Chapter 19
La idea se le ocurrió a Elena una tarde de enero, releyendo por enésima vez la carta del departamento de cumplimiento normativo, con aquella frase que llevaba meses sin dejar de darle vueltas: "se ha procedido a marcar el campo Legado para revisión".
Alguien, en algún momento anterior a su propia reclamación, tenía que haber dejado ya una constancia parecida, porque ninguna auditoría interna nace de la nada; siempre hay, detrás, un informe previo, una nota archivada, un nombre.
Y ella tenía, guardado desde hacía meses en su carpeta sin haberle prestado demasiada atención, un dato que hasta entonces no había sabido cómo aprovechar: el nombre de la responsable de tarificación que, según le había confirmado por escrito el propio departamento de cumplimiento en una respuesta anterior, "había gestionado en su momento la incorporación del campo al sistema activo de la compañía". Marta Sanjuán.
No fue difícil localizarla. Seguía trabajando en Previsión Peninsular, ahora como directora de un departamento más amplio, y su perfil profesional aparecía, con fotografía incluida, en la página corporativa de la compañía.
Elena dudó varios días antes de decidirse a escribirle, consciente de que no tenía ningún derecho formal a exigirle una conversación, y de que la propia Marta podría, con toda razón, negarse a hablar de un asunto que la compañía para la que trabajaba prefería, con toda probabilidad, dejar cerrado.
Escribió, finalmente, un correo breve, explicando quién era y por qué escribía, sin ningún tono de reproche, y preguntando si estaría dispuesta a tomar un café, fuera del horario laboral, para hablar de algo que a Elena "le parecía que las dos, cada una a su manera, habían intentado entender".
La respuesta llegó al día siguiente, más rápida de lo que Elena esperaba: "Sí. Llevo meses pensando que alguien acabaría escribiéndome un correo como este."
· · ·
Se vieron un sábado de febrero, en una cafetería cercana a la sede de Previsión Peninsular, elegida por la propia Marta "para no tener que dar más explicaciones de las necesarias si alguien me ve".
Era una mujer de unos cincuenta años, de aspecto cuidado y voz pausada.
Llegó puntual. Tras los primeros minutos de cortesía incómoda propios de dos desconocidas que se han citado para hablar de algo que a ninguna de las dos le resulta fácil, fue directa al asunto con una franqueza que Elena no esperaba.
—Le voy a decir una cosa antes de que empecemos, para que no se lleve una impresión equivocada de mí —dijo, apartando la taza a un lado antes incluso de haberla probado—.
No he venido a defenderme. He venido porque llevo desde que recibí su reclamación dándole vueltas a esto, y necesitaba hablar con la persona a la que, sin conocerla de nada, le debo una explicación.
—Sabía que ese campo iba a dar problemas algún día —dijo, removiendo el café sin haberlo probado todavía—. Lo escribí, de hecho, en una nota interna cuando migramos los sistemas en 2019. Nadie la leyó nunca, hasta donde yo sé. Hasta que llegó su reclamación.
Elena pensó, al oír aquello, en la casilla de "Origen del coeficiente" que había leído meses atrás en su propio resguardo, con sus dos palabras impasibles: No consta.
Aquella frase, comprendió en ese momento, no había sido nunca del todo cierta.
Alguien sí había preguntado. Alguien había dejado, por escrito, una duda razonable en el lugar exacto donde debía quedar constancia de ella.
El sistema no decía "no consta" porque nadie hubiera preguntado.
Lo decía porque la pregunta de quien sí lo hizo se había archivado en un sitio que nadie más volvería a mirar.
Era, pensó, una mentira muy particular. No la ausencia de la pregunta. Su enterramiento.
—¿Por qué no insistió más, entonces? Si ya sospechaba que había un problema.
Marta no se defendió, ni buscó ninguna justificación fácil, y a Elena le pareció que aquella honestidad, más que cualquier disculpa formal, era exactamente lo que había ido a buscar.
—Porque insistir habría significado retrasar un proyecto que la dirección había marcado como prioridad estratégica del año, por una sola variable entre más de doscientas, sin ninguna prueba concreta de que hubiera un problema real, solo una intuición.
Y porque, si le soy sincera, llevaba diez años sin cuestionarme de dónde salían esos datos, desde la primera vez que los usé, en 2009.
Aquella vez tampoco pregunté lo suficiente.
Y para 2019 ya me había convencido de que si en diez años nadie había encontrado ningún problema, probablemente no lo había.
—Hay algo que todavía no entiendo del todo, técnicamente —dijo Elena—. Si los datos del fondo de Meridiano estaban anonimizados, sin nombres ni direcciones, ¿cómo terminó ese campo aplicándose a mi póliza en concreto? Yo no aparecía en ningún archivo de 1912.
—Porque el modelo no necesita su nombre para llegar hasta usted, y eso es, probablemente, lo más inquietante de todo el asunto.
El Legado no era un dato sobre personas concretas: era un coeficiente calculado por comarca y por agrupación de apellidos, una especie de promedio histórico de mortalidad asociado a ciertos apellidos frecuentes en ciertas zonas rurales.
Cuando usted solicitó la póliza, el sistema no buscó su nombre en ningún archivo antiguo.
Cruzó su apellido, Duarte, y su código postal de nacimiento familiar declarado en el formulario, con esa tabla de coeficientes por comarca y apellido, y el suyo coincidía, estadísticamente, con el patrón de una de esas zonas.
No hizo falta que el sistema supiera quién era usted.
Le bastó con saber que su apellido y su origen encajaban en una casilla calculada hace décadas a partir de otras personas, la mayoría de las cuales, con toda probabilidad, ni siquiera eran parientes suyos.
—Entonces no me identificó a mí. Identificó una casilla en la que yo, por casualidad de apellido y de comarca, encajaba.
—Exacto. Y eso es legal, o lo era antes de la ley que se aprobó después de todo esto, porque técnicamente no se estaban usando datos personales identificativos, solo agregados estadísticos.
Nadie tuvo que violar ninguna norma de protección de datos para que aquello le pasara a usted.
El sistema solo tuvo que ser lo bastante burdo como para tratar un apellido y un código postal como si fueran, por sí solos, una persona.
—Pero sí lo había.
—Sí. Y usted lo encontró, mientras que yo, que tenía acceso a todo el sistema, a todos los informes, a toda la autoridad que hacía falta para exigir una auditoría completa, no lo hice —dijo Marta, con una media sonrisa que no lograba disimular del todo la incomodidad de la frase—.
Usted tenía menos medios que yo y más motivos.
Yo tenía todos los medios y, si le soy completamente sincera, un motivo bastante mezquino para no mirar más de cerca: aquel hallazgo me vino de perlas para un ascenso que llevaba dos años esperando.
No fue el único motivo. Pero tampoco puedo decirle que no pesara nada.
Elena no dijo nada de inmediato, sorprendida por una honestidad que no había pedido y que no sabía muy bien cómo recibir.
—Gracias por contármelo, de todas formas. Podría haberse ahorrado esa parte.
—Podría. Pero llevo tres años pensando que si alguna vez tenía ocasión de decírselo a la persona a la que más le debía una explicación completa, no la iba a desperdiciar solo para quedar mejor.
Elena dejó pasar un silencio antes de responder, sin buscar en él ningún reproche, sino simplemente el tiempo que necesitaba para encontrar la pregunta que de verdad le interesaba hacer.
—¿Y ahora? Con la revisión de 2030 ya anunciada, ¿usted va a tener algo que ver con eso?
—Voy a pedirlo, sí. No sé si me lo van a conceder, porque técnicamente ya no llevo yo la tarificación de vida, pero voy a pedir formar parte del equipo que audite el campo, aunque solo sea para acompañar el proceso desde dentro. Le debo, como mínimo, eso.
—¿Por qué?
Marta se quedó mirando su café, ya frío, antes de responder.
—Porque llevo diez años sabiendo que hice mal en no insistir, y hasta que usted me escribió ese correo, no tenía ninguna manera de arreglarlo. Ahora la tengo. No voy a desperdiciarla otra vez.
—¿Y cómo es trabajar ahí, después de saber lo que sabe ahora? —preguntó Elena, con una curiosidad genuina que no había planeado—. Quiero decir, ¿cómo se sigue yendo cada día a un sitio que produjo algo así, aunque nadie lo hiciera a propósito?
Marta se quedó pensando la pregunta más tiempo del que Elena esperaba.
—Al principio, mal. Los primeros meses después de que llegara su reclamación, no podía mirar ninguna variable del sistema sin preguntarme qué otra cosa parecida podía estar escondida ahí, sin que nadie lo supiera.
Fue casi obsesivo, si le soy sincera, hasta el punto de que mi propio jefe me sugirió que me tomara unos días.
No lo hice, aunque probablemente debería haberlo hecho.
Ahora es distinto. Ahora sé que ese trabajo, el de mirar con sospecha cada variable heredada, es exactamente lo que tengo que hacer, y eso me ha dado una especie de propósito que no tenía antes, cuando solo intentaba que los números salieran bien y ascender un peldaño más.
Prefiero esto, la verdad, aunque sea más incómodo.
—¿Y su familia? ¿Saben lo que hace, todo esto?
—Mis padres saben que trabajo "en seguros", que es lo único que necesitan saber para quedarse tranquilos.
No tengo hijos, ni pareja desde hace unos años, así que en realidad esto se ha convertido en lo más parecido que tengo a un proyecto propio, fuera del trabajo en sí.
Suena un poco triste, dicho así en voz alta. Pero no lo es tanto como parece.
· · ·
Se despidieron sin promesas grandes, con el acuerdo tácito de mantenerse informadas la una a la otra de cualquier novedad sobre el campo Legado, un acuerdo que a Elena, mientras caminaba de vuelta a casa bajo el frío seco de febrero, le pareció, más que una alianza formal, el reconocimiento silencioso de que las dos, sin haberse conocido nunca hasta aquel sábado, llevaban años haciendo la misma cosa exacta desde lados opuestos de la misma cadena: preguntar, cuando nadie más a su alrededor encontraba motivos para hacerlo.
Esa noche, contándoselo a Diego, se sorprendió a sí misma buscando la palabra exacta para describir lo que había sentido al despedirse de Marta en la puerta de la cafetería, un gesto breve, casi torpe, entre dos mujeres que no sabían todavía si volverían a verse.
—No era una disculpa lo que buscaba yo al escribirle, creo —dijo, sirviéndose ella misma la cena porque Diego había llegado tarde del trabajo—.
Y tampoco creo que fuera eso lo que ella me ofreció, exactamente.
Fue más bien como encontrar a alguien que ha estado cavando el mismo túnel que tú, desde el otro lado, sin que ninguna de las dos supiera que la otra estaba ahí.
—¿Y os habéis encontrado a mitad de camino?
—Puede. O puede que solo hayamos comprobado que el túnel era el mismo. No sé todavía si eso cambia algo. Pero se siente distinto a estar sola con esto, que es como me he sentido casi todo este tiempo.
Diego se quedó pensando un momento, sirviéndose él mismo un poco más de vino.
—¿Crees que vais a seguir en contacto, más allá de lo de la revisión de 2030?
—Espero que sí. No sé todavía qué clase de relación puede salir de algo así, si amistad o solo colaboración profesional o algo intermedio que todavía no tiene nombre.
Pero me gustaría que no se quedara solo en esto.
Marta me ha enseñado algo que no esperaba aprender de alguien de dentro de la propia compañía: que se puede trabajar toda una carrera en un sistema y, aun así, no perder del todo la capacidad de mirarlo desde fuera cuando hace falta.
—Suena a la clase de persona con la que merece la pena seguir hablando, sí.
—Eso pienso yo también.
· · ·
Marta y Elena se vieron con cierta regularidad en los meses siguientes, siempre en la misma cafetería, siempre con la misma excusa formal de "hacer seguimiento del caso", aunque las conversaciones se fueron alargando progresivamente más allá de cualquier tema estrictamente relacionado con el campo Legado.
Marta le habló, en una de esas tardes, de un hermano menor con el que apenas hablaba desde hacía años, por un desacuerdo familiar antiguo que ninguno de los dos recordaba ya con precisión pero que ninguno de los dos había hecho tampoco el esfuerzo de resolver; Elena le habló de Consuelo, de la carta de su padre que todavía no había aparecido entonces, del peso extraño de reconstruir una familia entera a partir de documentos ajenos.
—Es curioso —le dijo Marta una de esas tardes—. Usted reconstruye archivos para encontrar personas. Yo destruyo, sin querer, relaciones enteras por no hacer una simple llamada. Deberíamos intercambiarnos los oficios una temporada, a ver si aprendemos algo la una de la otra.
—O deberíamos, simplemente, las dos hacer la llamada que llevamos años posponiendo —dijo Elena—. Yo ya hice la mía, con mi madre. Puede que le toque a usted la suya.
Marta se quedó pensando aquello en silencio, removiendo el café ya frío, y no respondió nada concreto aquella tarde.
Pero llamó a su hermano tres semanas después, según le contaría a Elena en su siguiente encuentro, con una mezcla de nerviosismo y alivio que a Elena le resultó extrañamente familiar.