El Muro 49
Capítulo IV
El Muro
Los días siguientes se acumularon sin forma precisa, como si el tiempo hubiera decidido dejar de organizarse en ciclos reconocibles y prefiriera simplemente depositarse en los cuerpos de quienes lo vivían.
El grupo avanzó con una certeza silenciosa que no necesitaba declararse: no había regreso posible.
Cada paso los alejaba más de todo lo conocido y los obligaba a aceptar que el camino solo existía hacia adelante — que la dirección no era una elección sino la única forma que tenía el mundo de recibirlos.
La cría de mamut, aún torpe en sus movimientos pero más resistente de lo que nadie habría esperado, comenzó a integrarse al ritmo del grupo de una manera que nadie había planificado pero que resultó obvia una vez que ocurrió.
Amarraron palos a los costados de su cuerpo pequeño y tensaron pieles entre ellos hasta formar una estructura rudimentaria que permitía transportar carga sin depender únicamente de la fuerza humana.
Había algo en ese arreglo que nadie nombró en voz alta: la madre viajaba ahora en piezas sobre las camillas, sosteniendo al grupo desde su muerte con la misma eficiencia con que lo había sostenido en vida, mientras la cría cargaba su peso sin saber que también cargaba el de ella.
El hielo fue cediendo, con una lentitud que parecía calculada — la naturaleza cambiando sin querer ser notada.
El suelo comenzó a aparecer en ciertos puntos debajo de capas delgadas de nieve derretida — oscuro y húmedo, con una textura que ninguno de ellos había pisado en mucho tiempo.
Había algo perturbador en esa sensación: la tierra viva debajo de los pies después de tanto tiempo sobre el hielo.
Como encontrarse con algo familiar que se había olvidado que existía y que al existir de nuevo recuerda también todo lo que estaba ausente.
Aren viajaba pegado al pecho de Nara, envuelto en piel nueva.
Dormía más de lo que estaba despierto, y cuando abría los ojos lo hacía con una quietud que desde el principio no correspondía a su edad ni al lugar donde había llegado.
Las mujeres lo observaban con una atención que iba más allá del cuidado ordinario.
No hablaban abiertamente de ello. Pero la forma en que lo miraban era diferente a la forma en que miraban a los otros recién nacidos — más cuidadosa, más larga, como si buscaran en ese rostro pequeño algo que todavía no sabían si lo que veían era real o era lo que querían ver.
Las montañas llenas de pinos surgían con mayor frecuencia en el horizonte, elevaciones sólidas que servían de referencia en un paisaje que comenzaba a perder su uniformidad blanca y a revelar una complejidad que el hielo había estado ocultando.
Lo vieron antes de entender lo que era.
Primero fue la escala. El ojo tardó en aceptar lo que miraba porque la mente buscaba un marco conocido y no lo encontraba — buscaba algo con qué compararlo y llegaba al final de todo lo que había visto sin encontrar nada equivalente.
El grupo se detuvo sin que nadie lo ordenara, con ese instinto colectivo que emerge cuando el terreno exige detenerse y observar antes de continuar.
Algunos dieron un paso atrás sin notarlo. Otros simplemente dejaron de moverse.
El muro de hielo se extendía frente a ellos de horizonte a horizonte, bloqueando el paso con una solidez que parecía haber existido antes de que existiera cualquier otra cosa que pudieran nombrar.
Era más antiguo que el hielo sobre el que habían caminado durante meses — más denso, más oscuro, de un azul que se profundizaba hasta casi el negro en los puntos donde la masa era más gruesa, y que en los bordes y en las grietas adquiría un color que ninguno de ellos tenía nombre para describir: el color de algo que ha existido más tiempo del que un hombre puede imaginar y que no tiene prisa por cambiar porque el tiempo, para esa cosa, no funciona igual que para los seres que lo miran desde abajo.
En su punto más alto alcanzaba tal vez ochenta metros.
Quizás más. La perspectiva no era confiable porque no había nada junto a él con qué compararlo, y los ojos que intentaban medir su altura terminaban perdiéndose en la superficie vertical que subía y subía sin ofrecer ningún punto de referencia humano.
La base se hundía en el terreno con una firmeza que hacía evidente que lo que asomaba era una fracción de todo — que ese muro tenía raíces en la tierra que llegaban más profundo que cualquier cosa que cualquiera de ellos hubiera cavado o visto cavar, que lo visible era apenas la declaración de lo que había debajo.
Y desde lo alto caía el agua.
En varios puntos separados a lo largo del muro, donde el deshielo producía cascadas que descendían con una fuerza que se escuchaba antes de verse: un rugido sordo y constante que llenaba el aire frío y que, una vez percibido, era imposible ignorar.
El agua golpeaba el terreno al pie del muro y había excavado con el tiempo cuencas profundas rodeadas de roca húmeda y de musgo que crecía en los únicos puntos donde la humedad era constante y el frío no llegaba con suficiente fuerza para matar todo.
Era el único verde que el paisaje ofrecía, y su existencia en ese lugar se sentía improbable y exacta al mismo tiempo.
Algunos se acercaron. Sus pies encontraron el suelo mojado antes de que sus ojos lo vieran, y se detuvieron al borde de una de esas cuencas mirando hacia abajo, hacia el agua que giraba lentamente en el fondo con un movimiento que no parecía ir a ningún lado pero que tampoco se detenía.
El frío que emanaba del muro era diferente al del aire abierto: más concentrado, más antiguo, como si la temperatura viniera del interior de algo que había guardado ese frío desde antes de que ninguno de ellos existiera.
Nadie habló durante un tiempo.
Nara tampoco.
Tenía a Aren pegado al pecho bajo las pieles, dormido con esa profundidad de los recién nacidos que no distinguen entre el día y la noche ni entre lo ordinario y lo imposible.
No sabía lo que tenía delante — era demasiado pequeño para saber nada todavía — pero Nara sí lo sabía, y en ese momento, mirando algo que ningún ser humano había visto antes, pensó que había algo extraño y correcto al mismo tiempo en que las primeras semanas de vida de su hijo transcurrieran así: frente a lo más grande que el mundo había mostrado hasta entonces, sin entenderlo, pero presente.
Completamente presente. Eso también era una forma de verlo.
Bajó los ojos hacia él un instante. Luego volvió a mirar el muro.
Junto a sus pies, entre la nieve compactada y la tierra oscura que el deshielo había comenzado a exponer en los bordes, había una piedra.
Plana, con los bordes redondeados por el tiempo y el agua y la presión de todo lo que había estado encima de ella durante más tiempo del que cualquiera podía imaginar.
Cabía en una palma. Tenía el color del hielo viejo — gris azulada, con una densidad que no correspondía a su tamaño.
Nara se agachó sin soltar a Aren y la recogió.
Era bonita y el momento era demasiado grande para dejarlo pasar sin llevarse algo de él.
No sabía todavía por qué la guardaba. Sabía que algún día lo sabría.
La guardó entre sus pieles con el mismo gesto con que se guarda cualquier cosa que merece ser recordada antes de saber exactamente por qué merece serlo.
Luego siguió mirando el muro.
Uno de los cazadores giró la cabeza y preguntó, sin dirigirse a nadie en particular, qué habría detrás.
Kael lo miró. No respondió de inmediato. Pero la pregunta se instaló en todos con esa permanencia que tienen las preguntas que expresan algo que ya estaba ahí, flotando, esperando que alguien la dijera en voz alta para poder existir.
El grupo tenía que buscar un paso seguro. Subieron rodeando el extremo con la cautela que el momento requeria y se detuvieron al borde de lo que encontraron. Lo que había detrás era más difícil de comprender que el muro mismo.
Nadie habló. Cayó un silencio distinto — el de sesenta personas mirando algo para lo que no tenían idioma todavía y que sabían, sin poder articularlo, que lo que tenían delante iba a cambiar la manera en que entendían todo lo que habían conocido hasta ese momento.
El agua se extendía en una superficie que no tenía límite visible desde donde estaban: miles y miles de pasos de lago quieto, cubierto en parte por bloques de hielo que flotaban sin orden, derivando con una lentitud que hacía parecer que el agua misma respiraba.
El mar tenía olor, tenía movimiento constante, tenía ese ruido de fondo que se metía en los huesos.
Esto era diferente. Silencioso. Estático.
El mar siempre se movía, siempre decía algo; esto callaba — enorme de un modo que el mar no podía igualar, con la profundidad de algo que no necesitaba hablar para existir.
Cuando uno de los jóvenes se arrodilló en la orilla y tocó el agua con los dedos y luego se los llevó a los labios, la diferencia se volvió absoluta.
Era dulce.
La palabra no existía para ellos tal como existe ahora.
Pero el concepto sí: agua que podía beberse.
Agua que resolvía la sed en lugar de intensificarla.
Agua en una cantidad que ninguno de ellos había visto junta en toda su vida — que probablemente ningún ser humano había visto junta en toda la historia de su especie hasta ese momento.
Se miraron entre sí con la expresión de quienes acaban de encontrar algo para lo que no tienen idioma todavía.