No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Epílogo – Chris
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Epílogo – Chris

Seis meses después…

—Buster, por el amor de Dios, ¿qué estás comiendo ahora?

Sonreí contra la almohada mientras la voz irritada de Julia me sacaba de mi sopor.

—Mamá va a matarte, Buster, y no voy a poder salvarte.

Con un gemido salí de la cama y fui hacia donde sonaba la voz de mi prometida.

—¿Qué está haciendo mi dulce bebé peludo?

Llevábamos dos meses viviendo juntas cuando encontramos a Buster en una protectora local. El perro había doblado su tamaño desde que lo adoptamos, pero ahora que estaba a punto de cumplir un año, supuestamente iba a dejar de crecer. Supuestamente. De momento, no daba señales de parar.

Julia estaba de rodillas en el salón jugando al tira y afloja con nuestro perro y lo que parecía…

—Maldita sea, ¿esa es una de mis Doc Martens?

Buster le dio un fuerte tirón a mi bota, como si temiera que se la fuera a quitar. Cosa que pensaba hacer, desde luego.

—Te lo dije —canturreó Julia.

Buster me lanzó su mirada de soy un cachorro inocente, con los ojos muy abiertos. Era una mirada que conocía muy bien después de ocho semanas viviendo con él.

—Tenías que adoptar a un perro que suspendió la escuela de perros de servicio, ¿verdad? —suspiré mientras le abría las mandíbulas al cachorro para rescatar mi bota.

—No es culpa de Buster ser tan vivaracho —dijo Julia—. Es demasiado inquieto para ser un aburrido perro guía.

Más verdad no podía haber. Este perro no paraba quieto ni un momento. Se despertaba de un sueño profundo y se ponía a correr como si lo persiguieran los sabuesos del infierno. Y cuando no estaba corriendo, estaba mordisqueando algo. Buster tenía una fijación oral legendaria.

Era un pequeño terror peludo. Pero lo adorábamos.

—Esta noche cenamos con nuestros padres —le recordé a Julia.

Desde que habíamos vuelto a estar juntas, la cena mensual de Julia en casa de sus padres se había ampliado para incluirnos a mí y a mis padres. Era un poco excesivo, pero también servía para que nuestras madres se sintieran al tanto de todo y así nos dejaran en paz. Más o menos.

—Sí, ¿les damos la alegría y les decimos que nos hemos comprometido?

Llevábamos comprometidas un par de semanas, pero lo habíamos mantenido en secreto porque queríamos tener algo que fuera solo nuestro por el momento.

—Creo que sí —dije—. Así dejarán de soltar indirectas sobre cuándo nos casamos y pasarán a preguntarnos cuándo vamos a tener hijos.

—Tenemos a Buster —dijo Julia con la voz dulce que usaba para hablarle a nuestro perro.

Abrazó a Buster con fuerza y le plantó un beso en la coronilla.

—Tú nos bastas por ahora, ¿verdad, cariño?

Juro que Buster sonrió. El pobre no sabía que ya habíamos quedado en plantearnos tener hijos cuando cumpliéramos dos años juntas.

—La vida contigo nunca va a ser aburrida, ¿verdad? —pregunté.

—¿Y quién quiere aburrirse? —preguntó ella.

Me reí.

—Ni idea.

***