NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO III Lo que todos callaron
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CAPÍTULO III Lo que todos callaron

A la mañana siguiente, Villa Belmonte amaneció con una luz demasiado limpia.

Clara lo pensó mientras permanecía inmóvil junto a la ventana de su habitación, mirando el jardín geométrico, la fuente central, los rosales obedientes y el camino que se perdía hacia la vega.

Había amanecido sin nubes, sin viento, sin esa niebla baja que a veces suavizaba los contornos de las cosas.

Todo aparecía expuesto. Las fachadas blancas, los cipreses, los tejados, las manchas de humedad en los muros antiguos, la tierra abierta por las ruedas de los coches. La claridad no embellecía; acusaba.

Había dormido poco, pero mejor que la noche anterior.

No porque estuviera más tranquila, sino porque el cansancio había terminado imponiéndose a la memoria.

Al despertar, sin embargo, la realidad la esperaba intacta: Gabriel en la bodega preguntándole si lo había amado; Leonardo advirtiéndole que aquel hombre podía perjudicarla; su padre, demacrado en la cama, diciéndole que no firmara nada sin entenderlo, sobre todo si él mismo se lo pedía.

Esa frase no la había abandonado.

Sobre todo si lo pido yo.

Clara se vistió despacio, con una blusa blanca y una falda oscura. No eligió nada que recordara a la mujer que había entrado el día anterior en la bodega vieja, ni a la muchacha que años atrás había soñado con salir de aquella casa del brazo de Gabriel. Necesitaba una ropa que no tuviera memoria.

Bajó antes de que su madre la llamara.

En el comedor pequeño solo estaba Teresa, colocando una bandeja con café y pan.

—Su madre está en el despacho —dijo, sin que Clara preguntara—. Con el señor Valcárcel.

Clara se detuvo en la puerta.

—¿Leonardo ha pasado la noche aquí?

—No. Llegó temprano.

—¿A qué hora?

—Antes de las ocho.

Clara miró el reloj de pared. Eran las nueve y cuarto.

—Qué diligente.

Teresa bajó la vista. Había en ella una prudencia distinta de la de Elena. No era cálculo. Era miedo aprendido.

—¿Y mi padre?

—Ha pasado mala noche. El médico vendrá a media mañana.

—¿Puedo verlo?

—Está dormido ahora.

—Todos dormís siempre cuando quiero preguntar algo.

Teresa no se defendió. Eso hizo que Clara se sintiera injusta.

—Perdona.

—No tiene que pedirme perdón a mí.

Clara se acercó a la mesa, tomó una taza de café y bebió un sorbo. Le pareció más amargo que de costumbre.

—Teresa, ¿sabes dónde guarda mi padre los documentos antiguos?

La mujer levantó la mirada.

—¿Qué documentos?

—Los de propiedades. Deudas. Escrituras anteriores. Contratos con los Alcázar.

Al oír ese apellido, Teresa se tensó.

—Eso estará en el despacho.

—En el despacho actual están las carpetas recientes. Yo pregunto por los papeles viejos.

—Don Julián tenía cajas en el archivo.

—¿El archivo de la galería?

—Sí.

Clara recordaba aquel cuarto. Estaba al fondo de una galería acristalada, junto a la biblioteca.

De niña le prohibían entrar porque había documentos importantes, fotografías antiguas, libros encuadernados y alguna caja con papeles de empresa.

Naturalmente, todo lo prohibido acababa pareciendo más importante que lo que se mostraba.

—¿Está cerrado?

—Creo que sí.

—¿Quién tiene llave?

Teresa no respondió.

—Mi madre.

—Y don Julián.

—Don Julián está en la cama.

—Sí.

—¿Y tú?

La mujer apretó los labios.

—Tengo una copia para limpiar.

Clara dejó la taza.

—Tráemela.

—Señorita Clara...

—Soy heredera, ¿no? Al menos eso repiten todos cuando necesitan que me comporte como tal.

—Su madre no va a querer.

—Mi madre quiere demasiadas cosas.

Teresa miró hacia la puerta.

—No quiero problemas.

Clara suavizó la voz.

—No te estoy pidiendo que robes nada. Solo que abras una habitación de mi casa.

—Esta casa nunca ha sido de quien podía entrar, sino de quien podía mandar.

—Por eso quiero entrar.

Teresa la miró durante unos segundos. Luego asintió muy despacio.

—Espéreme en la galería.

Clara salió del comedor antes de que el miedo de la mujer pudiera arrepentirse.

La galería acristalada recorría la parte oriental de la casa.

A un lado daba al jardín; al otro, a una serie de habitaciones poco usadas: la antigua biblioteca de su abuelo, un salón de invierno, un cuarto de costura que ya nadie utilizaba y, al final, el archivo.

La luz de la mañana caía sobre las baldosas hidráulicas, dibujando rectángulos de sol.

Clara avanzó despacio. Cada paso tenía algo de regreso y de invasión.

Teresa apareció con un llavero pequeño.

—No puedo quedarme mucho.

—No hace falta.

—Si su madre pregunta...

—Le diré que te lo ordené yo.

—Eso no la tranquilizará.

—No busco tranquilizarla.

La llave giró con dificultad. La puerta cedió.

El cuarto olía a papel antiguo, polvo y madera cerrada.

Había varias estanterías, un armario metálico, un escritorio estrecho y cajas apiladas contra la pared.

En una esquina se amontonaban planos enrollados.

La ventana estaba cubierta por una cortina beige que filtraba la luz con un tono enfermizo.

—Aquí casi no entra nadie —murmuró Teresa.

—Eso se nota.

—Yo vengo una vez al mes, limpio por encima y cierro.

—¿Mi padre venía?

—Antes sí. Últimamente no.

—¿Mi madre?

Teresa dudó.

—A veces.

—¿Leonardo?

La mujer negó con rapidez.

—Que yo sepa, no.

Clara no supo si creerla. Pero no insistió.

—Gracias.

Teresa le entregó la llave.

—Ciérrelo después.

—Lo haré.

—Y tenga cuidado con lo que busca.

Clara la miró.

—¿Por qué?

—Porque a veces una encuentra no lo que quería saber, sino lo que ya no puede dejar de saber.

La mujer se marchó.

Clara quedó sola ante las cajas.

Durante los primeros minutos, abrió papeles sin método.

Escrituras de compraventa, recibos, contratos de arrendamiento rústico, planos catastrales, facturas de obras, cartas bancarias, notas de su padre con aquella letra inclinada y firme que siempre parecía escrita para ordenar incluso cuando solo anotaba una cifra.

Los documentos recientes no estaban allí.

Aquello era la capa antigua de la familia. Lo que había debajo de la ruina actual.

Encontró varias carpetas con etiquetas escritas a máquina: “Vega Alta”, “Molino”, “Servidumbres”, “Aprovechamientos”, “Alcázar-Belmonte”. Al ver esta última, sintió que se le detenía la respiración.

La abrió.

Dentro había papeles fechados quince, veinte, incluso treinta años atrás.

Contratos entre don Julián Belmonte y Esteban Alcázar, padre de Gabriel.

Acuerdos de uso de agua. Permutas de pequeñas parcelas.

Avales cruzados para una sociedad agraria que Clara apenas recordaba haber oído nombrar.

Documentos que hablaban de cosechas, préstamos, garantías, porcentajes, compromisos.

La relación entre ambas familias no había sido la simple vecindad cordial que ella conoció de joven.

Había sido una trama económica mucho más estrecha.

Pasó página tras página.

En varias aparecía la firma de su padre. En otras, la de Esteban Alcázar. En algunas, más recientes, había anotaciones manuscritas al margen:

“Revisar antes de boda.”

“Compensar con franja sur.”

“No informar todavía.”

Clara se quedó mirando aquella última frase.

No informar todavía.

¿A quién?

¿A Gabriel?

¿A ella?

¿A los Alcázar?

Tomó aire y siguió leyendo.

Una carpeta menor, sujeta con una goma reseca, contenía copias de cartas.

Algunas eran de tono comercial. Otras, más tensas.

En una, Esteban Alcázar reclamaba a don Julián claridad sobre unos avales vencidos.

En otra, don Julián respondía con fórmulas amistosas y promesas de regularización.

En una tercera, mucho más seca, el padre de Gabriel advertía que no permitiría que una deuda familiar contaminara el futuro de sus hijos.

Clara leyó esa frase varias veces.

El futuro de sus hijos.

¿A qué hijos se refería? Marina y Gabriel. Claro. Pero ¿en qué sentido? ¿Hablaba de tierras, de herencias, de la boda?

Buscó fechas.

La carta estaba fechada tres meses antes de la boda suspendida.

Tres meses.

Clara sintió que la habitación se estrechaba.

Siguió revisando hasta encontrar un documento con membrete de una notaría.

No era una escritura formal, sino un borrador de acuerdo.

En él se proponía una reorganización de deudas mediante cesión de derechos sobre la finca del molino y una renuncia parcial de reclamaciones por parte de Esteban Alcázar.

El texto era complejo, lleno de condiciones.

Pero una cláusula llamó su atención de inmediato.

“Las partes convienen que, de formalizarse unión matrimonial entre descendientes directos de ambas familias, se revisarán las obligaciones económicas pendientes para evitar concentración patrimonial, conflicto de intereses o eventual perjuicio a terceros acreedores.”

Clara no entendió todos los términos jurídicos, pero sí entendió lo suficiente.

Su boda con Gabriel no había sido, para los padres, solo una boda. Había tenido consecuencias económicas. Quizá beneficiosas para unos. Quizá peligrosas para otros. Quizá manipulables.

Oyó pasos en la galería.

Cerró la carpeta de golpe, pero no a tiempo.

La puerta se abrió.

Leonardo apareció en el umbral.

—Tu madre te está buscando.

Clara sostuvo su mirada.

—No lo dudo.

Él miró el archivo, las cajas abiertas, la carpeta sobre el escritorio.

—Has empezado pronto.

—Tú también.

—Yo he venido a trabajar.

—Yo también.

Leonardo entró sin pedir permiso. Cerró la puerta con cuidado, no del todo; la dejó entornada, como si quisiera demostrar que no tenía nada que ocultar. Ese tipo de detalles eran muy propios de él. Pensaba incluso en la apariencia de su inocencia.

—No deberías revisar documentos antiguos sin asesoramiento.

—¿Por qué? ¿Podrían decir algo?

—Podrían confundir.

—Qué miedo tenéis todos a la confusión. Casi tanto como a la claridad.

Él se acercó al escritorio.

—Clara, hay papeles que necesitan contexto.

—Entonces dámelo.

—No en un archivo lleno de polvo y con tu padre enfermo arriba.

—Siempre hay una razón para no hablar ahora.

Leonardo observó la carpeta “Alcázar-Belmonte”.

—¿Qué has encontrado?

—Dímelo tú.

—No sé qué has leído.