el estandarte de San Marcos colgaba sin moverse, como si incluso el león hubiera preferido no respirar.
Yo conté salidas. Cinco arcos, dos callejones, un embarcadero, tres ventanas bajas, un tramo de canal por el que podía escapar alguien que aceptara oler a pescado político.
Conté también cuchillos. Demasiados. En Venecia, los cuchillos no siempre estaban en las manos; algunos vivían dentro de contratos, sonrisas, bancos de crédito y mujeres con vestidos de seda clara que sabían cuándo parecer una respuesta.
Caterina estaba en el centro de la plaza, junto a una mesa cubierta con terciopelo blanco.
Llevaba un vestido color marfil con bordados plateados, tan limpio que la convertía en acusación contra todos los que habíamos llegado con tinta, sueño malo y casas retenidas pegadas a la piel.
Su cabello rubio oscuro caía bajo un velo fino, no para ocultarla sino para sugerir que cualquier visión completa de ella sería una concesión.
Al verla, pensé que la belleza institucional tenía un truco sencillo: no necesitaba ser la más hermosa, solo la que parecía inevitable.
Aureliano se colocó a mi derecha sin pedirme permiso para compartir sombra. Un error menor; lo registré.
—Ese aplauso no estaba previsto —dijo.
—Qué consuelo. Pensé que las máscaras de tu ciudad eran maleducadas por protocolo.
—Lo son. Pero suelen esperar a tener boca prestada.
Kemal estaba al otro lado, con Hamza y dos escribanos otomanos.
No junto a mí. Habíamos discutido sobre la plaza antes de entrar en ella, no con gritos ni con un despliegue útil de dramatismo, sino con esa forma peor de tensión en la que cada frase era correcta desde una herida distinta.
Yo quería detener el ritual antes de que Caterina moviera una sola memoria pública.
Kemal quería impedir el asesinato sin convertir nuestra oposición en prueba de que preferíamos sangre honesta a paz manipulada.
Ambos teníamos razón suficiente para hacernos daño sin necesidad de mentir.
—Si la detienes ahora —había dicho en el callejón, mientras Lía metía pan seco, trapos y un frasco de tinta en una bolsa como si preparara a la resistencia para un picnic indecente—, Caterina podrá decir que impediste el único método disponible para evitar una muerte concreta.
—Si esperamos a que funcione, habremos aceptado su premisa en público.
—No aceptar no siempre significa interrumpir.
—Qué cómodo suena desde fuera de un recuerdo robado.
La frase lo alcanzó. Vi el impacto porque lo conocía ya lo suficiente para notar el mínimo cierre de su mano sobre el borde de su manga. No respondió con defensa. Habría sido más fácil de odiar.
—No estoy fuera —dijo—. Estoy en el borde que me dejaste ocupar.
Y ahí, por supuesto, me quedé sin respuesta que no fuera cuchillo.
Ahora, en la plaza, la discusión seguía respirando entre nosotros con la obstinación de un brasero mal apagado.
Kemal no intentó tomar mi posición. Tampoco se alejó lo suficiente para fingir neutralidad.
La distancia era una línea visible para quienes supieran leerla: desacuerdo sin abandono.
Venecia, desgraciadamente, era una ciudad alfabetizada en matices útiles.
Safiye llegó tarde a propósito. Se instaló bajo una columna con la seguridad de quien no necesita centro para alterar el centro.
Mara estaba junto a ella, traduciendo solo cuando convenía y mirando las máscaras como si quisiera insultarlas una por una.
Raquel no debía estar allí. Naturalmente estaba.
Lía la sujetaba por el hombro con una mano manchada de harina, y Don Papel ocupaba el hueco entre ambas como animal, guardia y crítica editorial.
—Si esa máscara canta —dijo Raquel cuando me acerqué—, la muerdo.
—No muerdas objetos diplomáticos.
—Entonces que dejen de comportarse como bocadillos malvados.
—Eso, por desgracia, no es exigible por tratado —murmuró Hamza desde atrás.
Antes de que Caterina hablara, nos obligaron a colocarnos en lugares pensados por otra persona.
Eso también era parte del ritual. Los venecianos importantes recibieron bancos bajos cubiertos de tela clara; los otomanos, alfombras a la sombra; los refugiados, una arcada que parecía generosa hasta que se notaba cómo los mantenía dentro del campo de visión de todos.
Los artesanos de máscaras se quedaron cerca de la pared, con las manos cruzadas y los ojos de personas que reconocen su trabajo cuando alguien lo usa para algo que no habrían sabido impedir aunque hubieran querido.
Una mujer joven con dedos teñidos de azul miraba la máscara blanca como quien mira a un hijo entrar en mala compañía.
Me acerqué a ella antes de que los guardias recordaran que yo era inconveniente.
—¿La pintaste tú?
La mujer me miró de arriba abajo, decidió que yo era más problema que nobleza y respondió en veneciano rápido.
Mara tradujo con medio segundo de retraso.
—Dice que ella preparó la base, no la lágrima interior. La lágrima interior vino sellada de la Casa Ziani.
—¿Todas tienen lágrima interior?
La mujer tragó. Sus dedos se cerraron sobre la falda.
—No todas —tradujo Mara—. Solo las que deben enseñar compasión.
—Qué palabra tan cansada.
La artesana miró hacia Caterina. Había miedo en la manera de no mirarla demasiado. También algo parecido a orgullo herido: su oficio convertido en vehículo sin que nadie le pidiera permiso al oficio.
—Pregúntale si las máscaras aplaudieron antes alguna vez.
Mara preguntó. La artesana negó con la cabeza de inmediato, luego dudó, y esa duda fue más útil que la negación.
—Anoche —dijo—. En el taller. Una máscara golpeó la mesa con la boca hacia abajo. Pensamos que había caído una rata en el estante.
—Las ratas no suelen respetar el ritmo —dijo Hamza, que había aparecido con una pluma ya lista.
—Las de palacio quizá sí —añadió Mara.
La artesana, contra toda prudencia, casi sonrió. Ese casi era un lugar donde podía vivir una alianza.
—¿Qué máscara? —pregunté.
Nos señaló la tercera desde la izquierda. La de boca cerrada. La misma que Aureliano nombraría unos minutos después. La boca tenía una línea finísima de azul en el interior, invisible desde lejos, como una vena pintada para que solo el portador la mordiera.
—No la toques —dije cuando Hamza extendió el paño.
—No iba a tocarla con piel.
—Tampoco con intención demasiado limpia.
Aureliano se acercó lo suficiente para ver la línea azul. Su respiración cambió. No fue teatral; de hecho, intentó ocultarla. Mal. La intimidad falsa también dejaba reflejos verdaderos cuando sorprendía a su propio portador.
—Esa ruta está cargada —dijo.
—¿Con qué?
—Duelo. Pero no solo duelo. Hay una orden de uso. La máscara no espera portador; espera objetivo.
Kemal oyó desde su posición y cruzó hasta nosotros. Dos guardias venecianos lo siguieron con los ojos, pero no se atrevieron a detener a un hombre que caminaba como si cada paso pudiera convertirse en precedente.
—¿Objetivo de qué tipo? —preguntó.
Aureliano miró al tercer arco sin querer. Allí, el hombre de barba gris todavía no había mostrado la mano.
—Alguien con una herida compatible. Ira por pérdida familiar. Culpa desplazada. Hábito de violencia aplazada.
—Acabas de describir media plaza —dije.
—Caterina no necesita media plaza. Necesita uno delante de todos.
Kemal observó al hombre. Luego la mesa. Luego a Caterina. Vi la línea de su pensamiento sin entrar en él: si detenía al agresor antes del intento, Caterina alegaría paranoia; si esperaba demasiado, el cuchillo elegía la versión más antigua de la historia.
—Podemos retirar la máscara —dijo Hamza.
La artesana negó con violencia.
—Si la quitan ahora, dirán que el taller saboteó la paz —tradujo Mara—. Su hermano trabaja para Ziani. Su madre recibe aceite por encargo de la casa.
Ahí estaba, la Venecia real bajo la seda: cada decisión con una familia atada al tobillo. No hacía falta que todos fueran cobardes. Bastaba con que todos tuvieran alguien a quien alimentar.
Saqué un margen revocable. El papel tembló en mi mano, no por magia sino porque yo ya estaba cansada de pedirle a papel que hiciera el trabajo que las instituciones habían decidido evitar.
—Podemos marcar la máscara sin retirarla.
Kemal me miró.
—Eso puede alertar a Caterina.
—Todo lo que hacemos la alerta. Al menos que le dé trabajo.
Aureliano extendió la mano y se detuvo antes de tocar el papel.
—Puedo guiar el margen hacia el interior sin activar la ruta.
—¿Puedes, o te entrenaron para creer que puedes?
La pregunta no fue amable. Él la tomó como debía: no como insulto, sino como prueba de borde.
—No lo sé.
La respuesta, por primera vez, me gustó más que su competencia.
—Entonces no.