Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) La Gran Armadura 216 #2
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La Gran Armadura 216 #2

Lo que resultó no se parecía al bisonte de Aren.

Cuatro líneas que salían de un cuerpo ovalado que podía haber sido cualquier animal o ninguno en particular, una cabeza que era un círculo añadido al final de una quinta línea y que miraba hacia un lado que no quedaba del todo claro.

Pero tenía algo que los registros de Aren no siempre tenían: una energía directa, sin corrección, la línea de alguien que no sabe todavía que puede equivocarse y por lo tanto no se equivoca de la manera que se equivoca quien ya lo sabe.

Había en ese trazo una convicción que la habilidad aún no tenía, esa certeza de la mano que va a donde va porque no conoce la duda, y esa certeza le daba a la figura algo que las figuras de Aren, más precisas, no siempre tenían: una vida interior que la precisión a veces aplaca.

La niña miró su trabajo. Luego miró el de Aren. Luego volvió a mirar el suyo con la expresión de quien está midiendo la distancia entre dos cosas y descubriendo que la distancia no le importa tanto como había anticipado.

—Está bien —dijo Aren.

La verdad dicha con la misma sencillez con que Aren decía todas las verdades: sin ornamento, sin la inflexión que las convierte en algo más grande o más pequeño de lo que son.

Otros se acercaron.

Uno de los cazadores más jóvenes tomó un trozo de carbón sin pedirlo, porque era cazador y los cazadores no pedían los materiales de trabajo, los tomaban con la naturalidad de quien sabe que el material y la mano son parte del mismo proceso y que separar uno del otro con protocolos es una pérdida de tiempo.

Buscó la zona más iluminada de la pared, donde el fuego llegaba con más consistencia, y comenzó a trazar con la determinación de quien sabe exactamente lo que quiere hacer aunque no sepa exactamente cómo hacerlo.

Quería dibujar al dientes de sable. El animal que todos habían pensado desde entonces aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta, que seguía siendo la experiencia más intensa del trayecto reciente y que por eso mismo era lo primero que la mano buscaba cuando la mano tenía permiso de buscar lo que quería.

El resultado tenía la escala equivocada.

Empezó por los colmillos, que era el error correcto: los colmillos eran el elemento que más había impresionado y la mano va primero hacia lo que más impresionó, hacia lo que el ojo no pudo soltar cuando lo vio por primera vez.

El cuerpo quedó demasiado corto para las patas, que salían en ángulos que ningún animal real habría podido sostener.

Pero los colmillos eran reconocibles con esa convicción que tienen las partes de una imagen cuando quien las hizo sabía exactamente cómo eran: dos curvas largas que bajaban con una certeza que el resto de la figura no tenía, como si toda la intención del artista se hubiera concentrado ahí y hubiera olvidado que los detalles necesitan un cuerpo donde vivir.

El hombre que dormía junto a él se despertó a medias, miró el dibujo, y sin decir nada recogió su propio trozo de carbón y añadió líneas encima intentando corregir las proporciones.

Lo que resultó era más confuso que el original pero con más energía, con esa vitalidad que tienen las cosas cuando dos personas discuten sobre la misma idea al mismo tiempo sin ponerse de acuerdo y el resultado es más rico que cualquiera de los dos por separado, aunque nadie entienda del todo lo que dice, aunque la corrección haya producido más preguntas que respuestas.

Una mujer trazó manos. Las suyas. Apoyó la palma contra la roca con los dedos extendidos y repasó el contorno con el carbón, con la precisión lenta de quien quiere que el resultado sea exacto, que la forma impresa sea la forma real sin pérdida ni adición.

Levantó la mano y miró lo que había quedado: la forma de su propia mano impresa en la roca de una cueva durante una tormenta que los había empujado adentro sin pedirles permiso.

La miró durante un tiempo que era más largo de lo que la acción requería.

Luego puso la mano otra vez, exactamente en el mismo lugar, como verificando que la mano que había producido esa forma y la mano que tenía ahora eran la misma, que había algo en ese gesto que conectaba el momento de hacerlo con todos los momentos que vendrían después en que alguien mirara esa forma en la roca.

Que la mano permanecería cuando ella ya no estuviera.

Que la roca guardaría su forma con una fidelidad que ninguna memoria oral podía garantizar.

Mientras la pared se llenaba con las manos de todos, Aren se apartó un momento a mirar lo que estaba ocurriendo en conjunto.

Aren los observó a todos durante un rato sin trabajar él mismo.

Con el carbón quieto en la mano, mirando la pared que se iba cubriendo de figuras de todas las calidades y todos los tamaños: bisontes que no se parecían a bisontes junto a manos perfectamente reconocibles junto a formas que podían ser animales o podían ser otra cosa, todo mezclado en una superficie que unas horas antes era solo roca oscura y húmeda, sin jerarquía ni orden que no fuera el del espacio disponible y el impulso de quien lo hizo.

Pensó en Den. En la primera vez que Den dibujó sobre piedra frente al grupo, en ese círculo alrededor del fuego donde habló de la memoria y de la necesidad de registrar antes de que se pierda.

Den había entendido algo que la mayoría no había terminado de entender entonces: que lo que no se guarda desaparece.

Que los cuerpos no duran pero que lo que los cuerpos dejan sobre superficies sólidas puede durar mucho más que cualquier memoria oral, mucho más que cualquier historia que pasa de boca en boca y que cada boca cambia un poco antes de pasarla a la siguiente, añadiendo lo que recuerda con más claridad y quitando lo que recuerda con menos, hasta que lo que llega al final del trayecto se parece a lo que ocurrió pero no es lo que ocurrió.

Estas paredes durarían.

No sabía cuánto. La piedra tiene su propio tiempo, que no es el tiempo de los hombres ni el de los animales sino algo más parecido al tiempo de las capas que había visto exponerse en el gran corte, un tiempo que existe en una escala diferente a cualquier cosa que los hombres podían imaginar desde donde estaban.

Pero la piedra no se pudre ni se quema ni se la lleva el viento.

Lo que estaba ocurriendo en esa cueva durante esa tormenta iba a permanecer después de que todos los que lo habían producido ya no existieran, después de que sus nombres se hubieran perdido y sus historias se hubieran transformado en versiones de sí mismas y sus huesos se hubieran vuelto parte de la tierra.

La pared quedaría. Los trazos quedarían.

Y alguien, en un tiempo que ninguno de ellos podía imaginar desde donde estaban, miraría esa pared y sabría que alguien había estado ahí, que esa mano había existido, que ese bisonte había sido visto por esos ojos.

Eso lo llenó de algo que no era exactamente alegría ni exactamente tristeza sino una mezcla de las dos que solo se produce cuando uno entiende que está haciendo algo cuya magnitud supera completamente el momento en que ocurre, que lo que se está haciendo aquí no es para esta noche ni para este grupo sino para algo que ninguno de ellos podía ver todavía pero que existiría de todas formas.

Volvió a la pared.

Trazó una última figura que no había trazado antes en ninguna superficie: un grupo de personas en movimiento, vistas desde arriba, como si el observador estuviera flotando sobre ellas.

Puntos conectados por líneas que indicaban relación, distancia, dirección.

La representación de un espacio desde fuera de ese espacio, la idea de que uno puede mostrar dónde están las cosas sin estar en ninguna de ellas.

En el centro, dos figuras más grandes que las demás: una junto a una forma de cuatro patas, la otra sola, con algo pequeño en la mano.

Kane y él.

Para cuando amaneció, la tormenta ya había dado paso a otra cosa.

La tormenta cedió antes del amanecer sin aviso preciso, como si la decisión de continuar o detenerse no dependiera de ningún proceso que los humanos pudieran anticipar sino simplemente de algo que se había agotado en el cielo y dejado de tener razón para seguir.

Así terminan las tormentas grandes: no con un último estruendo sino con una quietud que llega gradualmente, que al principio parece una pausa entre dos oleadas y que de repente es silencio real, silencio que dura, silencio que dice que terminó.

Salieron de uno en uno, con cuidado, evaluando el terreno transformado por horas de agua y viento: piedras movidas de donde habían estado, árboles volcados con las raíces al aire mostrando la tierra que habían sostenido durante años, zanjas abiertas por el agua que todavía corría por ellas buscando su nivel con la paciencia del agua que siempre lo encuentra.

El aire tenía esa limpieza particular de después de las grandes tormentas, densa y fría, con un olor a tierra removida y a vegetación rota que llenaba los pulmones con algo que se parecía al principio de las cosas, a lo que queda cuando el mundo elimina lo que no podía sostenerse y muestra lo que sí puede.

Los niños salieron con la energía liberada de quien ha estado quieto demasiado tiempo, corriendo entre los charcos sin la cautela que los adultos ejercían sobre el terreno que todavía no había terminado de decidir dónde era sólido y dónde no.

Fue uno de esos niños quien lo vio primero.

Se detuvo en seco a unos ochenta pasos de la entrada de la cueva con los brazos extendidos hacia los lados, el gesto de quien necesita equilibrio para procesar lo que los ojos ven, cuando el cuerpo no sabe qué hacer con lo que llega y lo primero que hace es abrirse, extenderse, crear más superficie para recibir algo que no cabe en el espacio normal.

No gritó. No corrió. Se quedó paralizado mirando algo que los adultos tardaron un momento en distinguir entre los arbustos y las rocas caídas por la tormenta.

Luego lo vieron todos.