No me dejes ir
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CAPÍTULO 1 ASHLEY
Tengo la mano en el aire, vacilando justo encima del timbre.
Dios, ¿qué le digo?
—Oye, dejaste de cogerme el teléfono, así que he venido a decirte que estoy embarazada.
Demasiado culebrón.
—Oye, ¿recuerdas cuando se te acabaron los condones y dijiste que no pasaría nada? Pues resulta que sí pasó.
No, eso suena a alegato inicial en un juicio. Y no vengo a por la pensión (todavía).
Quizá debería soltar la bomba sin más.
—¡Sorpresa! Felicidades, vas a ser papá.
No. Todo mal.
Antes de que pueda decidirme por un guion, la puerta se abre de golpe y lo tengo delante.
Está desaliñado, somnoliento y catastróficamente atractivo, lo que me cabrea todavía más.
—Eh... ¿hola? —logra decir, sin moverse para dejarme pasar. Como si esperara comida a domicilio y le hubiera llegado yo.
Me invade una oleada de indignación. ¿En serio? ¿«Hola» con interrogación? ¿Después de desaparecer y no contestar mis mensajes? El sarcasmo que llevo conteniendo se me escapa antes de poder filtrarlo.
—Ah, ¿así que sí me reconoces? Menudo logro para alguien que se quedó ciego y sordo de repente hace tres semanas —suelto.
Cruzo los brazos, intentando parecer dura, aunque por dentro estoy hecha un manojo de nervios. Una parte de mí solo quiere esconder la cara en su pecho y oírle decir que todo va a salir bien. Que me preocupé para nada.
—He venido porque quería que supieras que tu teoría de «no va a pasar nada»... —rebusco en el bolso y saco la prueba de embarazo positiva—. Pues aquí está.
Suelto un suspiro agotado y se me van las ganas de pelear.
Theo me mira de arriba abajo. Hay un destello en sus ojos: sorpresa mezclada con una diversión que apenas disimula. Se apoya despacio en el marco de la puerta, como si se acomodara para ver un espectáculo interesante.
—Entonces... ¿estás embarazada?
Estoy nerviosa, pero sobre todo furiosa con él. Furiosa porque desapareció sin dejar rastro. Furiosa por esa mirada burlona, como si yo fuera una perra callejera suplicando que la dejen entrar. ¿O quizá piensa que miento? ¿Como si esto fuera una trampa desesperada para arrastrarlo al altar?
—Sí —asiento, exhalando bruscamente y apretando los labios.
Sabía que Theo no iba a descorchar champán precisamente, y yo tampoco estoy dando saltos de alegría, pero no esperaba que fuera tan frío.
—¿Mío? —pregunta.
—Sí.
—¿De cuánto?
—Ocho semanas.
—Buen intento, cariño, pero hay un pequeño problema: no te he visto en mi vida, y llevo tres meses fuera por trabajo. Así que déjate de estafas. No me lo trago.
—¿Qué? ¿Me estás tomando el pelo? Ah, espera, déjame adivinar.
Te cansaste de mí y esta es tu forma de quitarme de en medio, ¿verdad?
—Me acerco más, con la voz tensa—. Llevas un mes sin llamar, ignoraste mis mensajes y encima cambiaste de número.
¿Sabes qué, Theo? Este hijo es tuyo, y vas a ayudar a cuidarlo. Y a mí.
Me planto delante de él y le clavo un dedo en el pecho, duro como una piedra, volcando toda mi frustración en el golpe.
Su expresión cambia al instante. Me mira atónito, así que agarro el asa de la maleta y me cuelo en el apartamento. Quién sabe qué le pasa por la cabeza. Podría cerrarme la puerta en las narices y dejarme en la calle. Sin trabajo, sin casa y embarazada.
—Y si dices que nunca me has visto, ¿cómo sé lo de la cicatriz de cuchillo en tu espalda? ¿Cómo sé que te tomas el café solo por las mañanas en una taza verde, que odias el marisco y que eres alérgico a los gatos? —Acabo gritando, mirándolo con los ojos echando chispas.
—¿Te lo ha contado mi ex? —pregunta escéptico.
Cierra la puerta, cruza los brazos y me estudia detenidamente.
—Sí, claro. Y supongo que también me contó la distribución del piso y lo de las maquetas de veleros en tu despacho, ¿no? —suelto, perdiendo la paciencia.
Empiezo a sentirme incómoda bajo su escrutinio. Es como si estuviera delante de un completo desconocido, aunque por fuera sigue siendo el mismo tío que conocí en la playa.
No dice una palabra. Solo me observa con desconfianza, pasándose los dedos por la barba incipiente. La tensión en la habitación se dispara; me tiemblan las manos y de repente tengo los pies como bloques de hielo.
Por una fracción de segundo, vacilo y me limito a contemplarlo.
Lo he echado tantísimo de menos estas semanas, volviéndome loca intentando entender por qué se alejó, resistiendo el impulso de dejar mi pueblecito y venir a buscarlo antes.
Como al final he hecho hoy. Justo después de hacerme seis pruebas de embarazo, todas positivas.
Todavía tiemblo por la conmoción, y estar tan cerca de él me embriaga, me quita las ganas de pelear.
—Venga, cariño, era broma —dice Theo de repente, y se echa a reír. Aparecen esos hoyuelos adorables que tanto me gustan y el corazón se me acelera al instante.
—¿Era broma? No tiene ninguna gracia. En absoluto —aprieto los labios, luego doy unos pasos torpes hacia él y escondo la cara en su pecho.
No tengo energía para darle vueltas a su comportamiento extraño ahora mismo. Solo dejo que el alivio me invada. Lo único que importa es que está aquí. Conmigo.
—No sé qué hacer, Theo. Perdí el trabajo la semana pasada, no puedo pagar el alquiler, y mis padres me van a matar si se enteran de que me quedé embarazada mientras visitaba a mi tía en vacaciones.
Se rompe el dique. Las lágrimas me ruedan por las mejillas y me aferro a él aún más fuerte. El calor de su cuerpo me reconforta y los temblores empiezan a remitir.
Pero Theo no se apresura a consolarme. Tiene los músculos tensos, rígidos como una estatua, y por un segundo me da la sensación de que no quiere que lo toque.
—Está bien, ya encontraremos una solución. ¿Tienes hambre? —pregunta con la voz tensa.
Niego con la cabeza.
—¿No? Entonces quizás estés cansada. ¿Quieres acostarte?
—Sí, me gustaría.
Me aparto de él a regañadientes, me pongo de puntillas y me inclino para besarlo, pero Theo finge no darse cuenta. Se gira bruscamente y agarra mi maleta.
—Ven, te enseñaré tu habitación.
—¿Mi habitación? Espera.
Me quedo mirando su espalda, confundida.
—¿Qué está pasando? ¿Hay alguien más?
Se detiene en seco y me lanza una mirada de fastidio.
—Escucha, he estado de viaje de negocios. Estoy agotado y necesito dormir. Si estoy a tu lado, desde luego no voy a pensar en dormir. Además, estás embarazada. Hasta que un médico diga que tú y el bebé estáis bien, dormiremos en habitaciones separadas.
Sus palabras me golpean como una bofetada.
Este no es el Theo que conozco. Mi Theo se me habría echado encima nada más entrar y no me habría dejado dormir hasta el amanecer.
Mi Theo era divertido, dulce, juguetón, apasionado.
Este tío es como un iceberg. Y solo hay una explicación: está con otra.
Por eso dejó de cogerme el teléfono, por eso no me toca ni me besa, y sin duda por eso no piensa dormir en la misma cama.
—Mi madre organiza una cena familiar mañana —dice, volviéndose hacia mí—. Creo que es un buen momento para presentarte a la familia.
Se queda en el umbral un momento, dudando. Me mira de arriba abajo como si me viera por primera vez, evaluándome. Suelta una risita, y justo cuando creo que va a lanzarse a abrazarme y decirme cuánto me ha echado de menos, simplemente sale de la habitación de invitados sin decir palabra.
Ahora sí que no tengo ni idea de qué está pasando.
***
No puedo dormir. Me quedo mirando el techo, intentando asimilar todo lo que ha pasado hoy.
Embarazada. Embarazada. Embarazada.
La palabra retumba en mi cabeza como un tambor, ahogando todo lo demás.
Ahora, más que nunca, necesito sentirlo, acurrucarme contra él y oírle decir que todo va a salir bien. En cambio, miro un techo que parece estar a un kilómetro de distancia, separada de él por este frío silencio.
Nos conocimos un día abrasador de junio. Acababa de terminar la carrera y, aprovechando ese subidón, me escapé a casa de mi tía Tatiana para desmelenerme antes de que empezara «la vida adulta de verdad».
Me encanta todo de la vida en la gran ciudad.
Me encanta venir aquí en invierno por el árbol enorme de la plaza, la pista de patinaje, los mercadillos navideños, todo el ambiente festivo.
Pero también me encanta en verano, sobre todo por la playa.
Puedes pasar días enteros tomando el sol en la arena y refrescándote en el mar.
Vi a Theo de inmediato. Un tipo como él es imposible de pasar por alto entre la multitud.
Estaba jugando al voleibol con unos chicos, con los músculos que se le marcaban con cada movimiento, y una sonrisa que me enganchó al instante.
Los abdominales definidos, los brazos fuertes, el sudor brillándole en la piel bajo el sol: me volvió loca.
Sentí un escalofrío recorrerme y simplemente lo supe: era él.
Me devaní los sesos buscando una excusa para acercarme y hablar con él, pero me distraje tanto que no vi venir el balón de voleibol hasta que me golpeó justo en la frente.
Así fue como nos conocimos.
Yo con un chichón en la cabeza. Theo acercándose a la carrera con una botella de agua fría. Una mirada, un roce, y de repente estábamos paseando por la ciudad de noche, hasta acabar en su casa, consumiéndonos el uno al otro.
Fue un mes de citas, de contar los minutos hasta la noche, de noches ardientes, seguido de una despedida dolorosa. La realidad nos golpeó de lleno: recibí una oferta de trabajo estupenda en mi ciudad que no podía rechazar, y Theo tenía un viaje de negocios a la vuelta de la esquina.
Durante unas semanas, nos llamamos y escribimos constantemente. Lo echaba de menos como una loca, me quedaba dormida mirando sus fotos en el móvil, soñando con que algún día me pediría que me fuera a vivir con él. Y entonces, la comunicación simplemente... se cortó.
Pasé el mes siguiente sumida en una depresión, la cagué con varios contratos en el trabajo y me despidieron.
Y ahora, aquí estoy.
Me aterroriza que vaya a dejarme. No soy ingenua; sé que los tíos no cortan todo contacto sin motivo.
Los pensamientos oscuros no paran de rondarme.
El shock inicial del embarazo se va desvaneciendo, y en su lugar aparece la culpa por lo impulsiva que he sido.
Hice la maleta, compré un billete de autobús, mentí a mis padres diciéndoles que me cogía unos días de vacaciones para visitar a mi tía, y me planté en la puerta de Theo sin más.
Tenía miedo de que no estuviera en casa, miedo de que estuviera con otra.
Pero que quiera que conozca a sus padres me da esperanza. Esperanza de que estaremos bien, y de que este bebé no crecerá sin padre.
Doy vueltas en la cama hasta casi el amanecer, hasta que por fin salgo de debajo de las sábanas y entro de puntillas en el dormitorio de Theo. Está durmiendo boca abajo, desparramado en medio del colchón. Está demasiado oscuro para verle la cara, y es una pena: me gustaría verlo bien.
Me acuesto en el mismo borde de la cama y le paso suavemente los dedos por el pelo. Una ola de amor me invade, me calma y acaba por arrullarme hasta que me duermo.