La Grieta 21
Capítulo II
La Grieta
Los cuatro jóvenes de la retaguardia no necesitaban que nadie les recordara su tarea.
La habían aprendido a la manera en que se aprende todo lo que importa de verdad: con el cuerpo antes que con la mente, en momentos donde el error no se discutía después sino que se pagaba de inmediato, con consecuencias que permanecían mucho después de que el momento hubiera pasado.
Rotaban la mirada de forma constante — hacia los lados, hacia atrás, hacia los puntos donde la nieve acumulada entre rocas podía ocultar algo que los siguiera sin prisa, calculando la distancia con la paciencia de quien sabe que su presa no puede correr indefinidamente.
Conocían ese juego porque ellos mismos lo jugaban.
Y en ese mundo, lo que intentaba cazarte podía convertirse en lo que te sostenía un día más, siempre que reaccionaras antes y con más determinación.
Esa mañana no había señales de seguimiento.
El viento venía del frente, lo que significaba que nada podía acercarse por detrás sin que el olor llegara primero.
Aun así, no bajaban la guardia. El viento también cambiaba.
Y el momento en que uno creía tener control sobre algún elemento de ese entorno era exactamente el momento en que ese elemento le demostraba que no.
La grieta no apareció de golpe.
Primero fue un sonido que llegó desde abajo, desde lo que había bajo el hielo: un crujido largo y grave que se propagó por el hielo en todas las direcciones al mismo tiempo, como si algo enorme hubiera cambiado de posición bajo sus pies.
Algunos se detuvieron antes de entender por qué.
El cuerpo siempre llega antes que la mente a lo que amenaza.
Luego la vieron.
Una línea oscura cruzó el blanco frente a ellos, primero delgada como un trazo hecho con carbón mojado sobre piedra lisa, luego ensanchándose con una lentitud que resultaba más aterradora que si hubiera ocurrido de golpe.
No hubo estallido: una apertura deliberada, como si el hielo llevara tiempo esperando este momento y finalmente hubiera decidido que ya era suficiente.
El crujido que acompañó la fractura llegó sucio, en una sucesión de pequeños cedimientos, cada uno anunciando el siguiente, como una cadena de decisiones irrevocables tomadas en rápida sucesión.
Los bordes se acomodaron con un golpe seco y definitivo, y entre ellos apareció la oscuridad de abajo: una profundidad sin fondo visible que olía a agua antigua y a tierra que no había visto la luz en un tiempo imposible de calcular.
El frío que subía desde esa abertura era distinto al del aire.
Más húmedo. Más denso. Como el aliento de algo que hubiera estado esperando que alguien la abriera.
Del otro lado, el mamut.
Estaba ahí, por fin al alcance de la vista, y era más grande de lo que el rastro hacía suponer.
Su lomo se elevaba muy por encima de la cabeza del hombre más alto del grupo, cubierto de un pelaje denso y oscuro apelmazado por el frío y el esfuerzo acumulado en días que el animal no había podido descansar del todo.
Una de sus patas delanteras temblaba levemente al apoyarse — la herida invisible pero evidente en la forma en que distribuía su peso sobre las otras tres, en la manera en que cada paso hacia ese lado la hacía pausar una fracción de segundo antes de continuar, como si el cuerpo necesitara convencerse de que el suelo aguantaría.
Sus colmillos, amarillos y curvos, colgaban con el peso de años formados en batallas y en terrenos que el grupo nunca había visto.
Kael fue el primero en notarla, pegada al flanco del animal herido que habían seguido durante tres días.
Con esa torpeza específica de las crías que aún no han aprendido a calcular el espacio que ocupan en relación con el mundo, una cría observaba al grupo con los ojos muy abiertos.
No había miedo en esos ojos. Solo algo anterior al miedo — esa atención pura e indiferente de los seres que todavía no han aprendido que deben tenerlo.
Kael entendió en ese instante que lo que habían seguido durante tres días no era solo un animal herido. Era una madre.
Alzó la mano. El grupo se detuvo.
No se lanzó a la caza. Estudió la grieta: su ancho en distintos puntos, la forma en que los bordes se habían partido — algunos limpios, otros fragmentados y traicioneros —, los tramos donde el hielo parecía más compacto y los donde aún se oía ese crujido sordo que indicaba tensión no resuelta.
Estudió a la hembra: su postura, la distancia entre ella y la cría, la forma en que mantenía el cuerpo orientado con el flanco derecho interpuesto entre su cría y los humanos que la miraban desde el otro lado de la fractura.
Calculaba. Un animal que ha tenido crías antes sabe exactamente dónde colocarse.
—Nadie va a correr —dijo, sin elevar la voz.
Pero la orden no llegó a todos de la misma forma.
Tarek ya miraba la cría. Había algo en la separación entre los dos animales — apenas unos pasos de hielo inestable, apenas un instante de incertidumbre en las patas de la cría sobre la superficie que vibraba — que habló a una parte de él que no calculaba sino que contaba: los días sin cazar, las noches en que las reservas habían disminuido y nadie lo decía en voz alta, los ojos de las mujeres cuando miraban a sus hijos y luego miraban otro lado.
Levantó un pie. Lo sostuvo sobre el borde de la grieta un segundo entero — un segundo donde todavía podría haberlo bajado, donde el cuerpo y la mente todavía negociaban — y luego lo puso donde ya no había vuelta atrás.
—¡Ahora! —gritó.
Dos hombres lo siguieron sin pensarlo. Eran hijos de la misma madre, y eso se notaba en todo: en la forma de moverse, en el ancho de los hombros, en la manera de sostener la lanza con el brazo ligeramente doblado hacia afuera como si el arma fuera una extensión natural del cuerpo.
Solo se los distinguía de frente, y solo con atención: en la cara del mayor cruzaba una cicatriz desde la ceja izquierda hasta la mandíbula, ganada en un encuentro nocturno con un lobo que casi terminó de otra manera. El menor no tenía cicatriz todavía.
Eran valientes con esa valentía que no mide consecuencias porque confía en que el impulso es suficiente para compensar lo que falta de cálculo.
El hielo crujió bajo sus pies al acercarse al borde. La grieta no era uniforme: en algunos puntos apenas se abría lo suficiente para que un hombre pudiera saltar con impulso y esperanza. En otros, la oscuridad de abajo no tenía fondo visible. Tarek evaluó el tramo más estrecho, calculó, y saltó.
El impacto de sus pies al otro lado fue firme. Por un segundo, pareció que había funcionado.
Luego el hielo respondió.
El crujido fue diferente al anterior: más agudo, más cercano a la superficie, como si el hielo avisara con el único lenguaje que tenía que había llegado al límite. Los dos hermanos en la orilla dudaron. El mayor levantó el pie que ya apuntaba al salto. El menor retrocedió medio paso. Ninguno cruzó.
—¡Regresen! —ordenó Kael.
Tarek no lo escuchó, o decidió no hacerlo, que en ese momento era lo mismo.
Estaba mirando a la cría, que se había desplazado hacia la madre al sentir el impacto humano sobre el hielo.
La hembra reaccionó con un bramido que abrió el aire frío como un hachazo — profundo y resonante, con una frecuencia que se sentía más en el pecho que en los oídos — y colocó su cuerpo entre Tarek y la cría con una precisión que no tenía nada de torpe.
Era una madre evaluando la distancia entre la amenaza y lo que protegía.
Tarek avanzó un paso más con la lanza en alto.
—No va a resistir —dijo, con la respiración agitada por el salto—. Necesitamos esto. El grupo necesita esto.
Desde el otro lado de la grieta, Kael lo observaba. Había una distancia entre ellos que no era solo hielo.
—Estás solo contra dos —dijo—. Míralo bien.
Tarek apretó los dientes. Miró hacia atrás.
La grieta parecía más ancha desde este lado.
Quizá era la distancia. Quizá era que el hielo había seguido moviéndose mientras él estaba parado sobre él.
El borde desde donde había saltado se veía distinto desde aquí: más profundo de lo que había calculado.
Lo que parecía firme ahora vibraba bajo sus pies, una vibración que no tranquilizaba.
Un desplazamiento leve recorrió la superficie — demasiado profundo para ser de la capa superior, demasiado cercano para ignorarse.
Luego otro. La grieta se extendió hacia la derecha con un sonido que parecía venir de todas partes al mismo tiempo.
El aire olió a tierra oscura y agua fría que llevaba mucho tiempo esperando ver la luz.
—¡Se está abriendo! —gritó alguien del grupo.
Los dos hermanos en la orilla retrocedieron dos pasos rápidos y simultáneos.
Tarek perdió el equilibrio — no por el movimiento del hielo sino por el instinto de buscarlo con los ojos en lugar de sentirlo con los pies — y cayó de rodillas sobre la superficie que vibraba.
La lanza se clavó junto a su mano y lo sostuvo lo suficiente para que no siguiera cayendo.
Kael ya se movía. El grupo respondió sin que nadie lo indicara: los cazadores hacia el hielo más denso, los jóvenes ajustando las camillas, las mujeres recogiendo a los niños más pequeños sin que nadie se los pidiera.
Todo ocurrió en el espacio de unas pocas respiraciones — una eficiencia que no se planifica, sino que emerge de un grupo que ha practicado la supervivencia el tiempo suficiente para que el miedo y la acción sean lo mismo.
—¡Atrás! ¡Mantengan distancia!
Tarek se puso de pie, evaluó el borde, y saltó. Aterrizó mal, con el peso hacia la izquierda, y rodó sobre el hielo hasta que una mano lo detuvo. Era el hermano mayor.
Nadie habló. Por un instante el grupo entero contuvo la respiración, porque mientras el silencio durara todavía era posible no saber con certeza lo que el cuerpo de cada uno ya sabía.
El hermano mayor fue el primero en mirar hacia abajo.