Capítulo 28
Carlos
La esperé en el jardín durante lo que pareció una eternidad, aunque en realidad no fueron más de veinte minutos.
Veinte minutos de pie bajo el olivo centenario, con las manos sudorosas metidas en los bolsillos de los vaqueros, repitiendo una y otra vez el discurso que había preparado en mi cabeza.
No era un discurso de abogado, no había argumentos estructurados ni citas legales.
Era simplemente la verdad. Toda la verdad. Desnuda, incompleta, imperfecta.
Después de la conversación con Elena, al entender que ella había huido no por cobardía, sino por miedo a mi intensidad y a mi necesidad de arreglarlo todo, había comprendido que no podía seguir ocultando nada.
Ni a Daniela ni a mí mismo. Porque si quería que esto entre nosotros funcionara, si quería que fuera real y no solo una reacción al pasado, necesitaba soltar lastre.
Necesitaba contarle la historia completa de cómo me había convertido en el hombre que ella conocía.
El cerrado, el controlado, el que vivía entre el trabajo y el silencio.
Cuando la vi aparecer por el sendero del jardín, sentí que el corazón se me detenía un segundo.
Venía caminando despacio, con esa forma suya de moverse, a la vez cautelosa y decidida, como si cada paso fuera una elección consciente.
Llevaba el pelo suelto, moviéndose con la brisa, y una expresión que no supe interpretar.
¿Había hablado con Elena? ¿Qué le había dicho?
¿La había asustado con historias sobre mi incapacidad para amar sin ahogar?
—Carlos —me llamó de nuevo, y su voz fue suave, sin la armadura habitual—. ¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara de funeral?
Intenté sonreír. Fallé estrepitosamente.
—Necesito contarte algo —dije, y mi voz sonó ronca, forzada—. Todo, en realidad. No quiero que haya más secretos entre nosotros. No quiero que descubras cosas a través de terceros ni en documentos que encuentres por casualidad.
Ella se detuvo a un metro de mí. Cruzó los brazos, pero no de forma defensiva. Más bien como si se estuviera preparando para recibir un golpe.
—Vale —dijo, simple, directa—. Cuéntame.
Y lo hice.
Le hablé de la boda cancelada. No la versión resumida que le había dado antes, la de «Me dejó días antes», sino toda la historia.
Cómo había planeado cada detalle durante meses, cómo había creído que Elena era mi futuro, mi familia, mi hogar.
Cómo había ignorado las señales de advertencia, cómo había confundido mi necesidad de cuidarla con amor real, cómo había construido un castillo de naipes sobre cimientos que nunca había revisado.
Le hablé de la noche en que todo terminó.
De la llamada de Elena, de su voz rota, de su confesión sobre los negocios de su padre.
De cómo, en lugar de escucharla, de abrazarla, de decirle que estaríamos juntos pasase lo que pasase, yo había entrado en modo solución.
Había contratado detectives, había movido contactos, había intentado arreglar un problema que ella no quería que arreglara.
Había convertido su miedo en un proyecto, su vulnerabilidad en un caso por resolver.
—Ella no quería ser salvada —dije, y la frase me dolió en la garganta—. Quería que estuviera ahí, con ella, sin hacer nada. Pero yo no sabía cómo hacer eso. Solo sabía actuar, mover fichas, solucionar. Y eso la ahogó. La empujó a huir.
Daniela no dijo nada. Solo me miraba con esos ojos marrones que parecían ver directamente hasta el fondo de mi alma.
—Después de eso —continué, y ahora la voz se me quebró—, me cerré.
Decidí que no volvería a sentirme así. Que no volvería a depender de nadie, a necesitar a nadie, a arriesgarme a que me dejaran de nuevo.
Me convertí en una máquina de trabajo. Casa, bufete, gimnasio, cama.
Rutina. Silencio. Nada más. Durante dos años.
Hice una pausa. El sol se estaba poniendo, tiñendo el jardín de naranjas y rosas, y la luz dorada iluminaba el rostro de Daniela, haciéndola parecer etérea, irreal.
—Hasta que apareciste —dije, y ahora sí, sonreí, aunque fuera una sonrisa triste—.
Con tu café quemado y tu desconfianza hacia los abogados.
Con tu miedo disfrazado de rabia. Con tu forma de mirarme como si fuera el enemigo cuando en realidad solo querías que alguien te demostrara que no todos los hombres eran iguales.
Ella se quedó quieta durante unos segundos. Luego, lentamente, una sonrisa tiró de la comisura de sus labios. Fue una sonrisa pequeña, traviesa, que transformó la tensión del momento en algo más ligero, más… nosotros.
—¿Me estás diciendo que yo arruiné tu paz? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Que yo vine y estropeé tu perfecta vida de soltero emocionalmente reprimido?
—Exactamente —respondí, y la risa brotó de mi pecho, inesperada, liberadora—. Viniste y desordenaste todo. Me obligaste a sentir otra vez. A querer proteger a alguien, sí, pero también a… a simplemente estar. A no saber qué decir cuando me mirabas de cierta forma. A tener miedo de nuevo.
—Qué honor —dijo ella, poniendo la mano sobre el pecho en un gesto teatral—. Daniela Vega, destructora oficial de paces.
Pero yo ya no reía. Me acerqué un paso. Luego otro. Estábamos a menos de medio metro, lo suficientemente cerca como para oler su perfume y ver las pequeñas motas doradas de sus ojos.
—No quiero que pienses que eres una sustituta —dije, y mi voz se volvió grave, seria, desesperadamente sincera—. No quiero que creas que estoy contigo porque me recuerdas a Elena, porque necesito llenar un vacío o porque eres un proyecto más que arreglar.
Ella dejó de sonreír. Su expresión se cerró, se volvió vulnerable, expuesta.
—¿Qué? —susurró.
—Quiero estar contigo porque eres tú —dije, y cada palabra pesaba toneladas, pero las soltaba con cuidado, con reverencia—. Porque me desafías. Porque me haces reír. Porque cuando estoy cerca de ti, no quiero solucionar nada, solo quiero… existir. Contigo. Eso es nuevo para mí. Eso es todo.
El silencio que siguió fue enorme. Denso.
Cargado de electricidad y de posibilidades.
Demasiado íntimo, demasiado expuesto. Podía oír mi propio corazón martilleando contra las costillas, podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, podía ver cómo sus labios se separaban ligeramente, cómo sus ojos bajaban a mi boca y volvían a subir.
Ella dio un paso hacia mí. Yo también di un paso hacia ella. El espacio entre nosotros se redujo a casi nada. Podía sentir su aliento contra mi piel, cálido, tembloroso. Sus manos subieron lentamente, se posaron sobre mi pecho y sentí el calor de sus palmas a través de la camisa.
—Carlos —susurró, y fue mi nombre, y era todo lo que necesitaba escuchar.
Nos inclinamos el uno hacia el otro, lentamente, dándonos tiempo para retroceder, cambiar de opinión y proteger el corazón. Pero ninguno lo hizo. Nuestros labios estaban a centímetros, a milímetros, a un suspiro de distancia…
Y entonces sonó el móvil.
Era un sonido estridente y violento que rompió el hechizo como un cristal bajo un martillo. Nos separamos bruscamente, jadeando ligeramente y desorientados por la interrupción.
—Joder —murmuré, sacando el teléfono del bolsillo con manos que temblaban.
El nombre en la pantalla me enfrió la sangre. Daniel.
—Es Daniel —le dije a Daniela, que seguía con las mejillas sonrojadas y los ojos vidriosos—. Tengo que cogerlo.
Ella asintió, dándose la vuelta ligeramente, como si necesitara recuperar la compostura.
—Dime —respondí al teléfono, y mi voz aún era ronca.
—Carlos —dijo Daniel, y su tono era urgente, agitado, completamente diferente a su habitual serenidad—. He encontrado algo. Es importante. Necesito que vengas ahora mismo. Trae a Daniela.
—¿Qué pasa? —pregunté, y sentí que el pánico volvía, pero de otra forma, más oscura, más peligrosa.
—He estado hurgando en los servidores antiguos del bufete —dijo, y su voz bajó, como si temiera que alguien le escuchara—. Encontré pruebas. Pruebas sólidas de que Miguel ha estado manipulando cuentas durante años. No solo de Daniela. De decenas de personas. Y no ha estado solo.
Miré a Daniela. Ella me observaba con atención, notando el cambio en mi expresión.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Hay alguien ayudándole —dijo—. Alguien desde dentro. Alguien que tiene acceso a información legal, a documentos, a sellos oficiales. Alguien que ha estado cubriendo sus huellas durante todo este tiempo.
—¿Quién? —Susurré, y mi voz sonó lejana, irreal.
Daniel dudó. Escuché cómo respiraba hondo al otro lado de la línea.
—El nombre está en un documento que te voy a enviar ahora mismo —dijo—. Pero Carlos… es alguien que Daniela conoce. Alguien cercano. Alguien en quien confiaba.
El teléfono vibró en mi mano. Una notificación. Un archivo adjunto.
Miré a Daniela. Ella se había acercado, alarmada por mi expresión. Abrí el documento con dedos torpes, deslizando la pantalla hasta el final, hasta la firma, hasta el nombre que aparecía en letras negras sobre fondo blanco.
El mundo se detuvo.
Levanté la vista hacia ella. Vi cómo palidecía, cómo se le abrían los ojos desorbitados, cómo se llevaba las manos a la boca para contener un grito o un sollozo.
Porque el nombre en la pantalla era imposible. Era absurdo. Era una traición que ninguno de los dos había visto venir, aunque ahora, mirando hacia atrás, las piezas encajaban con una claridad terrible.
El nombre pertenecía a alguien que había estado a nuestro lado durante todo este tiempo. Alguien que había compartido nuestras risas, nuestras cenas, nuestras confidencias. Alguien que Daniela consideraba familia.
Y ahora, al ver ese nombre brillando en la pantalla del móvil, supe que el enemigo nunca había estado fuera.
Había estado sentado a nuestra mesa, sonriéndonos, mientras destruía todo lo que intentábamos construir.