CAPÍTULO VII La verdad no perdona a medias #5
Leonardo, después, fue incorporado a la segunda fase: que Clara no mirara atrás.
No necesariamente por maldad.
Por conveniencia.
Por salvación.
Por orden.
Siempre los nombres respetables de la violencia íntima.
Cuando abrió los ojos, Leonardo seguía allí.
—Clara...
—No.
—Escúchame.
—No.
—Lo que hice después no borra lo que hemos vivido.
—No. Lo contamina.
Él se estremeció.
—No digas eso.
—Es la verdad provisional que tengo ahora. Cuando tenga la completa, quizá sea peor o quizá sea menos injusta. Pero ahora es eso.
Leonardo dio un paso atrás.
—Iré al hotel.
—Hazlo.
—No tomaré ninguna decisión hasta que hablemos con calma.
—La decisión la tomaré yo.
—No estás en condiciones.
Clara lo miró.
—Y ahí termina todo.
Leonardo comprendió el error demasiado tarde.
Ella se alejó por el pasillo.
No fue al salón.
No fue al comedor.
Subió a la habitación de su padre.
Don Julián estaba despierto, con los ojos fijos en la ventana. Parecía más pequeño que la tarde anterior. La enfermedad le había robado volumen, pero no peso. Clara entró y cerró la puerta.
—Elena me ha contado bastante —dijo.
Su padre no volvió la cabeza.
—Elena siempre cuenta demasiado tarde.
—Leonardo también.
Entonces sí la miró.
—¿Qué te ha dicho?
—Que lo consultaste antes de mi boda. Que sabía quién era yo. Que después le pediste que estuviera atento en Madrid. Que querías que no mirara atrás.
Don Julián cerró los ojos.
—Fue un error.
—¿Cuál de todos?
—Creer que se puede ordenar una vida después de haberla roto.
Clara se quedó quieta.
No esperaba esa frase.
—¿Por qué lo hiciste?
Él respiró con dificultad.
—Porque tenía miedo.
—¿A qué?
—A perderlo todo.
—Me perdiste a mí.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Saberlo habría cambiado algo.
Don Julián abrió los ojos.
—Quizá no. A veces los cobardes somos muy constantes.
Clara sintió que el odio se le desarmaba por un segundo. No lo perdonaba. Pero la verdad, incluso mínima, tenía la extraña capacidad de humanizar al culpable sin absolverlo.
—¿Leonardo sabía que yo no debía mirar atrás porque la verdad podía salir?
—Sabía que mirar atrás te haría daño.
—Eso no es respuesta.
—Es la que puedo dar sin mentir del todo.
Clara se acercó a la cama.
—Entonces mañana me darás una mejor.
—Quizá mañana no tenga fuerzas.
—Entonces úsala hoy.
Don Julián la miró con una tristeza seca.
—Hoy ya las he usado para no morirme.
Clara no supo si aquello era manipulación o realidad. Tal vez ambas.
—Voy a romper el compromiso con Leonardo.
Él cerró los ojos.
—Lo imaginaba.
—¿No vas a decirme que me conviene mantenerlo?
—No serviría.
—Nunca servía. Solo tardé demasiado en actuar como si no sirviera.
Don Julián respiró con esfuerzo.
—Gabriel no te salvará.
—No se lo he pedido.
—Se lo pedirás sin palabras.
Clara sintió el golpe.
—Tal vez. Y si lo hago, tendré que corregirlo yo.
—Has cambiado.
—No. Estoy empezando.
Salió.
Al bajar, encontró a Teresa junto al vestíbulo. La mujer la miró con ojos preocupados.
—Ha venido un recado de la finca de los Alcázar.
Clara se detuvo.
—¿De Gabriel?
—De Marina.
Teresa le entregó un sobre pequeño.
Clara lo abrió.
Dentro había solo una nota:
“Ramona recordará más si se siente segura. Y Gabriel ya sabe que había fuego. No se lo dije yo. Lo dedujo. Ven mañana si estás dispuesta a dejar de hablar a medias.”
No había firma.
No hacía falta.
Clara dobló la nota.
Desde el salón azul llegó la voz de Elena, hablando por teléfono. Parecía nerviosa. Clara se acercó sin hacer ruido.
—No, Leonardo, no debes venir ahora —decía su madre—. Ya ha sido bastante. Sí, lo sé. Pero si Clara descubre que tú estuviste informado desde el principio, no escuchará ninguna razón.
Clara se quedó inmóvil.
Elena continuó, sin saber que su hija estaba en la puerta:
—No hablo de la carta. Hablo de lo demás. De Julián, de Esteban, de aquel pacto, de lo que se decidió antes de que ella se marchara. Tú sabías lo suficiente para entender por qué era imprescindible que no volviera con Gabriel.
El silencio de Clara fue absoluto.
Elena escuchó al otro lado de la línea.
—No, no digo que fueras responsable. Digo que estabas informado. Y ahora Clara no distingue entre quien decidió y quien ayudó después.
Clara entró.
Elena se volvió con el teléfono en la mano.
Su rostro perdió todo color.
—Madre —dijo Clara con una calma que ya no era cansancio—. No cuelgues.
Elena no habló.
Clara miró el aparato, luego los ojos de su madre.
—Quiero que Leonardo oiga mi voz cuando le diga que el compromiso ha terminado.
Al otro lado, durante un segundo, no se oyó nada.
Después, muy lejos, como si llegara desde otra habitación de la vida, la voz de Leonardo pronunció su nombre.
—Clara.
Ella tomó el teléfono de la mano inmóvil de Elena.
—Escúchame bien —dijo—. La verdad podrá destruir muchas cosas. Pero ya no voy a dejar que nadie me salve mintiéndome.
Y colgó.
Elena no se movió.
Clara dejó el teléfono sobre la mesa.
La madre intentó hablar, pero no encontró frase que no la delatara más.
Por primera vez desde que Clara había vuelto, Villa Belmonte no tuvo una palabra conveniente para cubrir el silencio.