CAPÍTULO 5 La imprenta de los exiliados
La imprenta de los exiliados olía a pan, tinta y discusiones que llevaban años esperando papel suficiente.
Eso fue lo primero que me gustó de ella.
No la seguridad, porque ningún lugar con tres ventanas al canal, una puerta trasera demasiado honesta y un techo lleno de vigas que podían esconder a un hombre flaco merecía la palabra.
No la belleza, aunque tenía una clase de belleza práctica que mi cuerpo reconocía antes que mi gusto: mesas largas manchadas de negro, tipos de metal ordenados en cajones, prensas de madera como animales dormidos, cuerdas para secar pliegos, sacos de harina apilados junto a resmas de papel, una chimenea estrecha con una olla donde alguien había decidido que sopa e independencia podían hervir juntas.
Me gustó el ruido.
Las imprentas tenían un ruido distinto al de los palacios.
En el palacio de Aureliano, incluso la fruta parecía esperar permiso para pudrirse.
Aquí todo golpeaba, raspaba, respiraba, se equivocaba y seguía.
La prensa bajaba con un quejido fuerte. Una mujer corregía a un muchacho porque había puesto una letra al revés.
Dos hombres discutían en ladino sobre si una palabra veneciana podía entrar en una oración sin lavarse antes.
Alguien cortaba pan en una tabla con más violencia de la necesaria.
Una niña pequeña dormía debajo de una mesa envuelta en un chal, indiferente a la revolución tipográfica sobre su cabeza.
Era un lugar vivo.
Los lugares vivos siempre corrían riesgo de ser usados por los muertos.
—Si alguien pregunta —dijo Mara, entrando como si hubiera nacido para atravesar puertas ajenas con autoridad prestada—, no venimos a traer problemas.
Desde una mesa junto a la prensa principal, una mujer de cabello gris recogido con un pañuelo rojo levantó la vista.
—Mara Branković —dijo en castellano—, la última vez que dijiste eso, un rabino acabó escribiendo una disculpa a un pato.
—El pato había exagerado su herida.
—El pato cojeó tres días.
—Por carácter.
La mujer dejó el componedor sobre la mesa y me miró. No me miró como el puerto, ni como el palacio, ni como los hombres que buscaban en mi marca de media luna un rumor útil. Me miró como una artesana mira una herramienta que no ha pedido pero que quizá tendrá que usar: peso, filo, defecto, mango.
—Soy Lía Abravanel —dijo—. Esta imprenta no acepta encargos sin nombre, deudas sin testigos ni memorias sin marca de dueño.
Me habría gustado decir que me caía bien de inmediato. La simpatía rápida era poco profesional y a menudo mortal. Pero mi mano, traidora, dejó de buscar armas durante medio segundo.
—Inés León Benatar.
—Ya lo sé. Media ciudad lo sabe, y la otra media está esperando una edición ilustrada. Entra antes de que el canal aprenda a pronunciar tu apellido.
Raquel apareció detrás de una pila de papel, con harina en la mejilla y una expresión triunfal.
—¡Encontré una imprenta que también cocina!
—Encontraste una imprenta porque te dije que te quedaras con Yusuf y Hamza —respondí.
—Me quedé con ellos hasta que ellos vinieron aquí. Técnicamente, obedecí con movimiento.
Yusuf, desde una mesa cubierta de compases, limaduras de metal y una taza que nadie debería beber ya, levantó una mano sin mirar.
—Intenté detenerla. Ella negoció con pan.
Hamza estaba inclinado sobre un pliego, escribiendo con tanta concentración que quizá no había notado que su manga estaba llena de harina. A su lado, una plancha de impresión recién entintada mostraba líneas en blanco donde debería haber calles.
—Tienes que ver esto —dijo.
El paquete de Aureliano pesaba poco dentro de mi caja. Ese era el problema con las memorias pequeñas: ocupaban menos que un cuchillo y cortaban en lugares peores. Lo puse sobre la mesa central, todavía envuelto.
Lía no lo tocó.
—¿Consentimiento? —preguntó.
—Disputado.
—¿Dueño vivo?
—No sabemos.
—¿Objeto ancla?
—Cáscara de naranja seca.
Un joven aprendiz se santiguó. Otro, más pragmático, acercó una bandeja.
—No pongas fruta robada sobre tipos limpios —dijo Lía—. Las letras no tienen culpa.
Mara sonrió.
—Ves, Inés. Un lugar civilizado.
Kemal estaba junto a la puerta, no bloqueándola, aprendiendo el cuarto.
Sabía cuáles tablas crujían, qué ventana daba al canal y cuál al callejón, dónde estaba el cuchillo de pan, quién tenía manos de impresor y quién manos de vigilante.
Cuando Lía me ofreció una silla junto a la mesa central, él no se sentó a mi lado de inmediato. Observó el rincón de la cocina.
El rincón tenía una mesa pequeña bajo una ventana, un cesto de naranjas, una servilleta bordada colgada de un clavo y una luz amarilla que entraba sesgada por el vidrio sucio.
No era la cocina de mi abuela. No lo era.
Pero mi cuerpo no necesitó que fuera idéntica para empezar a prepararse para el golpe.
Yo no miré el rincón.
Kemal sí.
No dijo nada. Caminó hasta la mesa pequeña, tomó el cesto de naranjas y lo trasladó a otra repisa, más cerca de la chimenea.
Después movió la silla de la ventana a la mesa de los compases, como si necesitara espacio para que Yusuf extendiera herramientas.
Nadie habría notado el gesto si no supiera que cuidar, a veces, era cambiar una habitación antes de que el daño pidiera permiso para repetirse.
Aureliano habría dicho algo al respecto. Habría envuelto el gesto en seda, lo habría nombrado, lo habría colocado frente a mí como prueba de su comprensión. Kemal no hizo nada de eso. Volvió a su lugar junto a la puerta y preguntó a Lía por el registro de salidas de la imprenta.
Me senté.
Lía vio el movimiento de mi mirada, la silla cambiada, el cesto lejos de la ventana. No comentó. En su lugar, cortó una rebanada de pan, la puso en un plato y la empujó hacia mí.
—Aquí nadie lee memoria con el estómago vacío —dijo.
Raquel se enderezó.
—Esa regla me gusta. ¿Podemos escribirla en grande?
Hamza mojó la pluma.
—Podemos escribirla con fuerza legal moderada.
—Nada de moderada —dijo Mara—. El hambre ha cometido demasiados crímenes para recibir adjetivos pequeños.
Lía sacó de un cajón una tira de papel grueso, sin cortar.
—Antes de que abramos eso, entenderás nuestras reglas.
Primera: ningún recuerdo se imprime sin marca de dueño.
Segunda: si el dueño no está, se imprime el hueco, no la memoria.
Tercera: si alguien trae una memoria útil y no puede explicar cómo la obtuvo, lo alimentamos antes de interrogarlo, porque la gente hambrienta miente peor y firma peor.
Cuarta: si el recuerdo pertenece a un muerto, preguntamos quién lo lloró.
A veces los muertos dejan testigos; a veces solo dejan ladrones.
—Quinta —añadió una anciana desde la chimenea—: nadie discute tipografía antes del café.
Lía cerró los ojos.
—Mi madre insiste en introducir doctrina líquida.
—Tu madre tiene razón —dijo Hamza, sin levantar la vista—. Muchas instituciones habrían sobrevivido mejor si hubieran obligado a desayunar antes de legislar.
La risa recorrió la imprenta con facilidad. No borró la tensión. La hizo habitable.
Antes de abrir cualquier memoria, Lía nos hizo trabajar.
No era metáfora, aunque Hamza intentó convertirla en una bajo protesta.
La imprenta necesitaba mover dos cajas de tipos latinos desde el almacén húmedo hasta la mesa seca, colgar pliegos recién impresos fuera del alcance de una gotera y separar pan de papel porque, según Lía, “las revoluciones fracasan cuando alguien deja migas dentro de una caja de vocales”.
No aceptó nuestro dinero como primera contribución.
Aceptó brazos. Eso también me gustó de ella, aunque me cuidé de no demostrarlo demasiado pronto.
Kemal cargó cajas sin teatralidad. Yusuf intentó explicar la manera más eficiente de distribuir peso y acabó con tres impresores opinando sobre poleas, matrimonio y herejía mecánica.
Mara se puso a corregir una traducción de un edicto comercial y en cinco minutos había hecho llorar de rabia a un aprendiz y de alivio a una viuda que necesitaba entender si su alquiler subía o si el documento solo la insultaba con vocabulario.
Raquel, por supuesto, fue enviada a traer agua y volvió con agua, dos rumores, un niño que sabía silbar por los dientes y una lista de quién en el barrio había recibido sueños con calles ajenas.
—No la mandéis a traer nada que no queráis que vuelva convertido en comité —dije.
Lía amasaba tinta con una espátula.
—La niña tiene instinto de imprenta. Una imprenta no busca información. Crea una razón para que la información venga a quejarse.
Raquel se hinchó de orgullo.
—¿Puedo tener delantal?
—Primero aprende a no meter el codo en la tinta.
Raquel miró su codo negro.
—Eso fue una investigación.
—Eso fue una mancha con autoestima.
El trabajo nos dio algo que el palacio no podía ofrecer: ritmo.
El cuerpo, cuando ha pasado demasiado tiempo vigilando amenazas abstractas, agradece una tarea con bordes.
Caja aquí. Cuerda allá. Papel arriba. No tocar la memoria envuelta.
No mirar el rincón de las naranjas. Respirar.
Repetir. La vida seguía teniendo peso, y ese peso podía ponerse sobre una mesa sin que se convirtiera en prueba.
Mientras colgábamos pliegos, una canción empezó en la parte trasera.
No una canción triste, gracias a Dios o a quien llevara la contabilidad musical del día.
Era una melodía de trabajo, medio ladino, medio veneciano, con palabras añadidas por generaciones que no habían pedido permiso a la pureza lingüística.
Lía cantaba bajo. Su madre cantaba alto y mal.
Mara conocía la mitad de la letra y corrigió la otra mitad como si el canto fuera documento.
Raquel inventó una estrofa sobre un compás enamorado de una brújula viuda. Yusuf amenazó con abandonar la ciudad.
Kemal no cantó.
Habría sido demasiado fácil.