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Chapter 33

—Esta foto la conservó mi abuela toda su vida, y luego mi madre, y ahora yo —dijo Amparo—. Quédatela tú. Le va a venir mejor estar contigo, con todo lo demás.

Aurora se acercó a mirarla de cerca, con la nariz casi pegada al papel.

—Se parece a papá cuando se enfada un poquito —dijo, con la seriedad involuntariamente cómica de los niños de cinco años, y los tres adultos se rieron a la vez, rompiendo por un momento la solemnidad que se había ido acumulando en la cocina.

Antes de marcharse, caminaron hasta las ruinas del antiguo consultorio, y Elena hizo una fotografía de Aurora sosteniendo la copia enmarcada de la primera página del cuaderno, con el valle detrás, en la misma luz de junio que había iluminado, más de un siglo antes, la llegada de un médico joven a un pueblo que el resto del mundo había decidido no volver a mirar.

·  ·  ·

En la primavera de 2038, cuando Elena tenía ya cincuenta y dos años, el Congreso aprobó, sin apenas atención mediática, una ley que exigía a cualquier empresa que operara con datos personales en España mantener una trazabilidad documental completa de todas las variables utilizadas en sus sistemas automatizados de decisión, con un plazo de cinco años para depurar cualquier campo cuyo origen no pudiera acreditarse.

Marta la llamó la misma tarde en que se aprobó.

—La llaman informalmente "la ley del Legado", aunque en el texto oficial no aparece nuestro nombre por ningún sitio.

Al parecer, cuando la comisión buscaba ejemplos de por qué hacía falta una norma así, encontraron nuestro caso citado en un informe técnico de la autoridad de protección de datos, sin nombres propios, solo como "caso ilustrativo de opacidad heredada".

—¿Eso significa que esto le va a pasar a mucha menos gente a partir de ahora?

—Significa que va a ser mucho más difícil que le pase a nadie sin que quede constancia de por qué.

No va a evitar que se sigan tomando decisiones razonables que, sumadas, produzcan cosas que nadie habría elegido a propósito.

Eso no se puede evitar del todo, como ya sabemos por lo del riesgo sísmico.

Pero sí va a obligar a que cada decisión quede escrita, con nombre y fecha, para que la próxima persona que tire del hilo no tenga que reconstruir dos años de su vida para llegar hasta la primera pieza.

Aquella noche, ya con Aurora acostada —tenía entonces nueve años—, Elena sacó de nuevo los tres cuadernos de la balda del armario y los hojeó despacio.

Pensó en su bisabuelo, comprando aquel primer cuaderno con su propio dinero, sin poder imaginar que su gesto modesto terminaría, más de un siglo después, convertido en el argumento técnico que un grupo de legisladores citaría, sin saber siquiera su nombre, para justificar una ley nacional.

·  ·  ·

Siete años después, en noviembre de 2045, cuando Aurora tenía ya dieciséis, su profesora de historia les propuso un trabajo sobre un antepasado real y documentado.

—Mamá, ¿puedo usar al bisabuelo del bisabuelo?

—Puedes usar a quien quieras, cariño. Pero si eliges a Aurelio, no vas a tener que inventarte nada.

Va a ser el trabajo de historia más fácil y más difícil que hagas nunca.

Fácil porque está todo documentado. Difícil porque decidir qué parte contar, sin traicionar lo que de verdad pasó, es lo más complicado del oficio.

Aurora consultó los cuadernos originales y visitó el Archivo Histórico Provincial, donde Cristina le mostró el fondo Duarte-Bazán completo, incluidas las cartas y notas que la propia Consuelo había dejado escritas antes de morir, doce años atrás, "por si algún día alguien quiere preguntar y yo ya no estoy para responder".

Escribió, finalmente, un trabajo de casi treinta páginas en el que se detuvo, con un interés que sorprendió gratamente a Elena, en la figura del maestro sin apellido conocido de la fotografía de 1920, dedicándole varias páginas a especular sobre quién podría haber sido, "para rescatar aunque solo sea un poco a alguien que la historia documentada no consiguió salvar del olvido".

—Le has puesto mucho corazón a la parte del maestro —le dijo Elena—. Yo nunca llegué a escribir nada sobre él. Me pareció que no había suficiente para reconstruir nada sólido.

—Ya lo sé, mamá. Por eso quise hacerlo yo. Me pareció injusto que fuera la única persona de toda la historia que se quedaba sin ninguna página propia.

·  ·  ·

Aurora terminó el bachillerato dos años después y, en contra de lo que Elena había llegado a imaginar más de una vez sin decírselo a nadie, no eligió Documentación ni Historia. Se matriculó en Derecho.

—No quiero pasarme la vida reconstruyendo lo que ya pasó, mamá, aunque admire muchísimo lo que hiciste —le explicó, la noche antes de irse a la residencia universitaria—.

Quiero estar en el sitio donde todavía se puede decidir algo antes de que se convierta en historia.

En las leyes que se están escribiendo ahora, no en las que hay que desenterrar dentro de un siglo.

Elena no dijo nada durante un momento, sorprendida por la claridad de aquella distinción, tan distinta de la suya propia y, sin embargo, tan evidentemente emparentada con ella.

—Me parece un buen sitio donde estar —dijo finalmente—. Aunque no sea el mío.

—No tiene por qué serlo, mamá. Ya reconstruiste tú la parte que hacía falta reconstruir. A mí me toca otra cosa.

·  ·  ·

Aurora hizo sus prácticas de la carrera cinco años después, ya con veintitrés años, en un despacho pequeño especializado en derecho administrativo y regulación de datos, y fue ella misma quien, sin que Elena se lo pidiera, sacó un día en la comida el nombre de la variable de riesgo sísmico que Marta llevaba años sin conseguir que retiraran.

—Lo he estado mirando en el despacho, mamá, sin decirle nada a nadie todavía.

La ley dice que documentar basta. Pero hay una vía distinta, más lenta, que nadie ha probado con este caso en concreto: si consigues demostrar que el criterio produce un efecto discriminatorio indirecto sobre un colectivo protegido, no hace falta tocar la ley de trazabilidad para nada. Se ataca por otro sitio.

—¿Y crees que tenéis argumentos?

—Creo que hay que intentarlo. Se lo he comentado a mi tutor esta semana.

No prometo nada, que conste, porque llevo dos meses de prácticas y esto probablemente le corresponda a gente con mucha más experiencia que yo.

Pero quería que lo supieras antes que nadie, porque en el fondo esto empezó contigo, aunque tú lo abordaras desde el archivo y yo lo intente ahora desde el despacho.

Elena se quedó mirando a su hija un momento, sin decir nada, pensando en la distancia exacta y al mismo tiempo pequeñísima que separaba un cuaderno de 1912 comprado con dinero propio en la única tienda de un pueblo, un archivo digitalizado en 1987 bajo la presión de un plazo, y una alumna de prácticas de veintitrés años decidida a intentar algo que sus superiores todavía no habían intentado.

Ninguna de las dos cosas se parecía a la otra en la superficie. Y sin embargo.

—Cuéntame cómo va, si quieres —dijo finalmente—. No para meterme. Para saberlo.

—Te contaré. Aunque tarde en dar resultado, si es que lo da.

·  ·  ·

Tardó, en efecto, casi tres años. Aurora terminó las prácticas, se incorporó al despacho como asociada júnior, y siguió llevando el caso del riesgo sísmico entre otros muchos, en los ratos que su carga de trabajo se lo permitía, con la misma tozudez silenciosa que Elena reconocía, sin decírselo nunca directamente, como algo heredado de más de una generación atrás.

La demanda se presentó formalmente en 2054, alegando efecto discriminatorio indirecto sobre la población rural de determinadas comarcas, y avanzó despacio por los tribunales, con recursos y contrarrecursos, hasta que en el verano de 2056 llegó una sentencia de instancia favorable, todavía recurrible pero suficiente para obligar a la aseguradora a suspender cautelarmente la aplicación del criterio mientras se resolvía el recurso.

—No hemos ganado del todo —le dijo Aurora a Elena por teléfono, la noche que llegó la sentencia, con una voz que temblaba de un cansancio feliz que Elena reconoció, sin decírselo, como muy parecido al suyo propio la noche en que había recibido la primera carta de la auditoría—.

Pueden recurrir, y probablemente lo harán.

Pero por primera vez en años, ese criterio no se está aplicando a nadie mientras dure el proceso. Eso ya es algo.

—Es mucho más que algo, cariño. Es exactamente lo que Marta llevaba años sin conseguir por la otra vía. Vosotros lo habéis conseguido por esta.

—Lo hemos conseguido entre un montón de gente, mamá. Yo solo llevaba el caso. Pero sí, quería que lo supieras esta misma noche, antes que nadie más.

Elena colgó el teléfono aquella noche con una sensación que no había sentido en años, desde la propia auditoría de 2030: la certeza de que la cadena que había empezado a reconstruir, sin saberlo, dos décadas atrás, seguía viva, seguía moviéndose, seguía encontrando, generación tras generación, a alguien dispuesto a empujarla un poco más.

·  ·  ·

Se lo contó a Diego esa misma noche, ya los dos mayores, con el pelo de Diego más gris de lo que ninguno de los dos parecía notar ya, sentados en el mismo sofá donde tantas conversaciones importantes de su vida en común habían tenido lugar a lo largo de los años.

—¿Te acuerdas de cuando Aurora tenía nueve años y le expliqué lo de la ley de trazabilidad?

—dijo Elena—. Le dije que no iba a arreglarlo todo, que solo iba a hacer que quedara constancia.

Ahora, casi veinte años después, resulta que ella ha encontrado una manera de ir más allá de la constancia, de conseguir que algo se corrija de verdad.

Me hace sentir un poco anticuada, la verdad, aunque también orgullosa como no sabría explicar.

—No creo que seas anticuada. Creo que hiciste lo que se podía hacer con las herramientas que tenías, y ella está haciendo lo que se puede hacer con las que tiene ella ahora, que son distintas.

Cada generación amplía un poco el terreno que la anterior dejó preparado.

Eso no es quedarse anticuada. Es, simplemente, cómo funciona esto.

—Puede que tengas razón. Aun así, voy a llamarla mañana para decírselo en persona, no solo por teléfono a las tantas de la noche. Se merece que alguien le diga, con calma y sin prisa, lo orgullosa que estoy.

·  ·  ·

Elena la llamó, en efecto, a la mañana siguiente, y la conversación se alargó más de una hora, con Aurora contándole detalles del caso que no había tenido tiempo de compartir la noche anterior: la reacción del equipo contrario, el nombre del juez que había firmado la sentencia, la posibilidad, todavía remota, de que el caso llegara a sentar precedente para futuras demandas similares en otras comunidades autónomas.

—¿Sabes lo que más me ha sorprendido de todo este proceso?

—le dijo Aurora, ya hacia el final de la llamada—.

Que en ningún momento sentí que estuviera hurgando en algo ajeno, como a veces pareces sentir tú con tu propia investigación.

Desde el principio sentí que este caso era tan mío como de cualquiera de los afectados, aunque yo nunca hubiera vivido en ninguna zona sísmica ni tuviera ningún seguro de hogar propio todavía.

—¿Y a qué crees que se debe esa diferencia?

—Puede que a que yo empecé sabiendo ya, gracias a ti, que los sistemas arrastran decisiones viejas sin que nadie las revise. Tú tuviste que descubrirlo por las malas, sola. Yo lo llevo sabiendo desde que tengo memoria, y eso me quita el miedo inicial que a ti te costó tanto superar.

—Me alegra que empieces con esa ventaja, aunque me sepa un poco raro haber sido yo quien te la diera.

—No es rara. Es exactamente lo que querías, ¿no? Que yo supiera, desde el principio, lo que a ti te costó tanto empezar a saber.