El Muro 49 #3
El grupo permaneció ahí un tiempo que nadie midió.
El silencio tenía una calidad específica: el de lo que ya no puede deshacerse, diferente al que precede algo.
Uno a uno, los miembros del grupo comenzaron a alejarse del borde, porque el borde no les devolvería nada por más tiempo que permanecieran, aunque todavía no hubieran encontrado la manera de aceptarlo.
Tarek se quedó más tiempo.
Permaneció con los ojos fijos en la oscuridad de abajo, buscando cualquier señal que indicara lo contrario.
No llegó ninguna. Lo que había debajo no era nada que pudiera leer ni anticipar ni enfrentar con una lanza — era simplemente la ausencia de quien había estado, y esa ausencia tenía una textura diferente a cualquier pérdida que hubiera conocido antes, porque esta no dejaba cuerpo, no dejaba rastro, no dejaba nada que pudiera nombrarse y por tanto enterrarse de alguna forma.
Fue en ese momento — mirando ese vacío, el peso del grupo detrás de él sin que necesitara volverse — cuando algo en él tomó una decisión.
La reconoció: la misma del borde de la grieta antes de saltar.
Un espacio que nadie más iba a llenar. El grupo sin dirección era el grupo que se dispersaba.
Él sabía exactamente lo que había que hacer. Eso era suficiente.
No se preguntó si eso era verdad. Se giró hacia el grupo.
Nara estaba esperándolo.. No miraba el borde. Lo miraba a él. Llevaba a Aren pegado al pecho y su mano libre descansaba sobre la espalda del niño — protección y ancla al mismo tiempo, algo que la mantenía en el lugar correcto mientras el momento exigía cosas que el lugar correcto no permitía.
Tarek lo sintió antes de voltearse del todo: la mirada de su mujer que no pedía nada pero que contenía todo.
Se giró hacia el grupo.
—Yo seré el líder —dijo.
Las palabras cayeron sobre el grupo pero principalmente sobre Teka quien sintió que el suelo completo se partía bajo sus pies.
El silencio que siguió fue de evaluación.
Los rostros no reaccionaron al mismo tiempo.
Algunos miraron a Tarek. Den miraba a Teka.
Otros miraron hacia el borde, como si esperaran que algo desde abajo los contradijera o los confirmara.
Uno de los cabezas de familia dio un paso al frente.
—No es así.
—Alguien tiene que hacerlo. No podemos avanzar sin dirección.
—Sí. Alguien tendrá que hacerlo. Pero no hoy. No así. Las decisiones de este tipo no se toman de forma individual.
Tarek apretó los dientes. Había algo en esa respuesta — en la forma en que el hombre lo dijo, con calma que era también firmeza — que no era rechazo pero tampoco era bienvenida.
—¿Y si no regresa? ¿Si esa espera no termina de otra manera?
Nadie respondió de inmediato. La pregunta estaba ahí, en el centro de todos, con el peso de las preguntas que la gente lleva tiempo pensando antes de que alguien las pronuncie en voz alta.
Teka ya había levantado a Kane su niño pequeño y lo abrazaba fuerte como si ese niño fuera lo último que ella tenía de su hombre.
Fue entonces cuando Den habló. No se adelantó con rapidez ni buscó imponerse.
Simplemente ocupó el espacio cuando el silencio ya se había extendido lo suficiente para ser incómodo.
—Lo sabremos —dijo— si el líder no regresa.
Esas palabras más. No resolvieron la tensión. La contuvieron. Y en ese equilibrio frágil, el grupo encontró la forma de mantenerse junto por esa noche.
Nara no dijo nada cuando regresaron al fuego.
Tarek la conocía demasiado bien para no leer lo que su silencio contenía.
Ella había visto algo en ese borde — en la forma en que él se había quedado mirando hacia abajo, en la forma en que había pronunciado esas palabras al grupo — y lo que había visto le confirmaba algo que llevaba tiempo preguntándose.
Su destreza como cazador o como padre no estaba en cuestión.
Lo que le confirmaba era más difícil de nombrar: que Tarek y el grupo estaban empezando a necesitar cosas distintas, y que ese espacio entre las necesidades distintas, si seguía creciendo, terminaría siendo más ancho que cualquier grieta del hielo.
Aren dormía en su pecho. El fuego era bajo. La noche era larga.
Nara pensó en Kael. En la manera en que él había alzado la mano y el grupo había reducido el paso para Den cuando el pie arrastraba.
En la diferencia entre ese gesto y el gesto de esta noche, cuando Tarek había señalado el vacío en el centro del grupo con el mismo índice con que señalaba la presa en la distancia.
La diferencia importaba. Ella la conocía. El grupo la conocía también, aunque todavía no hubiera encontrado las palabras para decirla.
Con la mano que tenía libre, buscó entre sus pieles hasta encontrar la piedra. La sostuvo un momento en la palma — fría, densa, exactamente del mismo peso que cuando la recogió. No sabía todavía lo que significaba guardarla. Solo sabía que no iba a soltarla.
La noche descendió sin completarse del todo, fragmentada por esa luz que en esas tierras no desaparecía del todo en ciertas épocas — esa claridad indecisa entre el día y la noche, donde todo parece más provisional de lo que es.
El borde seguía ahí, invisible en la oscuridad pero imposible de olvidar.
Como una marca en la tierra que ya formaba parte de su historia, aunque nadie hubiera decidido todavía qué significaba.