No estoy para abogados Capítulo 26
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Capítulo 26

Carlos

La observé durante horas. No de forma consciente, claro.

No me quedaba parado en la puerta del despacho de Carmen como un acosador, ni la seguía con la mirada cuando se movía por la casa.

Pero mi atención, esa atención que había intentado dirigir hacia cualquier otra cosa, hacia el caso, hacia la prensa, hacia la defensa de mi propia reputación, volvía inevitablemente hacia ella.

Como una brújula que no puede evitar señalar el norte.

Daniela había cambiado.

No era un cambio físico, aunque también había eso.

Las ojeras que llevaba desde que llegó a Málaga empezaban a desvanecerse, sustituidas por un color de piel más cálido, por ese bronceado que el sol andaluz imprime en la gente que se deja tocar por él.

Su pelo, antes recogido siempre en una coleta defensiva, ahora caía en ondas sueltas sobre sus hombros, rebelde, libre.

Su forma de vestir había dejado de ser un intento de pasar desapercibida; ahora usaba colores, tejidos que se movían con ella, prendas que decían «Estoy aquí» en lugar de «No me mires».

Pero el cambio real era interior. Lo vi en la forma en que se sentaba frente al ordenador, con la espalda recta y los ojos fijos en la pantalla, tomando decisiones sin pedir permiso.

Lo vi cuando discutíamos sobre la estrategia legal y ella me interrumpía para señalar un detalle que yo había pasado por alto, una conexión entre dos empresas que yo no había visto, una fecha en un contrato que desmontaba una mentira de Miguel.

Lo vi cuando rechazaba mi oferta de llevarla al centro con el coche porque prefería ir sola, caminando, sintiendo que podía moverse por el mundo sin depender de nadie.

No había dejado de tener miedo. Eso era lo que más me impresionaba.

Podía verlo todavía, en la forma en que sus manos temblaban ligeramente cuando abría un nuevo documento incriminatorio, en cómo mordía su labio inferior cuando leía algo especialmente dañino.

Pero había decidido avanzar a pesar de él.

Había elegido no dejar que el pánico dictara sus movimientos, sino convertirlo en combustible.

Era una lección que yo, con todos mis años de estudios jurídicos y mi experiencia profesional, nunca había aprendido del todo.

Estábamos en el despacho de Carmen, una tarde en la que el calor se había vuelto sofocante incluso dentro de la casa.

Daniela estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y documentos extendidos alrededor como si fuera una especie de ritual de invocación.

Yo estaba en la silla de escritorio, intentando concentrarme en una declaración judicial que debía preparar, pero mi mirada volvía una y otra vez hacia ella.

—Tienes que ver esto —dijo de repente, sin levantar la vista de un papel que sostenía entre las manos.

Dejé el bolígrafo y me acerqué. Me agaché junto a ella, oliendo su perfume, esa mezcla de jazmín y algo más oscuro que me volvía loco. Señaló una fotografía que habíamos encontrado días antes, esa donde aparecía Miguel con el hombre del champán en una cena de empresa.

—Mira el reflejo —dijo, señalando el cristal de una ventana que aparecía al fondo de la imagen.

Me incliné más. Al principio no vi nada. Solo el destello de la luz, la silueta borrosa de la habitación reflejada. Pero entonces, ajustando los ojos, distinguí una figura. Una mujer. Sentada en una mesa cercana, de espaldas a la cámara, pero con un perfil que resultaba… familiar.

—¿Es…? —empecé, pero no terminé la frase.

—Elena —confirmó Daniela, y su voz fue plana, controlada—. Tu exprometida. Estaba allí esa noche. En la misma cena.

Sentí un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado. Miré la foto de nuevo, con ojos nuevos. Allí estaba. Elena, con su pelo oscuro y su postura perfecta, sentada a pocos metros de Miguel y el socio de su bufete. Demasiadas coincidencias. Demasiado cerca.

—Esto no es casual —dije, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. No puede ser casual que tu ex y mi ex estén en la misma habitación años antes de conocernos nosotros.

Daniela asintió. Sus ojos marrones se encontraron con los míos, y vi que ella también había llegado a la misma conclusión.

—Están conectados —dijo—. Desde antes. Quizás desde siempre. Miguel y Elena. Tu ruptura y mi matrimonio. Todo forma parte de algo más grande.

Me senté en el suelo, junto a ella, olvidando por completo la declaración judicial.

El impacto de la revelación me dejó sin aliento.

Si Elena y Miguel se conocían, si habían estado en el mismo círculo durante años…

¿significaba eso que mi ruptura con Elena había sido parte de algo más?

¿Que su abandono, su traición, no había sido solo una historia de amor fallida, sino algo calculado?

—Necesito hablar con ella —dije, más para mí mismo que para Daniela.

—Yo también —respondió ella, firme—. Pero primero necesitamos más pruebas. No podemos ir a preguntarle con solo una foto borrosa.

Asentí. Porque tenía razón. Porque una vez más, ella había visto algo que yo había pasado por alto, un detalle en un reflejo que habría ignorado.

—Eres buena en esto —dije, y era una admisión sincera, casi vulnerable.

—Soy abogada —respondió, encogiéndose de hombros—. O lo era. Antes de dejarlo todo por Miguel. Supongo que algunas cosas no se olvidan.

—No —dije, mirándola fijamente—. No es eso. Es que tienes una forma de ver las cosas… diferente. Más humana. Yo veo leyes, jurisprudencia, técnicas procesales. Tú ves personas. Conexiones emocionales. Motivaciones.

Ella sonrió, y fue una sonrisa pequeña, tímida, que transformó su rostro de guerrera a mujer en una fracción de segundo.

—Eso suena a cumplido —dijo.

—Es un cumplido —confirmé.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad.

Estábamos sentados muy cerca en el suelo, rodeados de papeles que hablaban de traiciones y mentiras, pero por un momento, solo existía el espacio entre nosotros.

El espacio que se reducía cada día, cada hora, cada segundo que pasábamos juntos.

Porque eso era lo otro. La convivencia en casa de Carmen se había vuelto…

complicada. No por conflictos, sino por la ausencia de ellos.

Pasábamos demasiado tiempo juntos. Desayunos donde ella me robaba el café cuando creía que no miraba.

Reuniones donde nuestros codos se rozaban al revisar documentos.

Conversaciones nocturnas que se extendían hasta la madrugada, hablando de todo y de nada, evitando cuidadosamente hablar de lo que realmente sentíamos.

Y luego estaban los pequeños momentos. Los que parecían normales pero que para mí significaban demasiado.

El modo en que se mordía el lápiz cuando estaba concentrada.

La forma en que se echaba el pelo hacia atrás con un gesto impaciente.

La risa ahogada que soltaba cuando leía algo absurdo en los documentos de Miguel.

Una mañana, llegué temprano al despacho. Carmen aún dormía, y la casa estaba en silencio. Empujé la puerta con cuidado, pensando que encontraría el caos habitual de papeles y café frío. Pero lo que vi me detuvo en seco.

Daniela estaba dormida en el sofá.

Se había quedado trabajando hasta tarde, supuse.

Tenía documentos esparcidos sobre el pecho como si fueran una manta improvisada, y una de las mantas reales de Carmen se había resbalado hasta sus hombros, dejando al descubierto una mano que colgaba sobre el borde del cojín.

Su respiración era profunda y regular. Tenía una pequeña arruga entre las cejas, como si incluso dormida estuviera resolviendo problemas.

Me acerqué sin hacer ruido. No sé por qué. Quizás para asegurarme de que estaba bien. Quizás porque no podía resistirme a mirarla cuando no estaba en guardia, cuando no tenía puesta la armadura de sarcasmo y desconfianza.

Me agaché y, con cuidado de no despertarla, le ajusté la manta sobre los hombros. Sus dedos se movieron ligeramente, pero no despertó. Estaba tan quieta, tan vulnerable, tan… perfecta.

—¿Me estabas mirando dormir? —dijo de repente, sin abrir los ojos.

Me quedé paralizado, con la mano todavía suspendida sobre su hombro. Joder, me había pillado.

—No —mentí, demasiado rápido.

Ella abrió los ojos. Estaban vidriosos, pesados por el sueño, pero había un destello de diversión en ellos.

—Mentira —dijo y se incorporó lentamente, frotándose los ojos como una niña—. Llevas ahí parado cinco minutos. Te he oído entrar.

—Solo comprobaba que respirabas —dije, intentando recuperar la compostura, alejándome un paso.

Ella arqueó una ceja. Ese gesto suyo que odiaba y que me encantaba.

—Eso suena peor —dijo—. Suena a psicópata de película de terror.

—Soy abogado —respondí, encogiéndome de hombros—. Ya se considera que somos psicópatas por defecto.

Ella se rio. Fue una risa soñolienta, ronca, que me golpeó directamente en el pecho. Una risa que no tenía defensas, que no servía para protegerse de nada. Simplemente era.

—Eres ridículo —dijo, pero sonreía.

—Y tú eres una dormilona que se queda trabajando hasta las cuatro de la mañana —repliqué, sentándome en el sillón frente a ella.

—Alguien tiene que hacer tu trabajo —bromeó ella, recogiendo los documentos que se habían caído—. Tú solo miras y suspiras.

—Yo suspiro por ti —corregí, y ella volvió a reír.

Ese momento sencillo me golpeó más que cualquier beso que hubiéramos compartido. Más que la pasión desesperada del sofá, más que las discusiones cargadas de tensión sexual. Esto era diferente. Normal y cotidiano.

Y eso me aterrorizó.

Porque empecé a imaginar una vida en la que escenas así fueran normales. Donde despertarla en el sofá era una rutina. Donde discutir sobre quién hace el café o quién revisa qué documento fuera el pan de cada día. Donde ella estuviera siempre ahí, en mi espacio, en mi vida, en mi… hogar.

La palabra me dejó sin aliento. Hogar. No había tenido uno desde que murieron mis padres.

Desde que Elena me dejó, huyendo de los fantasmas.

Mi casa actual era un refugio funcional, un lugar para dormir y trabajar.

Pero con Daniela, en estos días de caos e investigación, la casa de Carmen había empezado a sentirse como algo más.

Como un lugar donde quería estar. Como un lugar donde ella estaba.

Y eso era peligroso. Porque significaba depender de ella. Significaba que, si ella se iba, si decidía que esto era demasiado, si Miguel conseguía separarnos o destruir lo que fuera que estábamos construyendo… me quedaría vacío de nuevo.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella, notando el cambio en mi expresión.

—Nada —mentí, levantándome rápido—. Solo… tengo que hacer una llamada.

Salí del despacho antes de que pudiera preguntar más. Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Necesitaba recordar quién era yo antes de que ella apareciera, antes de que mi vida se complicara con sentimientos que no sabía cómo gestionar.

Paseé por el jardín durante media hora, intentando convencerme de que no estaba huyendo, de que solo estaba procesando. Pero cuando volví a entrar, cuando vi a Daniela ya despierta completamente, sentada frente al ordenador con una taza de café en la mano, supe que estaba perdido.

Y entonces sonó mi móvil.

Miré la pantalla. El número era desconocido, pero la voz al otro lado, cuando respondí, era inconfundible.

—Carlos —dijo Elena. Mi exprometida. La mujer que había destrozado mi vida hace dos años.

—¿Qué quieres? —Respondí, frío, intentando mantener la distancia.

—Necesito verte —dijo, y su voz sonó diferente.

No era la seguridad arrogante de siempre.

Había algo tembloroso, algo quebrado—. Es importante.

No se trata de Daniela. Se trata de… de la noche en que rompimos.

De lo que realmente pasó. Tengo que confesarte algo.

Algo que debería haberte dicho hace años.

El mundo se detuvo. Sentí que la sangre se me retiraba de la cara, que el teléfono se me hacía pesado en la mano.

—¿Qué pasó esa noche, Elena? —pregunté, y mi voz sonó como un susurro.

Ella respiró hondo al otro lado de la línea. Y cuando habló, sus palabras cambiaron todo.

—No te dejé porque no te quisiera, Carlos —dijo—. Me obligaron a hacerlo. Y ahora necesito que sepas la verdad antes de que sea demasiado tarde. Para ti. Para ella. Para todos nosotros.

Miré hacia el despacho, donde Daniela seguía trabajando, ajena a la llamada y a la bomba que acababan de lanzar sobre mi pasado.

Y supe que una vez más nada volvería a ser igual.