Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) La Lanza de Otro 129
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La Lanza de Otro 129

Capítulo VIII

La Lanza de Otro

El tiempo siguió avanzando para todos, pero en especial para el cuerpo de Den.

No fue ninguna enfermedad repentina, sino lo que ocurre cuando los ciclos acumulados pesan más de lo que un cuerpo puede sostener: una rendición lenta y digna que se parece al agotamiento de algo que ha durado exactamente lo que debía durar.

Nadie sabía con certeza cuántos ciclos habían sido.

Pero algo era evidente para quien lo miraba con atención: eran muchos, y habían cobrado lo suyo con la paciencia de quien sabe que el tiempo siempre cobra.

Los cambios llegaron en el orden en que siempre llegan cuando el cuerpo comienza a negociar con sus propios límites.

Primero las caminatas largas, que Den redujo sin anunciarlo, adaptando su paso al del grupo con esa discreción de quien no quiere que su lentitud se convierta en la preocupación de los demás.

Luego el apetito, que fue disminuyendo hasta que comía lo justo para sostenerse, sin el placer visible que había tenido siempre frente al fuego después de una jornada larga.

Luego el sueño, que llegaba antes y duraba más, como si el cuerpo estuviera practicando algo que pronto necesitaría hacer sin retorno.

Aren lo observaba sin señalarlo. Había aprendido de Den que las cosas que se observan en silencio se entienden con más profundidad que las que se interrumpen con preguntas, y ese aprendizaje era exactamente lo que lo sostenía ahora cuando lo que quería hacer era preguntar lo que no tenía respuesta útil.

En lugar de eso, se sentaba cerca. Ajustaba su propio ritmo al del anciano.

Hacía las cosas que Den ya no podía hacer con la misma facilidad: preparar el fuego en la posición correcta, encontrar las plantas que aliviaban ciertos dolores sin que nadie se lo pidiera.

Los días con Den despierto se fueron volviendo menos que los días con Den dormido, y fue en uno de esos intervalos de vigilia cuando ocurrió la última conversación larga.

La luz entraba desde el lado bajo de la abertura de la choza con ese ángulo de las últimas horas de la tarde, horizontal y cálido, que alarga las sombras y da a los objetos ordinarios un peso que no tienen al mediodía.

Den estaba recostado pero con los ojos abiertos, mirando un punto en el techo que Aren no podía ver.

Pensaba con esa quietud que Aren había aprendido a distinguir del reposo porque en el reposo la cara se afloja y en el pensamiento profundo se asienta de otra manera, más concentrada, como si los rasgos obedecieran a algo interior que seguía completamente activo.

Aren estaba sentado junto a él, con las manos sobre las rodillas y la vista en el suelo. El fuego bajo entre ellos producía el único sonido de la choza. Den habló.

—Hay algo que no te he dicho con palabras —dijo. La voz había perdido volumen pero no precisión. Cada palabra llegaba completa—. Te lo he mostrado de otras formas. En las mañanas. En la forma de respirar. En la quietud que se busca antes de que haya luz.

Aren levantó los ojos.

—Lo sé —dijo.

—No del todo —respondió Den, sin dureza—. Sabes que sirve. No sabes aún a quién le hablas cuando lo haces.

La luz de la tarde se movió un grado sobre el suelo de la choza. Aren esperó.

—Hay algo que escucha —dijo Den—. Siempre ha escuchado.

Antes de que existiera la primera palabra, antes de que hubiera alguien para decirla, ya escuchaba.

Todo lo que existe viene de ese origen. El río, el fuego, el mamut, los que caminaron antes de nosotros.

Nosotros también. Todo viene de lo mismo y todo regresa a lo mismo, y lo que hay en el medio es lo que llamamos vida.

Aren no respondió de inmediato. La palabra regresa la había escuchado antes, pero esta noche tenía un peso diferente, más específico, más cercano.

—¿Tú lo has sentido? —preguntó.

—Muchas veces —dijo Den—. La primera fue antes de que supieras caminar.

Me perdí de noche, en la tormenta de nieve del segundo invierno antes de cruzar el hielo.

Me detuve porque no podía seguir. Apagué los pensamientos uno por uno, como se apagan las brasas cuando no se sopla más.

Me quedé vacío de todo lo que no era el frío y la respiración.

Y desde ese vacío hice una pregunta sin sonido.

Sin palabras, porque en ese momento no tenía palabras útiles para lo que preguntaba.

Solo la dirección del pensamiento, hacia algo que no podía ver.

Hizo una pausa. Su respiración era lenta, regular.

—Me mostró el camino. Con algo que entró primero en el pecho y después en las piernas: una certeza de dirección que era más clara que si alguien me hubiera hablado. Caminé. Llegué.

Aren tenía las manos quietas sobre las rodillas.

—¿Cómo se llega a ese lugar? —preguntó.

Den giró levemente la cabeza hacia él.

—Ya sabes la mitad —dijo—. La quietud que practicas.

La respiración que se calma hasta que deja de sentirse como esfuerzo.

Eso abre la puerta. Pero hay algo más que yo tardé demasiado en aprender: cuando el cuerpo no tiene alimento durante un día, la parte que piensa sin parar se queda sin fuerza para seguir haciendo ruido.

Y en ese silencio, la pregunta llega con una claridad que el cuerpo lleno no puede alcanzar.

Aren pensó en las mañanas que había pasado practicando la quietud, en los días en que el estómago vacío había producido en él una ligereza extraña que había interpretado como debilidad. La interpretación cambiaba.

—Un día sin comer —repitió.

—Y una pregunta —dijo Den—. Solo una. La que más importa en ese momento. La quietud, la respiración, el cuerpo limpio del peso de la comida, y una pregunta que venga del lugar más hondo, del centro del pecho, donde se siente lo que no tiene nombre todavía.

La luz en el suelo de la choza había avanzado otro grado. Afuera se escuchaba el movimiento ordinario del asentamiento, los pasos lejanos, el sonido del río.

—¿Y siempre responde? —preguntó Aren.

Den tardó un momento.

—Siempre —dijo—. A veces es una imagen. A veces es una certeza que llega en el cuerpo antes de que la mente sepa qué es. A veces es el sueño de esa noche, o el de tres noches después. La respuesta llega. Lo que ocurre es que buscamos algo que suene a voz y lo que viene es otra cosa.

Hizo una pausa más larga. Sus ojos volvieron al punto del techo.

—Esta es la enseñanza más importante que tengo para darte —dijo—. El que guarda la memoria del grupo necesita saber de dónde vienen las cosas que vale la pena guardar. Vienen de ahí: de lo que se recibe cuando uno se vacía lo suficiente para que algo más pueda entrar.

Aren no respondió durante un tiempo largo.

—Esto también se transmite —dijo finalmente.

—Todo lo que importa se transmite —dijo Den—.

Así llegó a mí. Así llega a ti. Así debe llegar al que venga después de ti.

Con distintas palabras, con distintas formas, porque cada tiempo tiene las suyas.

La dirección es la misma: hacia adentro primero, para poder llegar a algo que es más grande que cualquiera de nosotros.

Se quedaron en silencio durante el tiempo que tardó el sol en perderse del todo detrás de la montaña.

Den cerró los ojos. Aren permaneció junto a él hasta que la respiración del anciano se volvió el ritmo lento del sueño real, y solo entonces se levantó y salió al frío del asentamiento y se quedó quieto bajo las estrellas durante un tiempo sin medida, con una pregunta en el pecho que todavía no tenía forma de palabras pero que estaba ahí, instalada con la firmeza de las que no se van.

Den volvió a despertar, y habló de nuevo, y Aren escuchó de nuevo. Eso ocurrió tres veces más antes de que los intervalos de vigilia desaparecieran del todo. La más breve de esas conversaciones fue la que más tiempo ocupó a Aren después.

—Hay una diferencia entre lo que uno sabe y lo que uno ha llegado a ser —dijo Den esa tarde—. Lo que sabes puede transmitirse. Lo que has llegado a ser, no. Eso lo construyes tú solo, con el tiempo que te queda.

Aren no respondió de inmediato.

—¿Tengo suficiente tiempo? —preguntó finalmente.

Den lo miró con esa mirada que había usado siempre para las preguntas que merecían más que una respuesta directa.

—Tienes exactamente el que tienes —dijo—. Igual que todos.

Después de eso, Den dejó de despertar para hablar. Despertaba todavía, pero para otras cosas: para beber, para que alguien le sostuviera el peso cuando el cuerpo pedía cambiar de posición, para mirar a Aren con esa calidad de atención que no requería palabras porque las había agotado bien.

Aren se sentaba junto a él. A veces hablaba. A veces callaba. Den respondía a ambas cosas de la misma manera, con esa presencia plena que algunos cuerpos desarrollan cuando ya no tienen que dividirla entre tantas cosas.

El deceso llegó despacio. Primero las llamas, luego las brasas, luego el calor que permanece un rato antes de ceder también. Sus ojos dejaron de ser profundos y comenzaron a reflejar solo la luz exterior. Aren sostuvo su mano hasta que el calor en ella fue indistinguible del frío.

El peso real de la pérdida llegó por un camino distinto al que Aren había esperado: durante semanas, sin buscarlo, encontraba de pronto la postura exacta con que Den escuchaba — ligeramente inclinado hacia adelante, los ojos no en quien hablaba sino en el punto donde las palabras aterrizaban — y ahí, en ese gesto reconstruido de memoria, el cuerpo cedía.

Las heridas físicas cicatrizan hacia afuera.

Esto cicatrizaba hacia adentro y de manera diferente, dejando algo que no era ausencia sino la forma permanente de una presencia que ya no podía tocarse.