CAPÍTULO 40 — Cuando se apaga la luz
La cama. La manta azul. Aurelio. La mujer.
Las puertas. Su padre. Su madre. Todo pasó por su mente como una película que ya había terminado.
Martín respiró. No sintió miedo. Se levantó.
Fue hasta el dormitorio. Encendió la luz.
La cama estaba allí. Una cama normal. Una habitación normal.
Martín sonrió. Apagó la luz. Se metió en la cama.
Y entonces escuchó un ruido. Un pequeño golpe.
Toc. Martín abrió los ojos. Esperó. Nada. Volvió a cerrar los ojos. Toc.
Esta vez sonó más cerca. Martín no se movió. Esperó el tercero. Pero no llegó. Pasaron unos segundos. Después un minuto. Nada. Martín sonrió.
—Ya no.
El silencio permaneció. Entonces escuchó algo debajo de la cama.
No era una respiración. No era una voz. Era el sonido de algo pequeño cayendo sobre el suelo.
Martín encendió la luz. Se incorporó. Miró alrededor.
No había nada. Bajó de la cama. Se arrodilló.
Miró debajo. Vacío. Solo el suelo. Martín se quedó unos segundos observando. Después sonrió.
—Ya está.
Se levantó. Apagó la luz. Volvió a acostarse.
Y esta vez durmió. Sin sueños. Sin voces.
Sin recuerdos. Al amanecer abrió los ojos.
La habitación estaba llena de luz. Martín se incorporó.
Algo había cambiado. Sobre la mesita de noche había una pequeña fotografía.
No recordaba haberla dejado allí. La tomó.
Era una fotografía antigua. Su madre. Su padre.
Él. Los tres juntos. La misma fotografía que había visto tantas veces.
Pero ahora había algo escrito detrás. Martín le dio la vuelta.
Solo había una frase. La letra era de su padre.
SI ALGÚN DÍA DEJAS DE TENER MIEDO, NO SIGNIFICA QUE HAYAS OLVIDADO. SIGNIFICA QUE HAS APRENDIDO.
Martín sonrió. Guardó la fotografía junto a las demás.
Después abrió la ventana. Entró aire fresco.
La ciudad comenzaba a despertar. Personas caminando.
Coches. Voces. Una mañana cualquiera. Martín permaneció allí unos segundos.
Y comprendió que aquella era la verdadera victoria.
No haber destruido la oscuridad. No haber encontrado el nombre de la presencia.
No haberla vencido en una batalla. Simplemente…
haber aprendido a vivir sin obedecerla. Porque el miedo siempre podía volver.
Podía aparecer en una noche silenciosa. En una habitación oscura.
En un recuerdo. En un sueño. Pero ya no podía decidir por él.
Martín cerró la ventana. Se dio la vuelta.
Y salió del dormitorio. La puerta quedó abierta.
Por primera vez en su vida… no necesitaba cerrarla.
— Aquella misma noche, la casa vieja permanecía vacía.
La lluvia golpeaba el tejado. El viento movía los árboles.
Dentro no había nadie. No había luces. No había voces.
La habitación de Martín seguía intacta. La cama.
El armario. La ventana. El suelo. Nada más.
Debajo de la cama solo había polvo. La puerta de la casa permanecía cerrada.
Y detrás de ella… no había ninguna presencia esperando.
No había nadie. La última memoria había terminado.
La última puerta estaba cerrada. Y el miedo…
por fin… había dejado de tener una casa. FIN