Capítulo 19 #5
En el Ayuntamiento de Willowbrook, el reloj marcaba las 12:15 cuando Daniel Ashford avanzaba hacia las oficinas administrativas con un paso deliberado, sereno.
La carpeta de cuero descansaba bajo su brazo y su expresión transmitía una calma concentrada: había trabajo que hacer, pero nada que lo empujara al apuro.
Se detuvo en el umbral del despacho de Fiona y algo en la escena que encontró hizo que modificara sus planes.
Sentada frente al computador, parecía ausente. Su mirada descansaba sobre la pantalla, pero estaba en otra parte. El brillo azul del monitor se reflejaba en sus ojos grises, subrayando la distancia que la separaba de lo que tenía enfrente.
Sus manos se movían sin propósito real sobre los documentos esparcidos en su escritorio, reorganizándolos sin mejorar su orden, un gesto que Daniel reconoció como el tipo de actividad que la gente hace cuando necesita mantener las manos ocupadas para evitar que la mente se concentre en cosas dolorosas.
La escena tenía una melancolía profunda, y Daniel se descubrió contemplándola con la atención plena que reservaba para los momentos que intuía importantes.
—¡Señor Ashford!
La voz de la concejal Davies interrumpió sus observaciones, haciéndolo dar un pequeño salto que habría sido gracioso si no fuera porque estaba absorto en tratar de descifrar qué era lo que había puesto esa expresión en el rostro de Fiona Gallagher.
—Concejal Davies —respondió, volviéndose hacia la mujer que avanzaba con el paso decidido y eficiente que marcaba sus interacciones profesionales—. ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Justamente quería preguntarle sobre la presentación para la junta de esta semana —Davies consultó la carpeta que llevaba—. ¿Cómo van los preparativos para el caso del Harmony?
—Todo está listo —aseguró Daniel, aunque una parte de su atención seguía dirigida hacia el despacho de Fiona—. Solo me falta ultimar algunos detalles, pero la propuesta está prácticamente completa.
—Excelente. Creo que tenemos una oportunidad real de…
Pero Daniel había dejado de escuchar a Davies, porque la voz de Fiona había comenzado a filtrarse desde su oficina. Estaba hablando por teléfono y aunque no podía distinguir todas las palabras, cierta urgencia en su tono hizo que prestara atención.
—¿Aún no sale de su habitación? —Escuchó que preguntaba y había una preocupación maternal inconfundible en su voz—. ¿Comió algo? ¿Papá ya habló con él?
Daniel sintió que algo se contraía en su pecho. Era obvio que Fiona estaba lidiando con algún tipo de crisis familiar, algo relacionado con uno de sus hijos, y eso explicaba la expresión que había visto en su rostro cuando llegó.
—… Así que creo que deberíamos coordinar con el departamento estatal antes del viernes. —Davies continuaba hablando, ajena a que Daniel Ashford había dejado de prestarle atención por completo.
—Por supuesto —murmuró el arquitecto, dirigiendo una sonrisa distraída hacia la concejal—. Mantendremos esa coordinación.
Daniel permaneció inmóvil en el pasillo, asimilando la escena tras la partida de Davies.
Aunque no era de los que se inmiscuyen, la voz de Fiona al teléfono y la expresión que había captado en su rostro habían despertado en él un inusual e intenso instinto protector, algo que hacía tiempo no experimentaba.
Entró en el despacho con pasos deliberados, adoptando una expresión de preocupación profesional que no estaba fingiendo.
—Fiona —dijo, acercándose a su escritorio—, estoy muy preocupado.
Ella alzó la vista de forma súbita, sobresaltada por su aparición. Daniel notó de inmediato cómo trató de componer su expresión, adoptando esa máscara de eficiencia profesional que de seguro había perfeccionado durante años de manejar asuntos públicos mientras lidiaba con complicaciones privadas.
—Señor Ashford —él pudo escuchar cómo su voz adoptaba al instante ese tono formal que usaba para las interacciones de trabajo—. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Es sobre la presentación ante la junta —mintió Daniel elegantemente—.
Me di cuenta de que aún necesito algunas historias específicas sobre el teatro, anécdotas que puedan darle vida al proyecto para los miembros de la junta.
Tengo todos los datos técnicos, pero me faltan esos detalles humanos que hacen que la gente se preocupe por preservar un lugar.
Vio cómo Fiona parpadeaba, tratando de enfocar su atención en lo que él estaba diciendo. Era obvio que estaba agobiada por algo diferente, pero también era obvio que estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para ayudar con el proyecto del teatro.
—Por supuesto —dijo, alcanzando una carpeta de su escritorio—.
Tengo aquí la copia de algunos documentos históricos que me facilitó mi padre, ya sabe, recortes de diario, notas sobre el día de la inauguración y…
Y puedo contactarlo para más detalles específicos, si es que son necesarios… O usted mismo podría…
—¿Sabe qué? —La interrumpió Daniel—. Preferiría hacer esto durante el almuerzo. En un ambiente más relajado, donde pueda concentrarme en lo que me está contando.
Fiona lo miró con expresión de confusión.
—¿Durante el almuerzo? Señor Ashford, podemos tener esta conversación aquí mismo. No hay necesidad de…
—Hay muchas interrupciones aquí —su tono hizo que ella lo mirara más detenidamente—. Además, me parece que usted necesita alejarse de aquí por un rato. Despejarse de eso que la tiene tan triste y preocupada.
El silencio que siguió fue denso y cargado. Fiona se quedó inmóvil, mirándolo con una expresión de asombro.
No se explicaba cómo ese hombre, que la conocía desde hacía apenas algunas semanas, había sido capaz de ver más allá de lo evidente.
Cómo había notado algo que sus propios colegas, personas con las que había trabajado durante años, nunca habían percibido.
En todos sus años en el ayuntamiento, a través de crisis familiares y noches sin dormir, nadie había mirado más allá de su eficiencia profesional para ver a la mujer que llevaba esas cargas en silencio.
—¿Cómo…? —comenzó, pero no terminó la pregunta.
Daniel la miró con una atención total, la que reservaba cuando algo le importaba de verdad. Con él, uno sentía que no existía nada más.
—Porque cuando alguien me importa, presto atención .
—Está bien —murmuró abrumada, entendiendo que no tenía sentido negarse—. El almuerzo está bien.
El lugar al que Daniel la llevó era una pequeña cafetería a dos cuadras del ayuntamiento, el tipo de establecimiento local que había logrado mantener su carácter auténtico en medio de la gentrificación gradual del centro.
No era demasiado especial, pero la manera en que la luz natural se filtraba a través de las ventanas, en el murmullo suave de conversaciones de otros empleados municipales y comerciantes locales disfrutando de su hora de almuerzo, creaba una atmósfera de intimidad sin pretensiones.
Daniel eligió una mesa junto a la ventana que daba a una pequeña plaza donde un músico callejero tocaba guitarra acústica, creando una banda sonora melancólica perfecta para una conversación que intuía que sería importante.
—Cuénteme sobre las historias —dijo después de que hubieran ordenado, adoptando esa postura de escucha activa que Fiona había notado desde su primer encuentro—. Sobre el teatro, sobre su familia, sobre cómo llegaron a vivir ahí.
Y Fiona, encontrándose en un ambiente que se sentía seguro y con un hombre que genuinamente parecía interesado en escuchar, comenzó a hablar.
Le contó sobre su niñez en la buhardilla, sobre las historias que Cormac le contaba sobre los primeros días del teatro, sobre su bisabuelo irlandés que había llegado a Nuevo México con sueños de construir algo duradero.
Le habló sobre las noches de proyección cuando era pequeña, cuando se quedaba despierta después de su hora de dormir para escuchar los sonidos de las películas filtrándose a través del piso, sintiendo que vivía en el corazón mismo de la magia.
Daniel la escuchaba con una presencia sostenida. Preguntaba lo justo, pero lo suficiente para demostrar que le importaban no solo los hechos, sino lo que esos hechos despertaban en ella.
Mientras hablaba, Fiona sintió algo que no experimentaba desde hacía años: la certeza de ser vista y comprendida por alguien que no tenía ninguna obligación de preocuparse por ella. Era una tibia confianza reconfortante que le permitió bajar la guardia como casi nunca lo hacía.
—¿Y qué hay de ahora? —preguntó Daniel al cabo de un rato, cuando ella ya había recorrido lo que parecían horas de recuerdos familiares—. ¿Qué es lo que la tiene con esa expresión?
Lo dijo con una delicadeza natural, la clase de cuidado con el que abordaba asuntos emocionales complejos. Sin presionar. Sin invadir. Solo dejando una puerta abierta para que ella decidiera si quería cruzarla.
Fiona vaciló. No tenía el hábito de compartir preocupaciones familiares con personas fuera de su círculo inmediato, pero algo sobre Daniel, algo sobre la manera en que había demostrado que se preocupaba por su bienestar, la hizo sentir que tal vez era seguro ser vulnerable.
—Es mi hijo. Rory. Está… está pasando por algo muy difícil.
Le contó sobre Emily, sobre Berkeley, sobre la forma en que Rory había manejado la situación con una nobleza que la llenaba de orgullo y le rompía el corazón al mismo tiempo.
Le habló de haberlo encontrado llorando la noche anterior, de cómo no había salido de su habitación esa mañana, de su miedo a que el dolor lo arrastrara y pusiera en riesgo todo el futuro que había trabajado tanto para construir.
Daniel la escuchó sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando, dejándole claro que entendía no solo lo que decía, sino por qué le dolía.
—¿Sabe lo que me impresiona de lo que me está contando? —dijo cuando ella terminó.
—¿Qué?