El Eclipse 109 #3
Kael observaba las sombras en el suelo sin levantar los ojos.
Tenía la postura del hombre que evalúa antes de actuar, que mide antes de decidir.
Lo que veía en el suelo era suficiente información.
No necesitaba ver la fuente para saber que lo que estaba ocurriendo no tenía respuesta en las categorías que él manejaba.
La inquietud recorrió al grupo con la velocidad que tienen las cosas que se transmiten sin palabras.
Algunos retrocedieron un paso sin decidir retroceder.
Otros buscaron a sus hijos con los ojos, los encontraron, y después no supieron qué hacer porque no había ninguna acción que correspondiera a lo que estaba ocurriendo.
Una lanza apunta hacia algo que viene del suelo o del bosque o del agua.
Lo que venía ahora venía de arriba, del lugar donde las decisiones humanas no llegan, y esa dirección cancelaba el repertorio completo de respuestas que el grupo había construido durante generaciones.
Tal bramó.
El sonido que emitió era uno que nadie del grupo le había escuchado antes, y lo habían escuchado muchos sonidos durante años.
Era más bajo que todos los anteriores, más largo, con una vibración que se sentía en el pecho antes de llegar a los oídos, como si viniera de un lugar en él que estaba debajo de lo aprendido, debajo de los años entre humanos, debajo de todo lo que la convivencia con el grupo le había dado.
Era el sonido de algo antiguo respondiendo a algo antiguo, el reconocimiento de un tipo de evento que no necesitaba explicación porque su significado era anterior al lenguaje.
El frío llegó después. Abrupto, sin el aviso que tiene el frío normal.
No el descenso gradual de la noche, que el cuerpo acompaña sin registrarlo del todo: fue como si el calor hubiera sido retirado de golpe y reemplazado por el interior de una cueva.
La piel respondió antes que la mente, el vello se erizó, los músculos se tensaron buscando una fuente de amenaza a la que dirigir esa tensión y no encontrándola porque la amenaza no tenía forma atacable.
La oscuridad avanzó sobre el sol en etapas que el ojo podía seguir.
Primero un mordisco en el borde occidental, una curva perfecta comiendo el resplandor.
Luego la curva ampliándose, el disco de luz reduciéndose a arco, el arco a franja, la franja a nada.
Y en el momento en que nada quedó, cuando el círculo oscuro ocupó por completo el lugar donde el sol había estado, el mundo cambió de una manera que no tiene palabras en ningún idioma que no haya vivido ese momento.
Una mujer que había estado mirando directamente hacia el sol durante el avance de la sombra gritó y cayó al suelo con las manos en los ojos.
El grito rompió el silencio que había sostenido al grupo hasta ese momento, y en ese quiebre del silencio algo se soltó en el cuerpo colectivo: la contención que habían mantenido cedió lo suficiente para que el miedo tuviera forma, aunque no todavía palabras.
—No lo miren —dijo Kael.
Firme. Sin pánico. Con la voz de quien tiene una orden útil para dar aunque no tenga explicación para lo que produce esa orden.
El grupo obedeció con la velocidad de los que han aprendido que la voz de Kael en ese tono contiene información que el razonamiento puede verificar después.
Los ojos bajaron. Las cabezas se inclinaron.
Y en esa postura colectiva, con la mirada en el suelo y el cielo negro sobre ellos en pleno mediodía, el grupo respiró junto con el tipo de respiración que solo se produce en los extremos: lenta, profunda, controlada por la voluntad porque el cuerpo abandonado a sí mismo no podría controlarla.
Otras mujeres ayudaron a la que había gritado, aunque no podían hacer mucho, solo consolarla y esperar que sus ojos estuvieran bien.
El día se convirtió en noche.
Una noche sin preparación. Sin el aviso del atardecer que le dice al cuerpo que el ciclo ha cumplido su parte y que corresponde la oscuridad.
Esta oscuridad llegó en el centro del día, con las sombras equivocadas y las temperaturas equivocadas y los colores del horizonte que no correspondían a ninguna hora que alguien hubiera vivido: rojos y naranjas apagados formando un arco completo alrededor del borde del mundo, como si el sol se hubiera disuelto en el perímetro en lugar de ocultarse detrás de él.
Era la luz del amanecer y del atardecer al mismo tiempo, en todas las direcciones, y su simultaneidad la volvía irreconocible.
Las estrellas aparecieron.
Algunas, las más brillantes, se abrieron paso en ese cielo que no les pertenecía con una claridad que de noche habitual no tendrían porque de noche competían con docenas de otras.
Ahora estaban solas sobre sus cabezas, en pleno mediodía, mostrando sin tapujos lo que normalmente requería oscuridad completa para verse.
Su presencia en ese cielo era la señal más clara de que lo que ocurría era real y no una falla del propio ojo: las estrellas de mediodía no tienen explicación dentro de lo conocido.
Los niños encontraron los cuerpos de sus madres sin que nadie los dirigiera.
Los que ya no eran niños buscaron el contacto físico del más cercano, el hombro, el brazo, cualquier superficie que fuera humana y cálida y que confirmara que el mundo todavía contenía cosas conocidas.
Nadie habló. El silencio no era el de la espera ni el del peligro contenido.
Era el silencio de lo que excede la capacidad de respuesta del lenguaje: un grupo de personas respirando juntas en la oscuridad del mediodía, con los ojos bajos y sin ningún punto de referencia al que dirigir lo que sentían, esperando lo que fuera que viniera después de esto.
Tal estaba inmóvil. Parado en el lugar donde lo había encontrado la oscuridad, la cabeza hundida hasta tocar casi el suelo y las orejas caídas al nivel de los ojos.
Más quieto de lo que nadie lo había visto, con esa quietud del animal que sabe que lo que ocurre no tiene respuesta en ninguno de los comportamientos que conoce y que la única opción que queda es esperar.
La luz regresó del mismo modo en que se había ido: despacio, con una deliberación que daba tiempo para anticipar cada etapa sin poder acelerarla.
Primero un filo en el borde del círculo oscuro, en el lado opuesto a donde había comenzado.
Un arco mínimo de resplandor que se abrió con la misma precisión de curva que lo había cerrado.
Las sombras en el suelo respondieron de inmediato: las medias lunas invertidas volvieron a formarse, esta vez en la dirección correcta, recuperando poco a poco la forma que les correspondía.
El horizonte fue soltando sus rojos extraños a medida que el arco del sol se ampliaba, devolviendo al cielo el azul que le pertenecía.
Las estrellas se apagaron una a una, retrocediendo hacia la invisibilidad con la misma discreción con que habían aparecido.