Capítulo 30
Carlos
Nunca la había visto así.
Durante semanas, desde aquel primer encuentro en el jardín de Carmen donde me miró como si fuera una amenaza que debía eliminar, había observado a una mujer herida intentando sobrevivir.
Había visto a Daniela luchando contra sus demonios, construyendo muros de hielo para protegerse, huyendo de cualquier proximidad que pudiera lastimarla.
Había visto rabia, miedo, desconfianza y, ocasionalmente, esa vulnerabilidad desarmante que me hacía querer protegerla, aunque ella odiara la idea.
Pero ahora, sentada a la mesa del despacho de Carmen, con todos los documentos extendidos ante ella, como un general revisando mapas de batalla, era otra persona.
No estaba llorando. No estaba enfadada, al menos no de la forma destructiva de antes.
No estaba intentando escapar. Estaba organizando papeles con una determinación metódica, precisa, casi militar.
Sus manos se movían con eficiencia, clasificando extractos bancarios, contratos, fotografías incriminatorias.
Su expresión era de concentración absoluta, esa zona de fluidez en la que el pensamiento y la acción se fusionan.
La diferencia entre la mujer que había llegado a Málaga huyendo y la que tenía delante ahora era abismal. Una sobrevivía. La otra… la otra se estaba preparando para ganar.
—¿Qué? —dijo de repente, sin levantar la vista del contrato que señalaba con un dedo.
Me sobresalté. No me había dado cuenta de que la estaba mirando fijamente, con una mezcla de asombro y algo más que todavía no quería nombrar.
—Nada —respondí, negando con la cabeza.
—Me estabas mirando —insistió, y ahora sí alzó los ojos marrones hacia mí. Había un destello de diversión en ellos, una chispa de la mujer que se escondía detrás del guerrero—. Llevas cinco minutos sin parpadear.
Sonreí, incapaz de contenerme.
—Es que creo que acabas de convertirte en la persona más peligrosa de esta casa —dije, y era verdad.
Ella arqueó una ceja, ese gesto suyo que me volvía loco.
—¿Más que mi abuela? —preguntó, y vi cómo las comisuras de su boca se movían hacia arriba.
Me quedé callado, fingiendo considerar la pregunta con seriedad. Carmen, con sus ochenta y ocho años, su capacidad para manipular a toda una familia con solo una sonrisa, y su colección de historias comprometedoras sobre medio Málaga…
—Eso era imposible —admití finalmente, y Daniela soltó una carcajada.
La risa llenó el despacho, rompiendo la tensión que llevábamos cargando desde hace días. Era una risa genuina, sin reservas, y me di cuenta de que era la primera vez que reía así desde… ¿desde cuándo? Desde antes de que supiera lo de María, desde antes de que el miedo volviera a apoderarse de ella.
El momento de humor nos recordó que seguíamos siendo nosotros. Dos personas rotas intentando encontrar algo hermoso entre los escombros. Incluso en medio del caos, incluso con la traición de su prima y la amenaza de Miguel pendiendo sobre nosotros como una espada de Damocles, podíamos reírnos.
Ese día por la tarde nos reunimos con el abogado que les había recomendado.
Raúl era un tipo de Barcelona, un contacto mío de la facultad, especializado en derecho penal y en fraudes económicos.
Llevaba años persiguiendo a tipos como Miguel y, cuando vio la documentación que Daniela había reunido, sus ojos brillaron como los de un cazador que huele la presa.
Pero lo que más me impresionó fue Daniela.
No aceptó sentarse en un segundo plano mientras los hombres hablaban por ella.
No dejó que ni Raúl ni yo decidiéramos la estrategia sin su input.
Estaba presente en cada decisión, interrumpiendo para hacer preguntas, señalando lagunas en nuestro razonamiento, exigiendo entender cada paso legal que íbamos a dar.
—Quiero recuperar el control —dijo cuando Raúl sugirió que ella podía dejar los detalles técnicos en nuestras manos—. Es mi vida. Son mis documentos. Es mi futuro. Voy a entender exactamente cómo vamos a destruirlo, o no me sirve.
Raúl me miró con una ceja arqueada, impresionado. Yo solo asentí, orgulloso.
Después de la reunión, cuando Raúl se marchó con su maletín lleno de copias y un plan de ataque para presentar denuncias tanto civiles como penales, salimos al jardín.
El sol de la tarde caía sobre los limoneros con una luz dorada que hacía que todo pareciera un cuadro impresionista.
Caminamos en silencio durante unos minutos, con los hombros rozándose ocasionalmente, disfrutando de la paz antes de la tormenta.
Fue entonces cuando me detuve. La cogí de la mano, algo que aún me sorprendía poder hacer sin que ella se apartara, y la giré hacia mí.
—Estoy orgulloso de ti —dije, y la frase salió con una sinceridad que me desarmó.
Daniela se quedó quieta. Sus ojos se abrieron ligeramente, y vi cómo algo cambiaba en su expresión. No era ni la diversión de antes ni la determinación guerrera. Era algo más vulnerable, más profundo.
—No estoy acostumbrada a que alguien me diga eso —susurró, y su voz tembló.
—Pues tendrás que acostumbrarte —respondí, acercándome un paso—. Porque voy a seguir diciéndolo. Cada día. Cada vez que te vea enfrentarte a tus miedos. Cada vez que elijas quedarte en lugar de huir.
Ella me miró fijamente y en sus ojos vi la batalla interna. El deseo de creerme mientras luchaba contra el miedo a que fuera mentira.
—¿Siempre eres tan mandón? —preguntó finalmente, y había un deje de humor en su voz que me alivió.
—Sí —respondí, sonriendo—. Es uno de mis muchos defectos.
—Qué horror —dijo, pero no se apartó.
—Y, aun así —añadí, bajando la voz y acortando la distancia entre nosotros—. Sigues aquí.
Daniela sonrió. Fue una sonrisa pequeña, íntima, que transformó su rostro de guerrero a mujer. Y en ese momento, al ver esa sonrisa, supe que algo había cambiado irrevocablemente. Que habíamos cruzado una línea desde la que no había vuelta atrás.
La besé.
Fue un beso suave al principio, casi reverente. Pero cuando ella respondió, cuando sus manos subieron por mi pecho y se enredaron en mi camisa, el fuego que habíamos estado conteniendo durante semanas estalló.
—Carlos —suspiró contra mi boca, y mi nombre nunca sonó tan bien.
—Vamos arriba —dije, y no era una pregunta.
Ella asintió, y subimos las escaleras de la casa con las manos entrelazadas, con los corazones desbocados, con la certeza de que estábamos a punto de cruzar otro umbral.
Mi habitación en casa de mi abuela, que había pasado a ser nuestra habitación durante las últimas semanas de trabajo intensivo, estaba bañada por la luz del atardecer. Cerré la puerta con llave y nos quedamos allí, mirándonos, con el mundo exterior olvidado.
—¿Estás segura? —pregunté, aunque mi cuerpo gritaba por tocarla.
—Cállate y bésame —respondió ella, y sonreía, y era todo lo que necesitaba.
La cogí en brazos, ella era ligera, sorprendentemente ligera para alguien que cargaba con tanto peso, y la deposité sobre la cama. Me incliné sobre ella, besando su cuello y su clavícula, bajando por el escote de su camiseta mientras arqueaba la espalda para facilitarme el acceso.
—Dios, te deseo —gemí contra su piel, y era la verdad más pura que conocía.
—Y yo a ti —respondió ella, y sus manos tiraron de mi camiseta, arrancándomela por la cabeza con una urgencia que me excitó hasta la médula.
Nos desvestimos entre besos desesperados, entre risas cuando algún botón se resistía, entre jadeos cuando la piel finalmente tocaba la piel. Cuando quedó desnuda ante mí, con el pelo extendido sobre la almohada como un halo castaño, tuve que detenerme un segundo solo para mirarla.
—Eres perfecta —dije, y ella rodó los ojos.
—Deja de decir tonterías y ven aquí —ordenó, pero sonreía.
Me tendí sobre ella, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, la suavidad de su piel contra mi dureza. La besé profundamente, explorando su boca con mi lengua mientras mis manos recorrían su cuerpo, memorizando cada curva, cada valle, cada pequeña imperfección que la hacía real.
Bajé lentamente, besando su cuello y sus pechos, hasta detenerme para saborear sus pezones erectos, haciéndola gemir, su vientre plano, el valle de su ombligo. Ella entendió mis intenciones y sus manos se enredaron en mi pelo, guiándome, instándome.
—Por favor —suspiró, y era una súplica y una orden.
La abrí para mí con delicadeza, revelando su sexo húmedo, brillante, preparado. La miré por última vez, buscando su aprobación, y ella asintió con los ojos vidriosos de deseo.
La probé y su sabor era embriagador, único, completamente Daniela. Separé sus pliegues con la lengua, encontrando su clítoris y rodeándolo con movimientos lentos, deliberados, mientras ella se retorcía bajo mí, agarrando las sábanas con fuerza.
—Joder, Carlos… —gemía, moviendo las caderas contra mi boca—. Dios, sí…
Introduje un dedo dentro de ella, sintiendo cómo se estrechaba a mi alrededor, cómo su cuerpo me reclamaba. Aumenté el ritmo de mi lengua, alternando entre succiones suaves y lamidas firmes, hasta llevarla al borde del precipicio.
—Voy a… —Intentó advertir, pero ya era tarde.
El orgasmo la atravesó con una fuerza que la hizo gritar, un sonido ronco y desinhibido que me hizo sentir el hombre más poderoso del mundo. La sostuve mientras se estremecía, prolongando su placer con suaves movimientos de mi lengua hasta que tuvo que empujarme suavemente, sensibilizada.
—Ven aquí —dijo, con la voz rota, tirando de mí hacia arriba.
Me subí sobre ella, pero me detuvo con una mano en el pecho.
—No —dijo, con una sonrisa traviesa—. Es mi turno.
Me empujó suavemente hasta quedar yo de espaldas sobre la cama, y ella se posicionó entre mis piernas. La vista era increíble: Daniela, desnuda, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes, tomando mi erección en su mano con una mezcla de curiosidad y hambre.
—Eres hermoso —dijo, y no supe si se refería a mi miembro o a mí en general, pero en ese momento no importaba.
Me miró a los ojos mientras se inclinaba, manteniendo el contacto visual mientras su lengua salía a probar la punta. El calor y la humedad me hicieron jadear y arqueé la espalda involuntariamente.
—¿Te gusta? —preguntó, y era provocación pura.
—Dios, sí —respondí, con la voz convertida en un gruñido.
Sonrió, esa sonrisa de gata que me volvía loco, y me tomó completamente en su boca, hundiéndose hasta donde podía, usando su mano para cubrir lo que no alcanzaba. El contraste entre la suavidad de su lengua y la firmeza de su succión me estaba volviendo loco.
—Mírame —ordenó ella, interrumpiendo un segundo—. No cierres los ojos. Quiero verte.
Asentí, jadeando, mientras ella reanudaba su trabajo con una dedicación que me hacía perder el juicio. Sus ojos marrones, fijos en los míos, creaban una intimidad casi insoportable. Era vulnerable, poderosa, completamente entregada al momento.
Cuando sentí que estaba cerca, demasiado cerca, la advertí:
—Daniela, voy a… deberías…
Pero ella no se detuvo. Si acaso, aumentó el ritmo y, cuando me corrí, fue con un grito que seguramente habría alertado a toda la casa si no hubiéramos estado tan absortos en nosotros.
Ella lo aceptó todo, tragando con una naturalidad que me sorprendió y excitó aún más, y luego subió por mi cuerpo con una sonrisa de satisfacción.
—Eso… —dije, jadeando, sin aliento—. Eso ha sido…
—¿Sí? —preguntó, acostándose a mi lado, apoyando su cabeza en mi pecho.
—Increíble —terminé, besando su frente, acariciando su espalda desnuda.
Nos quedamos así durante unos minutos, recuperando el aliento, disfrutando del silencio cómodo que solo comparten las personas que acaban de compartir algo íntimo y transformador.
—Carlos —dijo ella de repente, trazando círculos en mi pecho con un dedo.
—¿Mmm?
—Gracias —susurró—. Por no dejarme huir. Por verme. Por… esto.
La abracé más fuerte, sintiendo su peso contra mí, su calor, su realidad.
—Gracias a ti —respondí—. Por quedarte.
El móvil vibró sobre la mesilla de noche con una insistencia que rompió el hechizo. Suspiré, tentado de ignorarlo, pero Daniela se incorporó, alerta de inmediato.
—Podría ser importante —dijo, y tenía razón.
Cogí el teléfono. Era Alejandro. Y el mensaje que envió hizo que se me helara la sangre.
Un enlace. Una entrevista. Y una foto de Miguel sonriendo a cámara con el titular: «La verdad sobre mi exmujer: cómo Daniela Vega destruyó nuestro matrimonio y ahora intenta destruir mi reputación».
Daniela leyó por encima de mi hombro. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se volvía agitada. Pero cuando se apartó, cuando la miré a los ojos, esperando ver el miedo de nuevo, encontré algo diferente.
Encontré fuego.
—Bien —dijo ella, y su voz era hielo y acero—. Que hable. Que diga lo que quiera. Mañana presentamos la denuncia. Y entonces veremos quién destruye a quién.
La abracé, sintiendo su fuerza, su determinación. Esta vez, no había miedo. Solo guerra.
Y estábamos listos para ganarla.