No estoy para abogados Capítulo 21
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Capítulo 21

Daniela

Me desperté al día siguiente enfadada. No con Carlos, conmigo misma.

El sol de la mañana entraba por la ventana de mi habitación en casa de mi abuela Carmen, dorando el polvo que flotaba y creando sombras suaves sobre la colcha blanca.

Era un día hermoso, de esos que invitan a sonreír antes de que los pies toquen el suelo.

Y, sin embargo, yo estaba furiosa. Furiosa porque, durante unos minutos, después de que Carlos me abrazara en su cocina y me besara con esa mezcla de ternura y desesperación que me volvía loca, me había sentido tranquila.

Y esa sensación me parecía peligrosa. Mortalmente peligrosa.

La tranquilidad siempre había sido el principio del desastre.

Lo había aprendido durante cinco años de matrimonio con Miguel.

Cuando todo parecía ir bien, cuando los días transcurrían sin gritos ni reproches, cuando él sonreía y yo me atrevía a respirar sin miedo…

entonces venía el golpe. Una nueva decepción.

Una mentira descubierta. Una humillación calculada que me recordaba que no merecía la paz, que mi función en aquel matrimonio era estar alerta, nunca relajada, nunca segura.

No quería repetir esa historia. No quería que mi cerebro asociara la calma con la tormenta que vendría después.

Y, sin embargo, allí estaba, despertando con el recuerdo de sus brazos alrededor de mi cuerpo, con la sensación de su piel contra la mía, con la certeza de que durante unas horas había olvidado que debía tener miedo.

Me senté en la cama, pasándome las manos por el pelo revuelto.

Intenté no pensar en lo que había pasado.

Intenté borrar de mi memoria cada beso, cada caricia, cada gemido que había escapado de mi garganta sin permiso.

Pero era imposible. El cuerpo traicionero recordaba todo con una claridad que me hacía sonrojar.

Recordaba la forma en que Carlos me había mirado cuando me desvistió, como si cada centímetro de piel que revelaba fuera un tesoro que había estado esperando toda su vida.

Recordaba sus manos, fuertes pero suaves, explorando mi cuerpo con una reverencia que me hacía sentir…

¿deseada? Sí, eso era. Deseada no como objeto, sino como mujer.

Como alguien que merecía ser tocada, saboreada, adorada.

Y recordaba sus palabras. Esa frase que me había susurrado al oído cuando estábamos en el sofá, cuando el mundo exterior había dejado de existir y solo quedábamos nosotros dos y el calor que generábamos juntos.

— Eres perfecta —había dicho, y su voz sonó ronca, casi quebrada por la emoción—. Perfecta para mí. Cada parte de ti. Cada cicatriz, cada miedo, cada defensa. Todo lo que eres… me vuelve loco.

Había llorado cuando dijo eso. No lágrimas grandes ni dramáticas, sino ese llanto silencioso que escapa cuando alguien toca una herida que creías bien cerrada.

Porque nadie, en años, me había dicho algo así.

Nadie me había mirado con esa mezcla de deseo y ternura.

Nadie me había hecho sentir que mi imperfección era exactamente lo que él buscaba.

Y luego vino el sexo. Apasionado, intenso, una liberación de todo lo que habíamos estado conteniendo.

La forma en que se movía dentro de mí, sincronizado con mi ritmo, como si nuestros cuerpos ya conocieran el lenguaje del otro.

La forma en que me hizo sentir que no había nada de malo en querer esto, en disfrutarlo, en perderme en el placer sin culpa.

Me vestí con vaqueros y una camiseta sencilla, intentando que mi aspecto exterior reflejara la normalidad que no sentía por dentro.

Bajé las escaleras con pasos pesados, preguntándome cómo enfrentar el día, cómo actuar como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dejado pedazos de mi corazón en el sofá de Carlos.

Pero cuando entré en la cocina, descubrí que no tendría que fingir sola.

Lucía y Alba estaban allí, sentadas a la mesa con mi abuela, tomando café y riendo de algo que había dicho mi abuela. El olor a tostadas y a café recién hecho llenaba la habitación, creando una burbuja de normalidad doméstica que me envolvió antes de que pudiera prepararme.

—Ah, la princesa por fin despierta —dijo Lucía, viéndome entrar—. Justo a tiempo. Alba estaba a punto de revisar tu agenda para la semana.

—No tengo agenda —protesté, sentándome a su lado.

—Todos tienen una agenda —intervino Alba, seria—. Algunos solo necesitan que se la organicen.

Mi abuela me sirvió café sin preguntar, con ese conocimiento intuitivo que tenía de mis necesidades. Tomé un sorbo, sintiendo el líquido caliente quemarme ligeramente la lengua, agradeciendo la sensación física que me anclaba al presente.

Las chicas notaron que algo había ocurrido.

Lo supe por la forma en que Lucía me observó por encima del borde de su taza, con esos ojos color miel que veían demasiado.

Pero Lucía nunca preguntaba directamente.

Nunca lo hacía. Tenía una forma de abordar los temas delicados que era más de cirugía que de martillazo.

—A veces —dijo, mirando hacia la ventana como si hablara consigo misma—, encontrar a alguien bueno da más miedo que encontrar a alguien malo.

La miré. Porque sabía exactamente a qué se refería.

Porque ella había estado donde yo estaba, en ese limbo entre el miedo al dolor pasado y el terror al dolor futuro.

Porque entendía que la bondad de Carlos, su autenticidad, su falta de juegos manipuladores, era más aterradora que cualquier arrogancia porque no sabía cómo defenderme contra ella.

No había manual para lidiar con alguien que realmente quería mi bienestar sin condiciones ocultas.

Alba, mucho más práctica y menos dada a la filosofía matutina, añadió desde su lado de la mesa:

—Además, Carlos es bastante atractivo.

Casi me atraganto con el café. El líquido se fue por el camino equivocado, provocando una tos que me hizo lagrimear y que Lucía aprovechó para darme palmaditas en la espalda con más fuerza de la necesaria.

—No estamos hablando de eso —dije cuando recuperé el aliento, sintiendo el rubor subir por mi cuello.

—Yo sí —respondió Alba, imperturbable—. Yo estoy hablando exactamente de eso. De que es guapo. Y que tiene buenos hombros. Y que mira a Daniela como si fuera la última cerveza en el desierto.

—Alba tiene una agenda para todo —intervino Lucía, soltando una carcajada—. Incluso para reconocer hombres guapos. Es una de sus habilidades menos conocidas, pero más útiles.

—Por supuesto —confirmó Alba, consultando su teléfono como si estuviera verificando datos—. Tengo una lista mental. Carlos está en el top tres de Málaga, categoría «Hombres mayores de treinta con buen sentido del humor y hombros anchos».

—¿Hay categorías? —pregunté, incrédula, aunque sentía que la conversación me estaba haciendo sonreír a pesar de mí misma.

—Hay categorías para todo —respondió Alba—. La vida es demasiado corta para no organizarla.

Lucía se rio más fuerte, y yo me uní a ella, sintiendo que la tensión de la mañana se disipaba un poco. Era imposible no reírse con ellas, no sentirse incluida en este círculo de mujeres que me aceptaban sin preguntas, sin juicios, sin exigencias.

Pero la risa se desvaneció cuando pensé en Carlos. En cómo me había mirado cuando me desperté en su sofá, confundida y asustada. En cómo había intentado detenerme cuando me vestí para irme. En cómo sus ojos habían mostrado algo entre la decepción y la determinación cuando cerré la puerta.

La conversación continuó, ligera, sobre temas sin importancia. Pero yo estaba atrapada en mis pensamientos, preguntándome si había cometido un error al irme, si el miedo que sentía era real o solo un reflejo condicionado de mi pasado.

Fue por la tarde cuando todo cambió.

Había salido a dar un paseo por el centro, necesitaba aire, necesitaba alejarme de la casa donde los recuerdos de Carlos parecían flotar en cada rincón. Caminaba por una calle empedrada cerca del puerto, mirando escaparates sin verlos, cuando lo vi.

Miguel.

Estaba allí, apoyado contra un coche alquilado, con ese aire de casualidad que sabía perfectamente calculado. Llevaba un traje de lino color crema, impecable como siempre, con gafas de sol que ocultaban sus ojos, pero no la sonrisa que se dibujaba en su rostro.

Mi primer instinto fue girarme y correr. Pero mis pies se quedaron clavados en el suelo, paralizados por la sorpresa y por algo más oscuro, más profundo. El miedo, quizás. O la rabia. O la mezcla enfermiza de ambas que siempre me producía.

—Daniela —dijo, quitándose las gafas y acercándose con pasos lentos, como si no quisiera asustar a un animal salvaje—. Qué casualidad encontrarte aquí.

—No es casualidad —respondí, y mi voz sonó más firme de lo que sentía—. Nada de lo que haces es casualidad, Miguel.

Sonrió. Esa sonrisa que había aprendido a odiar, la que usaba cuando quería algo, la que prometía paz mientras preparaba la guerra.

—Siempre tan desconfiada —dijo, con un tono de ternura fingida que me revolvió el estómago—. He venido a Málaga por trabajo. Pero desde que estoy aquí, no dejo de pensar en ti. En nosotros.

—No hay nosotros —corté—. Hay un divorcio pendiente. Tú intentas destruirme con empresas fantasma y deudas falsas. Hay…

—He cometido un error —interrumpió, y su voz cambió, se volvió suave, casi arrepentida. Casi—. Te he echado de menos, Daniela. Mucho. Y estoy dispuesto a perdonarte.

Lo miré, incapaz de procesar lo que acababa de decir. ¿Perdonarme? ¿A mí? Después de todo lo que había hecho, de todas las mentiras, de la manipulación, del control, de la forma sistemática en que había intentado desmantelar mi vida… ¿él estaba dispuesto a perdonarme?

—¿Perdonarme? —Repetí, y mi voz sonó extraña, lejana, como si viniera de otra persona.

—Por haberte ido —aclaró, y ahora la sonrisa se amplió, mostrando dientes perfectos que parecían garras—.

Sé que fue impulsivo. Sé que estabas confusa, influenciada por gente que no te quiere bien.

Pero podemos solucionarlo. Podemos volver a intentarlo.

Sin abogados, sin juicios, sin toda esta… parafernalia.

Sentí una rabia enorme brotando desde lo más profundo de mi ser.

Una rabia cálida y vibrante que me hizo ver todo con una claridad que no había tenido en meses.

Porque incluso ahora, cuando estaba intentando reconquistarme con promesas vacías, seguía presentándose como la víctima.

Como si mi huida hubiera sido una traición inexplicable, como si yo fuera la loca que había arruinado algo perfecto, como si él me estuviera haciendo un favor al considerar perdonarme.

—Vete al infierno —dije, y la frase salió baja, controlada, mucho más amenazante que si hubiera gritado.

Miguel parpadeó, sorprendido. No estaba acostumbrado a que le contradijera, a que le rechazara, a que le mirara con algo que no fuera miedo o sumisión.

—Daniela, piénsalo —insistió, y ahora su voz tenía un filo de acero—.

No tienes a nadie aquí. Tu familia es mayor o está ocupada con sus propias vidas.

Tus amigas son recientes, no te conocen de verdad.

Y ese abogado que te ronda… —hizo una pausa y su sonrisa se volvió venenosa—.

Pregúntale a Carlos por qué nunca te ha contado toda la verdad sobre mí.

Se dio la vuelta antes de que pudiera responder, antes de que pudiera exigirle que dijera qué quería decir con eso. Subió a su coche con una elegancia que me hizo sentir náuseas, y se alejó por la calle como si no hubiera destrozado mi paz con unas pocas palabras bien elegidas.

Me quedé allí, temblando, con su última frase resonando en mi cabeza como una campana de iglesia. «Pregúntale a Carlos por qué nunca te ha contado toda la verdad sobre mí.»

¿Qué verdad? ¿Qué sabía Carlos que yo ignoraba? ¿Y por qué, si sabía algo, no me lo había dicho?

—¿Estás bien?

La voz vino de mi derecha. Giré, sobresaltada, y allí estaba Carlos. Había visto la escena desde lejos, lo supe por su expresión, por la forma en que miraba la dirección por donde se había ido el coche de Miguel, por la tensión de sus hombros.

Algo en su rostro cambió cuando me miró. No eran celos, como habría esperado. No estaba enfadado por haber visto a mi ex. Era protección. Era la determinación de alguien que ve a la persona que le importa en peligro y está listo para intervenir.

—Sí —respondí, automáticamente, porque era la respuesta que siempre daba, la máscara que siempre ponía.

Pero Carlos me conoció lo suficiente para saber que no era verdad.

Se acercó, despacio, dándome espacio, pero ofreciendo presencia.

No me tocó, pero estuve agradecida por eso.

No habría podido soportarlo en ese momento.

Habría mezclado su bondad con la manipulación de Miguel, y eso habría sido injusto para ambos.

—No tienes que hablar —dijo—. Pero estoy aquí. Cuando quieras. Si quieres.

Asentí, una vez, y sentí que las lágrimas que había estado conteniendo desde la mañana, desde la noche anterior, desde meses atrás, finalmente amenazaban con desbordarse.

Porque Miguel tenía razón en una cosa, aunque lo odiara admitir: Carlos sabía algo. Y yo necesitaba saber qué era. Necesitaba que me lo dijera, aunque eso significara descubrir que mi desconfianza inicial hacia él había estado justificada todo el tiempo.

Pero, sobre todo, necesitaba que me abrazara de nuevo. Que me hiciera sentir esa tranquilidad peligrosa que tanto temía. Porque ahora, después de ver a Miguel, después de sentir su veneno de nuevo, me daba cuenta de algo terrible y liberador al mismo tiempo.

Prefería arriesgarme con Carlos y su posible secreto que volver a la certeza del infierno con Miguel.

Y eso, lo sabía, cambiaba todo.