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Chapter 27

La carta llegó al archivo municipal un martes de octubre, dirigida no a Elena en concreto sino "a quien corresponda", firmada por una mujer llamada Remedios Illescas, de setenta y un años, que explicaba haber leído, en un artículo local sobre el fondo Duarte-Bazán recién donado al Archivo Histórico Provincial, una breve mención al médico Ricardo Bazán y a su sistema de clasificación familiar en la posguerra.

"Mi apellido es Illescas —escribía—, y siempre oí contar en mi familia que el médico de entonces nos tenía manía, sin que nadie supiera nunca explicar bien por qué.

Si en esos archivos hay algo que pueda arrojar luz sobre esto, se lo agradecería enormemente. "

Beatriz le pasó la carta a Elena, sabiendo que el nombre le sonaría de algo, y Elena, al leerla, sintió una punzada de reconocimiento incómodo: la familia Illescas, la del pleito de tierras, la del cerdo enfermo, la que Bazán había penalizado durante años por un rencor personal que nunca reconoció ni siquiera en su propio diario.

La única sombra real, hasta donde Elena había podido reconstruir, en la actuación de un hombre que por lo demás había protegido a todo el pueblo con inteligencia y valentía.

Le respondió personalmente, en vez de derivar la consulta al procedimiento estándar, y le contó, con la misma honestidad con la que había reconstruido todo lo demás, lo que sabía: el diagnóstico veterinario fallido, la humillación pública en la plaza, la letra sistemáticamente más baja que Bazán le había asignado a la familia durante años, las mantas perdidas dos inviernos seguidos, la pulmonía de un niño que quizá se hubiera tratado antes con una visita más temprana.

·  ·  ·

Remedios la llamó por teléfono una semana después, con una voz que temblaba ligeramente, no de tristeza sino de algo más parecido al alivio.

—Llevo setenta años oyendo contar esta historia a medias, sin que nadie en la familia supiera nunca el motivo real —dijo—.

Mi abuelo, el hijo del Eusebio del que usted habla, murió convencido de que el médico les tenía manía por alguna cuestión política, porque en aquella época cualquier explicación que no se entendiera se atribuía a la política, casi por costumbre.

Saber que fue por un cerdo enfermo y un orgullo herido, dicho así, casi da risa.

Pero también da mucha rabia, si le soy sincera.

Mi tío pasó una pulmonía de niño que pudo haber sido mucho más grave de lo que fue, y toda la familia cargó, durante generaciones, con la sospecha de que habían hecho algo mal, algo que merecía aquel trato distinto, cuando en realidad el problema nunca fue nuestro.

Fue de un hombre que no supo, o no quiso, separar su trabajo de su orgullo.

—Lo siento mucho —dijo Elena, sin saber qué otra cosa añadir—. No puedo deshacer lo que pasó, pero al menos ahora queda documentado con la explicación real, en vez de quedar como una sospecha sin nombre.

—Eso ya es mucho, la verdad. Más de lo que esperaba cuando escribí esa carta. Llevaba años queriendo preguntar, sin saber a quién, ni cómo, ni si merecía la pena remover algo tan viejo. Usted me ha demostrado que sí merecía la pena.

·  ·  ·

Elena se quedó pensando, durante días, en la incomodidad concreta de haber tenido que confirmarle a una desconocida que sus sospechas familiares, lejos de ser paranoia, habían sido ciertas durante setenta años, aunque por un motivo mucho más pequeño y mucho más humano del que la familia había imaginado.

Se lo contó a Diego aquella misma noche, con una inquietud que no había sentido con ninguna otra parte de la investigación.

—Es la primera vez que mi trabajo con todo esto le hace daño a alguien, en cierto modo —dijo—.

No a Remedios directamente, ella parecía agradecida.

Pero a la memoria de Bazán, sí. Llevo dos años presentándolo casi como un héroe silencioso, el que protegió al pueblo del alguacil, el que suavizó el índice para salvar familias.

Y ahora tengo que sostener, al mismo tiempo, que ese mismo hombre fue capaz también de dejar que un niño pasara una pulmonía sin la atención debida por un rencor que nunca quiso examinar en sí mismo.

—¿Y eso te hace cambiar lo que piensas de él?

Elena se quedó pensando la respuesta un buen rato.

—No del todo. Creo que las dos cosas son ciertas a la vez, y que esa es, quizá, la lección más difícil de aceptar de todo lo que llevo aprendido estos años: que la misma persona capaz de un acto de valentía silenciosa puede ser, también, capaz de una injusticia pequeña y prolongada, sin que ninguna de las dos cosas invalide del todo a la otra.

No sé si eso hace a Bazán mejor o peor persona de lo que yo creía.

Creo que solo lo hace más persona, con todo lo complicado que eso implica.

Le escribió, unas semanas después, a Remedios, ofreciéndole una copia digital de todo lo que el archivo tenía sobre su familia, y Remedios aceptó, agradecida, pidiéndole solo una cosa más antes de despedirse.

—Cuando cuente esta historia, si es que la cuenta en algún sitio, no lo pinte como un monstruo, por favor. Ya tuvimos bastante, en mi familia, con la sospecha injusta. No queremos ahora la caricatura contraria. Solo queremos la verdad completa, con sus dos caras, como usted misma me la ha contado.

·  ·  ·

Elena pensó mucho, en las semanas siguientes, en cómo incorporar aquella historia a la memoria de procedencia del fondo Duarte-Bazán, que ya estaba archivada y catalogada pero que ella seguía actualizando, de vez en cuando, con anexos nuevos cada vez que aparecía algún dato adicional.

Redactó, finalmente, un párrafo que le costó más esfuerzo que cualquier otro de todo el documento, buscando el equilibrio exacto entre la honestidad y la compasión que Remedios le había pedido.

"El doctor Ricardo Bazán protegió, durante casi dos décadas, a decenas de familias de Valdehierro de un sistema de clasificación que podría haberse usado para perjudicarlas gravemente, adaptando en secreto los criterios oficiales sin declarar jamás su desobediencia.

Esa misma discrecionalidad, sin embargo, le permitió también perjudicar, de manera involuntaria pero real, a al menos una familia, los Illescas, por motivos personales ajenos a cualquier criterio material u objetivo.

Ambos hechos son ciertos. Ninguno anula al otro.

Se documentan aquí juntos, con la misma atención, porque la memoria completa de cualquier persona rara vez cabe en una sola versión de los hechos. "

Se lo envió a Remedios antes de archivarlo definitivamente, pidiéndole su visto bueno, y la respuesta llegó al día siguiente, breve pero suficiente: "Así está bien. Gracias por no simplificarlo. Gracias, sobre todo, por preguntar."

·  ·  ·

Meses después, Remedios volvió a escribir, esta vez con una petición distinta: quería saber si el archivo tenía constancia de qué había sido, con el paso de los años, de la familia Cerezo, la que Bazán sí había protegido con el mismo criterio que debería haber aplicado también a los Illescas.

Elena, con la misma curiosidad que la había llevado a localizar a los Bernal, investigó y encontró que los Cerezo se habían quedado en la comarca, dedicados durante generaciones a la ganadería, sin haber salido nunca del todo de la pobreza pero sin las penurias añadidas que sí habían marcado a los Illescas en aquellos años.

—Es curioso pensar que dos familias, vecinas de toda la vida, tuvieron destinos tan distintos por una diferencia tan pequeña como el humor de un médico un domingo cualquiera —le dijo Remedios, la última vez que hablaron por teléfono—.

Me pregunto cuántas otras diferencias así, minúsculas y arbitrarias, habrán decidido el destino de tantas otras familias a lo largo de la historia, sin que nadie llegara nunca a saberlo con la claridad con la que yo lo sé ahora.

—Probablemente muchas más de las que ninguno de los dos podríamos llegar a contar —dijo Elena—. Pero al menos esta, la suya, ya no queda en la sospecha. Queda documentada, con nombre y con explicación, para quien quiera consultarla dentro de otro siglo.

·  ·  ·

Remedios organizó, un año después, un pequeño encuentro familiar en el propio Valdehierro, invitando a Elena y a Amparo, con la intención declarada de cerrar, de una vez por todas, una herida que llevaba setenta años abierta sin que nadie supiera bien cómo tratarla.

Acudieron una veintena de descendientes de los Illescas, repartidos por media España, muchos de los cuales no se conocían entre sí más que de nombre.

—Nunca pensé que este apellido volvería a reunir a tanta gente en este pueblo —dijo Remedios, mirando alrededor de la plaza, donde su familia posaba junto al cartel con las fotografías de Aurelio y de los Bernal—.

Durante décadas fue solo un motivo de vergüenza silenciosa.

Hoy, por primera vez, es un motivo de encuentro.

Elena se quedó observando aquella escena desde un poco más lejos, con Amparo a su lado, sintiendo la misma satisfacción tranquila que había sentido con los Bernal, aunque esta vez mezclada con algo más complicado: la conciencia de que aquel reencuentro nacía, en parte, de una injusticia real que su propia investigación había sacado a la luz.

—¿Crees que hice bien en contarles la verdad completa, con la parte que no deja bien a Bazán? —le preguntó a Amparo, en voz baja.

—Creo que hiciste lo único que se podía hacer, hija. La mentira ya llevaba setenta años sin resolver nada. La verdad, aunque incómoda, al menos les ha dado esto: un motivo para volver a juntarse, en el mismo sitio donde todo empezó.

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Remedios y Elena mantuvieron el contacto en los años siguientes, con una relación que fue derivando, poco a poco, hacia algo parecido a la amistad. Fue Remedios quien, en una de sus llamadas, le hizo a Elena una pregunta que ella misma no se había planteado con esa precisión.

—¿Alguna vez te has preguntado si hay descendientes de Bazán todavía vivos? Sería curioso saber qué piensan ellos de toda esta historia, con sus dos caras.

Elena investigó, movida por la misma curiosidad de siempre, y encontró que Bazán, sin hijos propios pero con el sobrino que había criado junto a su mujer, tenía descendencia indirecta: dos nietos del sobrino, ya mayores, que vivían en la capital de provincia.

Les escribió, con la misma cautela con la que había escrito a Remedios en su momento, y uno de ellos, un hombre de sesenta años llamado Julián, respondió con una mezcla de orgullo y desconcierto al enterarse de la historia completa.

—Siempre nos contaron que el tío abuelo Ricardo había sido un héroe silencioso de la posguerra —le dijo Julián por teléfono—. Lo de los Illescas no lo sabíamos, la verdad. Le agradezco que me lo cuente con esta honestidad, aunque no sea fácil de oír.

—No se lo cuento para empañar su memoria, sino porque creo que la memoria completa de cualquier persona es más valiosa que la versión simplificada, sea para bien o para mal.

—Estoy de acuerdo, sí. Y creo que, si el tío abuelo pudiera verlo, preferiría esto también: que se supiera todo, en vez de quedarse solo con la mitad más cómoda.

·  ·  ·

Julián le propuso a Elena, meses después, organizar un pequeño encuentro entre su familia y la de Remedios, algo que ninguno de los dos linajes había hecho nunca, pese a haber compartido el mismo pueblo y el mismo médico durante generaciones.

Elena aceptó ayudar a coordinarlo, aunque advirtió a ambas partes que no sabía muy bien qué esperar de un encuentro entre la familia del médico y la familia perjudicada por su sesgo.

El encuentro, celebrado en un restaurante de la capital de provincia, resultó menos tenso de lo que Elena había temido.

Remedios y Julián, que no se conocían de nada, hablaron durante horas, comparando lo poco que cada familia sabía del pasado del otro, y terminaron la noche con un acuerdo improvisado: visitarían juntos Valdehierro el verano siguiente, las dos familias a la vez, para cerrar en persona una historia que solo habían compartido hasta entonces a través de papeles y llamadas telefónicas.

—Nunca pensé que terminaría cenando con la familia del médico que perjudicó a la mía —le dijo Remedios a Elena, al despedirse—. Pero después de tantos años de sospecha sin nombre, prefiero esto: conocer a las personas reales detrás de la historia, en vez de seguir imaginando fantasmas.

—Eso es, quizá, lo mejor que puede salir de reconstruir el pasado con honestidad —dijo Elena—. No borra lo que pasó. Pero permite que la gente de ahora se relacione entre sí sin la carga completa de lo que pasó entonces.