Sigo Aquí 65 #3
Era una ampliación del río — un punto donde la corriente se ensanchaba y profundizaba antes de volver a estrecharse, formando una zona de aguas más quietas que el resto.
No tenía la escala del lago glaciar que habían visto semanas atrás.
Pero tenía algo que los lugares anteriores no habían tenido: señales de peces en abundancia.
Los vieron desde la orilla antes de llegar.
Formas oscuras que se movían con esa calidad específica del movimiento bajo el agua — que parece lento desde arriba y que solo revela su velocidad real cuando algo interrumpe el patrón.
En los pasos estrechos donde el río entraba y salía del lago, los peces luchaban contra la corriente con una persistencia que no se agotaba, saltando, retrocediendo, intentándolo otra vez. Eran muchos.
El grupo lo procesó en silencio durante un momento. Luego uno de los cazadores más jóvenes entró al agua sin que nadie lo dijera, con la lanza en la mano y los ojos en el punto donde el movimiento era más denso.
Comieron esa noche hasta que no quisieron más.
Era algo que no habían podido hacer desde hacía demasiado tiempo, y el cuerpo lo recibió con una gratitud que no tenía nombre pero que se manifestaba de formas concretas: el calor que volvía a los dedos, los ojos que encontraban el sueño con menos resistencia, la tensión en los hombros que bajaba un grado que llevaba semanas instalada.
El agua profunda ofrecía también menos oportunidades para los osos.
El terreno alrededor del lago era abierto en su mayoría, sin la vegetación densa donde los depredadores terrestres encontraban su ventaja.
Por primera vez desde que habían entrado en territorio de osos, la guardia nocturna pudo ser más corta y los que dormían pudieron hacerlo con una calidad diferente — más profunda, más completa: el descanso de un cuerpo que confía en que alguien más está mirando.
Fue Nara quien se sentó junto a Kael en la orilla, antes de que el grupo se retirara del todo a dormir.
No dijo nada de inmediato. Llevaba a Aren dormido contra el pecho, envuelto en piel, y durante un momento los dos miraron el agua con el silencio de quienes han cargado cosas distintas durante el mismo tiempo y que saben que el otro lo sabe.
Entonces Nara sacó la piedra de entre sus pieles.
La sostuvo en la palma abierta, mirándola, como quien verifica que algo que guardó en un momento difícil todavía existe en el siguiente.
—¿Qué es? —preguntó Kael.
—Una piedra del muro —dijo ella—. La recogí cuando lo vimos.
Kael la miró. Gris azulada. Densa para su tamaño. La clase de cosa que uno recoge cuando el momento es demasiado grande para dejarlo pasar sin conservar algo de él.
—¿Para qué? —preguntó, sin dureza. Solo la pregunta.
Nara cerró los dedos sobre la piedra un momento antes de responder.
—Todavía no lo sé.
Él no añadió nada. Lo que ella había dicho era suficiente — y ambos lo sabían, porque en ese grupo las cosas que todavía no se saben también tienen su lugar, siempre que alguien las sostenga con suficiente cuidado hasta que el momento de entenderlas llegue.
Kael observó el lago desde la orilla antes de retirarse.
El agua estaba quieta, con esa quietud de las horas sin viento que convertía la superficie en algo casi sólido, casi reflejo.
Arriba, las estrellas. Abajo, las mismas estrellas invertidas — con una precisión que no era perfecta porque el agua nunca es perfectamente plana pero que era suficiente para producir esa sensación de duplicación que ciertas noches tienen, esa impresión de que el mundo se dobla sobre sí mismo y ofrece dos versiones de lo mismo sin que ninguna de las dos sea más real que la otra.
Se preguntó si el mundo de abajo del agua era tan amplio como el de arriba. Si había tanto por recorrer en esa dirección como en la que ellos llevaban.
No encontró respuesta. Tampoco la buscaba con seriedad.
Era el tipo de pregunta que el cuerpo se hace solo cuando ha pasado por demasiado en poco tiempo y necesita algo más amplio que los problemas inmediatos donde descansar la atención — un espacio donde la mente puede moverse sin que el movimiento cueste nada.
El frío regresó con el amanecer, como siempre, sin consideración por lo que habían necesitado.
Siguieron moviéndose.
Lo que vino después del lago fue diferente en textura a todo lo anterior.
El terreno subía con una inclinación que se sentía antes en las piernas que en el paisaje: avisaba que llevaban rato subiendo mucho antes de que los ojos pudieran confirmarlo.
Los árboles cambiaban: más separados, más bajos, moldeados durante años por el viento constante.
Las piedras eran más frecuentes y más grandes, emergiendo del suelo en formaciones que no tenían la forma casual de las rocas sueltas sino el aspecto de algo que había estado debajo durante mucho tiempo y que el tiempo había ido exponiendo con la misma paciencia con que expone todo.
Den caminaba al final de la formación, como siempre, y miraba ese paisaje con una atención diferente a la de los cazadores del frente.
Los cazadores miraban el terreno buscando lo que podía moverse — la presa, el depredador, el punto donde el suelo cedía.
Den miraba lo que no se movía. Las piedras que emergían del suelo en ángulos que no eran casuales.
La forma en que el viento había tallado las rocas más expuestas desde una sola dirección.
Las marcas en el terreno que no eran de animales ni de agua sino de tiempo puro, acumulado en capas que un hombre solo podía leer si había aprendido a mirar lo suficientemente despacio.
Había visto paisajes así antes. No iguales — nunca dos paisajes eran iguales si uno los miraba con suficiente atención — pero de la misma familia.
Terreno que subía hacia algo más antiguo que cualquier cosa que el grupo hubiera cruzado.
Terreno que guardaba sus propias reglas sobre lo que podía vivir en él y lo que no podía.
En el norte, ese tipo de paisaje venía antes de los lugares donde el frío más duro esperaba.
Aquí, en este sur nuevo, no sabía todavía qué venía después de él.
Eso era lo que lo hacía andar con más cuidado que de costumbre: no lo que conocía, sino lo que no conocía, y la distancia exacta entre los dos.
Cruzaron elevaciones pronunciadas. Rodearon una formación rocosa que no tenía paso directo y que los obligó a bordearla durante días, siguiendo su contorno con la paciencia de quien ha aprendido que el camino directo no siempre es el camino.
El monte que formaba esa formación era imponente de una manera silenciosa — sólido como solo es sólido lo que lleva ahí mucho más tiempo que cualquier cosa que se mueva sobre él.
Todos lo miraron al pasar. Nadie dijo nada.
Hay cosas que el silencio honra mejor que las palabras.
Al otro lado, el paisaje se abrió de golpe, como si la montaña hubiera sido la última puerta.