NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO VIII El precio de una mentira #2
82%

CAPÍTULO VIII El precio de una mentira #2

—Era una trampa.

—Era mi derecho.

Leonardo alzó la voz por primera vez.

—¡Gabriel te habría arrastrado a una vida de incertidumbre!

El silencio posterior fue absoluto.

Clara lo miró sin parpadear.

Leonardo, sorprendido quizá por su propio estallido, respiró hondo e intentó recomponerse.

—Perdona.

—No. Sigue.

—No debí gritar.

—Pero debías decirlo. Sigue.

Él se apartó hacia la ventana.

—Gabriel era noble, sí. Apasionado, sí. Honesto, probablemente.

Pero no podía darte estabilidad. No podía sacarte del lodazal patrimonial de tu padre.

No podía luchar contra Julián sin quedar atrapado él mismo.

Habría querido salvarte con orgullo, con amor, con dignidad.

Palabras hermosas. Insuficientes. Te habría llevado a una vida de pleitos, enfrentamientos familiares, pobreza quizá no material, pero sí moral.

Una vida de resistencia permanente. Yo vi eso.

Lo vi desde fuera, con más claridad que vosotros.

Y sí, pensé que mantenerte lejos era mejor.

Clara habló despacio:

—Nadie tiene derecho a proteger a una mujer robándole la verdad.

Leonardo se volvió.

Ella continuó:

—Ni mi padre. Ni mi madre. Ni tú. Ni Gabriel, si alguna vez lo intentara. Nadie. La protección que exige mi ignorancia no me salva. Me sustituye.

—No quise sustituirte.

—Pero lo hiciste.

—Quise evitar que sufrieras más.

—No. Quisiste elegir qué sufrimiento me correspondía.

Leonardo bajó la mirada.

—Tal vez.

Aquella admisión, mínima, llegó demasiado tarde para conmoverla.

—Voy a ver a Gabriel.

Él levantó la cabeza.

—¿Para qué?

—Para decirle todo.

—No lo hagas así.

—No me darás instrucciones.

—Clara, escúchame. Si Gabriel lee esto sin preparación, se derrumbará o vendrá contra tu padre.

—Tiene derecho a derrumbarse. Tiene derecho a saber contra quién dirigir su rabia. Tiene derecho a dejar de odiar una mentira.

—Y tú, ¿qué harás cuando su odio busque otro sitio? ¿Qué harás si empieza a odiar a tu padre, a tu madre, a mí? ¿Podrás vivir con eso?

—Me preguntas si podré vivir con el precio de la verdad. Ya he vivido con el precio de la mentira.

Leonardo no contestó.

Clara tomó los documentos de la mesa.

—El compromiso terminó anoche. No habrá anuncio, ni rectificación solemne, ni escena pública. Simplemente no existirá.

—Para el pueblo sí existirá.

—Entonces que el pueblo aprenda a soportar una versión incompleta. Nosotros ya hemos soportado demasiadas.

Leonardo se acercó a ella por última vez.

—¿Alguna vez me quisiste?

Clara se detuvo.

La pregunta no era estratégica. O no solo. En ella había un hombre herido, aunque ese hombre hubiera usado demasiadas herramientas equivocadas.

—Sí.

Él cerró los ojos.

—Pero no lo suficiente.

—No de la forma que pedías sin decirlo.

—¿Y a Gabriel?

Clara no respondió.

Leonardo sonrió apenas, con tristeza.

—Esa respuesta sí la dices entera incluso cuando callas.

—Lo siento.

—No lo sientas como si hubieras roto una copa.

La frase, eco involuntario de Gabriel, los dejó a ambos en silencio.

Leonardo se dio cuenta.

Clara también.

—Adiós, Leonardo.

—Esto no ha terminado.

Ella se volvió.

—Para mí sí.

—No me refiero a nosotros. Me refiero a la verdad. Cuando salga entera, ninguno quedará limpio.

—No busco limpieza. Busco dejar de vivir sucia de mentiras ajenas.

Salió del hotel.

No fue a Villa Belmonte.

Tomó directamente el camino de la finca de los Alcázar.

El sol de la mañana caía sobre la plaza con una claridad tranquila, casi ofensiva. Clara caminó sin mirar a nadie. Llevaba la carpeta apretada contra el pecho. No pensaba en Elena, ni en Leonardo, ni en la reputación de su padre. Pensaba en Gabriel.

En Gabriel leyendo la carta incompleta.

En Gabriel diciendo que no sabía si podía soportar creerla.

En Gabriel en la terraza, con la mano junto a su rostro, deteniéndose antes del beso porque aún conservaba una forma de honor más fuerte que su deseo.

¿Cómo se le dice a un hombre que su dolor fue verdadero, pero su explicación fue falsa?

¿Cómo se le pide perdón por haberlo protegido de una manera que lo destruyó?

¿Cómo se le entrega una verdad que llega tarde sin pretender cobrar por ella absolución?

Marina la encontró antes de llegar a la casa principal.

Estaba junto al camino, como si la hubiera estado esperando.

—Ya lo tienes —dijo al ver la carpeta.

—Sí.

—¿Es lo que pensábamos?

—Peor.

Marina no preguntó más. Su rostro se endureció, pero no mostró sorpresa.

—Gabriel está en la bodega vieja.

Clara se tensó.

—¿En la de Villa Belmonte?

—No. En la nuestra. La pequeña, junto al lagar. Desde anoche va allí cuando no quiere que nadie le pregunte nada.

—¿Sabe algo?

—Sabe que había fuego. Sabe que Elena quemó parte de la carta. Se lo dije esta mañana.

Clara cerró los ojos.

—Marina...

—No podía esperar. Era su carta también.

—Sí.

—Pero no sabe esto —dijo Marina, señalando la carpeta—. Eso debes decírselo tú.

—¿Y si no puede soportarlo?

Marina la miró con una severidad menos dura que otras veces.

—Gabriel ha soportado una mentira siete años. No lo protejas ahora de la verdad porque llegue tarde.

Clara asintió.

—¿Vendrás?

—No. Esta conversación os pertenece. Pero estaré cerca.

El camino hacia la bodega Alcázar atravesaba un patio de tierra, bordeaba una hilera de barricas vacías y descendía hacia un edificio bajo, más rústico que el molino de los Belmonte. La puerta estaba entornada. Dentro hacía fresco y olía a madera, vino viejo y piedra húmeda.

Gabriel estaba de espaldas, junto a una mesa.

No se volvió enseguida.

—Marina, te he dicho que no...

—Soy yo.

Él se quedó quieto.

Después se giró.

Tenía el rostro cansado, la barba apenas marcada, los ojos más oscuros. Al verla con la carpeta, comprendió que no era una visita sentimental. Eso, paradójicamente, pareció quitarle una defensa y levantarle otra.

—¿Qué ha pasado?

Clara entró y cerró la puerta tras de sí.

—He estado con Leonardo.

Su rostro se endureció.

—No necesito saberlo.

—Sí. Esta vez sí.

—Clara...

—El compromiso terminó.

Gabriel no reaccionó como ella esperaba. No mostró alivio. Ni alegría. Ni siquiera sorpresa visible. Solo una tensión leve en la mandíbula.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque anoche lo viste nacer de una forma que no era verdad. Y porque no quiero que otra mentira entre entre nosotros, aunque ya no haya nada que salvar.

—No digas eso.

—¿Qué?

—Que no hay nada que salvar. No lo digas si no sabes sostenerlo.

Clara bajó la mirada.

—Tienes razón.

Gabriel señaló la carpeta.

—¿Qué traes?

Ella la dejó sobre la mesa.

—La copia ampliada del acuerdo entre mi padre y el tuyo.

Gabriel no se movió.

—¿Y?

—Mi padre podía usar una deuda antigua para presionar a tu familia si la boda seguía adelante sin aceptar sus condiciones.

Él la miró sin comprender del todo.

—Explícate.

—Lo intentaré.

Clara abrió la carpeta y extendió las hojas sobre la mesa.

—No entiendo cada término jurídico. Santos tendrá que explicarlo mejor.

Pero la estructura es clara. Tu padre había firmado avales y acuerdos con el mío.

Había derechos sobre tierras, agua, la finca del molino.

Mi padre conservaba una capacidad de reclamación que podía activarse en determinadas condiciones.

Si yo me casaba contigo, la unión de las familias alteraba expectativas, bienes, obligaciones.

Tu padre quería regularizar. El mío no quería quedar expuesto.

Y entonces me dijo que, si seguía adelante con la boda, podía ejecutar o reclamar de forma que vuestra finca quedara arruinada.

Gabriel no habló.

Miraba los papeles.

Clara continuó, cada palabra más difícil que la anterior.

—Aquella noche, mi padre me llamó al despacho.

Me mostró documentos. No estos exactamente, pero sí suficientes para asustarme.

Me dijo que tu padre estaba al límite, que tú no sabías todo, que si yo te contaba algo correrías a enfrentarte a todos, que te arruinarías por mí, que acabarías odiándome cuando comprendieras que mi familia había arrastrado a la tuya.

Me dijo que, si me marchaba, todavía podía negociar, todavía podía evitar que tu nombre quedara atado al desastre.

Me dijo que amarte, en ese momento, era no casarme contigo.

Gabriel apoyó una mano sobre la mesa.

No por gesto. Por necesidad.

—No.

La palabra fue apenas un murmullo.

—Eso me dijo.

—No.

—Gabriel...

—Mi padre no estaba arruinado.

—Quizá no como mi padre dijo. No lo sé. Pero los documentos daban miedo. A mí me dieron miedo.

Él tomó una hoja y la leyó. Su respiración cambió. Pasó a otra. Después a otra.

—Esteban nunca me habló.

—A mí me dijeron que sí.

—Mi padre no me habría ocultado algo así.

—Quizá mi padre mintió.

—Quizá.

—Quizá tu padre quiso protegerte también.

Gabriel levantó la cabeza con una violencia contenida.

—No lo hagas.

—No estoy acusándolo.

—Sí. Lo estás colocando dentro de la misma sombra.

—La sombra ya estaba ahí, Gabriel. Yo no la inventé.

Él cerró los ojos.

Durante unos segundos pareció luchar físicamente contra algo.

No contra Clara. Contra la caída de su propia memoria.

Si Esteban Alcázar sabía parte de la deuda y calló, Gabriel ya no podía conservar intacto ni siquiera el refugio de la inocencia paterna.

Si no lo sabía, entonces Julián Belmonte había usado su nombre para fabricar una amenaza.

En cualquiera de los dos casos, la boda perdida ya no era la historia de una mujer que huyó por falta de amor. Era un campo de maniobra.

—Yo me fui para evitar vuestra ruina —dijo Clara.

Gabriel abrió los ojos.

—No digas eso como si te absolviera.

—No me absuelve.

—Porque no me preguntaste.

—Lo sé.

—Porque decidiste que yo no podía soportar la verdad.

—Sí.

—Porque me dejaste solo para salvarme de algo que quizá yo habría elegido enfrentar.

—Sí.

—Porque preferiste que te odiara antes que verme luchar.

—Sí.

Cada sí era una aceptación. No una excusa.

Gabriel la miró como si esa falta de defensa lo desarmara más que cualquier llanto.

—¿Por qué no viniste a mí? —preguntó, y esta vez no había acusación sino una devastación desnuda.

Clara sintió que la voz se le quebraba.