NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO III Lo que todos callaron #4
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CAPÍTULO III Lo que todos callaron #4

—Lo mismo que suele pasar entre hombres que confunden la palabra dada con una escritura y la escritura con un arma. Se ayudaron al principio. Se necesitaron después. Se desconfiaron al final.

—¿Por dinero?

—Por dinero, por tierras, por agua, por orgullo. Nunca es una sola cosa.

Clara la escuchaba con atención.

—¿Eso pudo afectar a mi boda con Gabriel?

Marina la miró con severidad.

—Tu boda con Gabriel afectaba a todo. ¿De verdad no lo sabías?

—No.

—¿Nunca te preguntaste por qué de pronto tu padre parecía aceptar a mi hermano con tanta facilidad?

Clara se quedó fría.

—Mi padre nunca lo aceptó del todo.

—Lo aceptó lo suficiente para permitir una boda que no le gustaba. Eso, en un hombre como Julián Belmonte, no ocurre por ternura.

—Yo creí que había cedido.

—Quizá cedió. Pero tu padre no cedía sin calcular dónde caería.

Clara sintió que los documentos del archivo empezaban a adquirir una forma más oscura.

—Marina, necesito saber si Gabriel fue utilizado.

La hermana de Gabriel la miró con dureza.

—Gabriel fue herido. Eso es lo que yo sé. Si además fue utilizado, tendrás que descubrirlo. Pero no vengas a convertirlo en una víctima cómoda para limpiar tu conciencia.

—No quiero limpiar nada.

—Todos queremos, Clara. Todos. Yo también. Me gustaría pensar que mi hermano salió intacto, que mi padre no se equivocó, que tu familia fue la única culpable, que tú no tuviste elección. Pero las cosas no son tan limpias.

—Leonardo dice algo parecido.

—Entonces me preocupa coincidir con él.

Clara la miró con sorpresa.

—¿Lo conoces?

—Lo suficiente.

—¿De qué?

—De verlo moverse alrededor de tu familia como esos hombres que nunca entran sin saber por dónde van a salir.

Clara pensó en Leonardo en el archivo, en su puerta entornada, en sus frases impecables.

—Dice que quiere ayudarme.

—Probablemente.

—¿No lo crees?

—Sí. Creo que quiere ayudarte. La pregunta es hacia dónde.

—¿Qué significa eso?

Marina cruzó las manos sobre el bolso.

—Significa que hay personas que ayudan como quien acompaña y personas que ayudan como quien conduce. Las dos pueden parecer iguales si una está cansada.

Clara sintió otra vez esa incomodidad que le producía la lucidez ajena cuando coincidía con sus sospechas.

—Leonardo ha estado conmigo en Madrid.

—No lo dudo.

—Me ayudó mucho.

—Tampoco lo dudo.

—Entonces...

—Entonces no confundas gratitud con destino.

La frase quedó en el aire.

Clara bajó la mirada. Había algo injusto en que Marina, que no venía a consolarla, consiguiera decirle verdades que la protegían más que todas las advertencias de Leonardo.

—Gabriel piensa que nunca lo amé —dijo Clara.

Marina respondió sin suavidad:

—Tiene motivos.

—Lo sé.

—No basta con saberlo.

—¿Qué quieres que haga?

—No lo sé. Pero sé lo que no quiero que hagas. No quiero que vuelvas a abrirle una puerta para cerrarla después con otra explicación incompleta. No quiero que lo mires como ayer lo miraste.

Clara levantó la cabeza.

—¿Cómo lo miré?

—Como si todavía tuvieras derecho a que te doliera.

La frase la atravesó.

—¿No lo tengo?

Marina la observó largo rato.

—Sí. Ese es el problema. Lo tienes. Y él también. Y nadie sabe qué hacer con dos dolores legítimos cuando se han hecho tanto daño.

Clara sintió que los ojos se le humedecían.

—Yo no dejé de amarlo.

La confesión salió baja, casi sin intención.

Marina no se movió.

—¿Qué has dicho?

Clara volvió la mirada hacia la casa.

—Nada.

—No. Has dicho algo.

—He dicho que las cosas fueron más difíciles de lo que parecieron.

Marina la miró con una mezcla de rabia y compasión.

—Eres cobarde incluso cuando intentas ser valiente.

Clara recibió la frase sin defenderse.

—Quizá.

—No, quizá no. Lo eres. Pero no de la forma vulgar. No eres cobarde porque huyeras. A veces huir es la única fuerza que una encuentra. Eres cobarde porque sigues creyendo que puedes proteger a todos callando. Y eso no es protección. Es soberbia con lágrimas.

Clara se levantó.

—No tienes derecho a hablarme así.

Marina también se puso en pie.

—Tengo el derecho de quien vio a su hermano romperse sin hacer ruido.

—Yo también me rompí.

—Pero tú elegiste dónde esconder los pedazos. Él tuvo que recogerlos delante del pueblo.

Clara cerró los ojos. No podía contestar a eso. No sin decir demasiado. No sin entregar una verdad que todavía no tenía cuerpo suficiente para sostenerse.

—No vine para destruirlo otra vez —dijo al fin.

—Entonces no le des medias verdades.

—Estoy buscando la verdad completa.

—Búscala rápido.

—No depende solo de mí.

—Nada dependió solo de ti, por lo visto. Pero hubo un momento en que subiste a un coche y te marchaste.

Clara sintió que la escena volvía: la puerta lateral, la noche, el sobre en el escritorio, el motor encendido, su padre en el despacho, su madre en la escalera, la maleta pequeña, la sensación de estar salvando a Gabriel de algo que ahora quizá no había entendido.

—Si te digo que creí que marcharme era la única forma de no hacerle daño, ¿me creerías? —preguntó.

Marina permaneció muy quieta.

—Te diría que eso es exactamente lo que dicen quienes más daño hacen.

Clara bajó la cabeza.

—Sí.

—Pero también te diría que quiero saber por qué lo creíste.

Clara estuvo a punto de hablar.

A punto.

Vio la oportunidad. Marina no la perdonaba, pero estaba dispuesta a escuchar.

Y quizá, a través de ella, Gabriel podría recibir una primera verdad menos contaminada por la rabia.

Clara sintió la frase formándose dentro: Mi padre me dijo que vuestra familia quedaría arruinada si yo seguía adelante.

Me hicieron creer que Gabriel acabaría pagando mi decisión.

Me dijeron que una boda podía convertirse en una condena para él.

Pero no pudo.

Porque no sabía si eso era verdad o si había sido una construcción.

Porque tal vez Gabriel escucharía aquella historia como una excusa.

Porque tal vez Marina, fiel a su hermano, la llevaría de inmediato hasta él.

Porque quizá el nombre de Esteban Alcázar, ya muerto, quedaría también manchado sin poder defenderse.

Porque la verdad, cuando ha sido enterrada durante años, no se extrae sin romper huesos.

—No todavía —dijo.

Marina cerró los ojos con frustración.

—Siempre no todavía.

—Lo siento.

—No me lo digas a mí.

—No sé a quién decírselo sin que llegue tarde.

—A él. Cuando puedas decirlo entero.

Clara asintió.

Marina recogió su bolso.

—Una cosa más.

—Dime.

—Gabriel no volvió a ser el mismo después de aquella noche. Y no lo digo para que te sientas culpable. La culpa ya la tienes. Lo digo para que no confundas su dureza con falta de amor o con mezquindad. Él tuvo que aprender a vivir sin explicación. Eso endurece más que el desamor.

Clara tragó saliva.

—Ayer me preguntó si lo amé.

—Lo sé.

—¿Te lo contó?

—No con esas palabras. Gabriel nunca cuenta lo que más lo delata.

—Le dije que sí.

Marina la miró.

—¿Y era verdad?

Clara sostuvo su mirada.

—Sí.

Marina pareció cansarse de pronto.

—Entonces quizá Dios se apiade de todos, porque los que dicen la verdad demasiado tarde son casi tan peligrosos como los que mienten a tiempo.

Clara no supo qué responder.

Marina empezó a caminar hacia el sendero lateral. Clara la siguió unos pasos.

—¿Volverás? —preguntó.

—Si hace falta.

—¿Y hará falta?

Marina miró hacia Villa Belmonte.

—En esta casa siempre hace falta alguien que no tenga miedo de parecer desagradable.

Clara, pese a todo, casi sonrió.

—Gracias por venir.

—No he venido por ti.

—Lo sé.

—Pero quizá vuelva por ti también, si dejas de hablar como los Belmonte cuando más necesitas hablar como tú.

Marina se alejó por el camino.

Clara quedó sola bajo la pérgola.

No lloró. Habría sido lógico, quizá. Pero no lloró.

La conversación con Marina no la había ablandado: la había colocado en una posición más exacta.

Ya no podía permitirse el consuelo de pensar que su silencio había sido solo sacrificio.

Había sido también daño. Había sido también una forma de elegir por Gabriel sin darle derecho a saber.

Y, sin embargo, debajo de ese daño seguía latiendo una pregunta más grave: ¿quién había construido las condiciones de esa elección?

Cuando regresó a la casa, Leonardo la esperaba en el salón azul.

No estaba Elena. Esa ausencia no era casual.

—¿Cómo ha ido? —preguntó él.

Clara dejó el bolso sobre una silla.

—Marina no vino a consolarme.

—Te lo advertí.

—No necesito que me recuerdes cada acierto.

—No era mi intención.

—Últimamente tus intenciones ocupan demasiado espacio.

Leonardo aceptó la frase con una inclinación breve.

—He hablado con Santos. Te enviará copia de todo lo que has pedido.

—Bien.

—También he revisado algunos documentos con tu madre.

—¿Sin mí?

—Aspectos preliminares.

—Leonardo.

—No se ha decidido nada.

—Pero se ha hablado.

—Sí.

—¿Y qué salida limpia habéis diseñado para mí esta vez?

Él no respondió de inmediato. Caminó hasta la mesa, tomó una carpeta azul y la abrió.

—Hay una posibilidad de refinanciación si se vende una parte no esencial de la finca del río y se conserva Villa Belmonte fuera de riesgo inmediato.

—¿Parte no esencial para quién?

—Técnicamente no afecta a la casa principal.

—Todo es técnico cuando queréis que no parezca moral.

Leonardo dejó la carpeta abierta.

—Clara, entiendo tu desconfianza, pero no todo es una trampa. Hay problemas reales. Deudas reales. Plazos reales. Tu padre está enfermo. Tu madre está desbordada. Y tú necesitas una estrategia.

—¿Una estrategia tuya?

—Una estrategia eficaz.

—¿Dónde queda Gabriel en esa estrategia?

—Como técnico externo, limitado a su informe.

—¿Y si su informe no coincide con lo que queréis?

—Entonces se discutirá.

—¿Y si tiene razón?

Leonardo la miró con calma.

—Entonces habrá que aceptarla.

La respuesta fue correcta.

Demasiado.