Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Colmillos 199 #3
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Colmillos 199 #3

Uno de los cazadores preguntó qué significaba eso para el Pálido, para los lobos, para lo que eran ahora.

—Que ya no son el mismo animal que era la madre cuando Kane la trajo —respondió Aren—. Sus hijos serán menos todavía del lobo original. Y los hijos de sus hijos menos aún. Cada generación que pase con nosotros será un poco más de lo que nosotros somos y un poco menos de lo que eran antes.

El silencio que siguió era del tipo que produce una idea que no es difícil de entender sino difícil de terminar de imaginar, porque sus consecuencias se extienden hacia un futuro que ninguno podía ver pero que la lógica de lo que Aren decía hacía real de todas formas.

El fuego crepitó. Una ramita cedió y las llamas se reorganizaron alrededor de la nueva forma que los troncos dejaban, con esa adaptabilidad constante que tiene el fuego y que hacía que mirarlo fuera siempre mirar algo que cambiaba.

—¿Hasta cuándo? —preguntó alguien.

Aren miró el fuego durante un momento antes de responder.

—Hasta que no quede nada del lobo que no hayamos puesto nosotros ahí. Hasta que sean otra cosa. Algo que no existía antes de que nos encontráramos.

Kane tenía al Pálido echado junto a sus pies, con el flanco pegado a su pierna y la respiración lenta y regular de quien duerme sin guardia porque ha decidido que ese es el lugar más seguro del mundo.

Kane puso la mano sobre su lomo sin pensarlo, con la naturalidad de un gesto que no requería ninguna decisión porque ya era parte de lo que eran el uno para el otro, algo que había ocurrido sin que ninguno de los dos lo hubiera buscado exactamente y que por eso mismo era más real que si hubiera sido buscado.

Aren lo vio. Tomó un trozo de carbón y una piedra plana del borde del fuego, donde la piedra se había calentado lo suficiente para que la mano la sintiera pero no lo suficiente para que quemara.

Trazó dos líneas paralelas y luego una tercera que las cruzaba en diagonal: la figura que había empezado a usar para representar al hombre, que no era el hombre pero que el ojo que la conocía podía leer como tal, que era ya un código entre él y quien algún día encontrara sus registros.

Luego añadió una forma más pequeña junto a ella, cuatro puntos debajo que eran patas.

La miró un momento. Luego añadió una línea curva entre las dos figuras que las unía sin fundirlas, que las conectaba manteniendo la distancia entre ellas, que era exactamente lo que esa conexión era.

Aquello no era escritura todavía, pero ya era más que un dibujo.

Era el registro de algo que no había existido antes de ese grupo, en ese trayecto, con esos animales y esos humanos aprendiendo a leerse mutuamente durante suficiente tiempo como para cambiar lo que los dos eran.

El vínculo entre Kane y el Pálido no había llegado por domesticación en el sentido de la imposición, no por el dominio de una especie sobre otra.

Había llegado por la acumulación gradual de momentos donde una especie y otra se eligieron, donde la confianza se construyó en las dos direcciones porque en las dos direcciones había algo que elegir.

Aren estaba registrando ese vínculo ahora, en carbón sobre piedra, con una línea curva entre dos figuras, porque las cosas que no se registran tienden a perderse cuando quien las vivió ya no está para describirlas, y esto merecía sobrevivir a quien estuvo presente para verlo.

La primera vez que alguien registraba que entre el hombre y el animal que dormía a sus pies había algo que no existía en ningún otro lugar del mundo conocido. Algo que los dos habían construido sin saber que lo construían, con la paciencia de lo que se vuelve real sin que nadie lo decida.

Lejos, en la oscuridad, el depredador que se había alejado hizo saber que la noche seguía siendo suya.

Esa noche, el dientes de sable rugió a la distancia.

Una vez. Profundo, largo, con esa resonancia que tienen los sonidos que vienen de cuerpos construidos para producirlos, dirigido al cielo con la completud de quien informa a algo que solo él puede ver que la cacería ha terminado y que el mundo sigue siendo lo que era.

Ese ruido cruzó la pradera y llegó al grupo con la claridad suficiente para que todos lo escucharan y con la distancia suficiente para que nadie necesitara actuar.

Los lobos adultos levantaron brevemente las orejas. Luego las bajaron.

El Pálido no se movió.

Siguió durmiendo junto a Kane con la regularidad de quien ya ha decidido dónde está su lugar y no necesita que el rugido de lo que hay afuera se lo confirme ni se lo cuestione.

Hay una forma de pertenencia que no requiere verificarse porque es simplemente el estado de las cosas, porque se instaló tan gradualmente que el momento exacto en que se volvió real no puede encontrarse en ningún instante particular sino en la suma de todos los instantes anteriores.

Esa pertenencia tiene una calidad que las decisiones conscientes no siempre alcanzan: la solidez de lo que ocurrió porque ocurrió, de lo que nadie planeó y por eso nadie puede deshacer.

Kane puso un poco más de leña en el fuego. El Pálido se acomodó levemente, siguiendo el calor con un movimiento mínimo, y volvió a quedar quieto.

El fuego siguió ardiendo.

Las estrellas siguieron en su lugar.

Y el rugido de lo que había afuera se fue diluyendo en la distancia hasta que solo quedó el silencio de la noche, que era el silencio del grupo dormido alrededor de su fuego, con sus lobos, con el animal que dormía pegado al hombre que lo había mirado a los ojos en el momento en que el mundo pedía que alguien mirara al peligro, y había visto, en cambio, que el peligro ya tenía quien lo mirara.