Nadie recuerda a Nora 86
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La compuerta subió lo suficiente.

Baeza intentó arrastrarse, pero la pierna estaba destrozada. Julia y yo tiramos de él. Nora, sentada contra la pared, mantenía una tela sobre la boca.

El hueco no permitía pasar de pie. La chapa estaba caliente y el borde inferior tenía restos de pintura levantada.

Luján colocó una barra para impedir que cayera y pasó primero a Nora.

Después arrastramos a Baeza sobre una manta, evitando que la pierna quedara atrapada.

Salvarlo exigía tiempo y fuerza que ninguna persona presente quería concederle.

Fuera, la lluvia enfriaba la ropa cubierta de polvo.

Las luces de emergencias coloreaban el camino y hacían visible la magnitud del recinto: naves, depósitos, canalizaciones y edificios secundarios.

La operación que parecía concentrada en una sala ocupaba hectáreas de infraestructura y había requerido años de mantenimiento.

Los sanitarios clasificaron heridos mediante tarjetas.

Baeza recibió atención inmediata por riesgo hemorrágico.

Julia fue esposada después de que se controlara su herida.

Nora quedó envuelta en una manta y apartada del paso de detenidos.

La separación física empezó a imponer un orden que dentro de la fábrica había sido imposible.

Miré el edificio arder y comprendí que la salida no cerraba la historia. Cada persona llevaba una versión, cada dispositivo contenía fragmentos y cada intervención había alterado la escena. Sobrevivir solo nos devolvía la posibilidad de discutir qué había ocurrido.

—Deberíamos dejarlo —dijo Julia.

Baeza soltó una carcajada dolorosa.

—Por fin una decisión sincera.

—No —respondí—. Salimos todos.

El corredor principal estaba sellado. Utilizamos el conducto de mantenimiento hacia la sala de moldes. El humo nos seguía. Julia cargó con parte del peso de Baeza a pesar de su brazo herido. Nora avanzaba saltando sobre una pierna y apoyada en mí.

Las sirenas exteriores eran más fuertes. Los bomberos habían entrado por la nave oeste .

En la sala de moldes encontramos a Luján con dos agentes. Se hizo cargo de Baeza y Julia. Un bombero levantó a Nora. Ella se resistió hasta que vio que yo caminaba detrás.

—No me voy sin ella.

—Va contigo —dijo el bombero.

Aquel va contigo valía más que todas las promesas anteriores.

Salimos a la noche.

La fábrica expulsaba humo por las ventanas rotas. Ambulancias y vehículos policiales llenaban la explanada. Habitantes del pueblo observaban desde la carretera. La existencia de Nora ya no podía reducirse a una conversación privada.

Daniel estaba dentro de una ambulancia. Un sanitario nos permitió verlo antes de trasladarlo. Tenía oxígeno, una vía y el pecho cubierto de apósitos.

—Presenta una herida torácica penetrante y posible lesión pulmonar —dijo—. Está inestable, pero responde.

Nora se inclinó junto a él.

—Hemos cerrado el Libro.

Daniel abrió los ojos.

—Bien.

—Puede que se haya perdido.

—Tú no.

La frase habría sido perfecta si no la hubiera preparado el dolor. Aun así, Nora apoyó la frente en su mano.

La ambulancia partió hacia Segovia.

Adela apareció en otra camilla, con Inés a su lado. Las dos estaban conscientes. Mi madre me entregó el sobre de Marta; la cinta ya había sido enviada.

—Pensé que no volvería a verte —dijo.

—Yo también.

—¿Qué queda del Libro?

—Ochenta y tres por ciento exportado, pero el cierre pudo invalidarlo. Algunos paquetes salieron parcialmente.

Nora buscó su emisor.

—No parcialmente.

—¿Qué quieres decir?

—Antes de cerrar, cambié el destino de los paquetes completados. No esperaban al final. Cada capa terminada se envió por separado .

—¿Adónde?

—A Teresa, a Iago y a siete periodistas. También a una cuenta que creé con verificación múltiple.

—¿Cuánto salió?

—Todo el árbol de pagos, los cierres forzados, las grabaciones y setenta y uno por ciento de las referencias judiciales. Las identidades de salida iban en la parte final. El cierre las protegió.

Julia, sentada bajo custodia a pocos metros, levantó la cabeza.

—Separaste la exportación incremental.

Nora asintió.

—Clara dice que nunca hay que esperar al final para hacer la primera copia.

Sentí una risa y un sollozo al mismo tiempo.

—Entonces tenemos prueba suficiente —dijo Luján.

—No para todo —respondí—. Pero sí para impedir que vuelva a enterrarse.

Dos bomberos sacaron a Andrés en una camilla. Estaba consciente y esposado. Al pasar junto a Nora, intentó hablar.

—Sara.

Ella no se volvió.

—Me llamo Nora —dijo—. Hasta que yo decida otra cosa.

Andrés fue trasladado bajo custodia.

Julia permanecía mirando el incendio.

—Umbral ha terminado —dijo.

—No —respondí—. Ha terminado tu derecho a administrarlo en secreto.

—Cuando aparezca la primera mujer muerta porque una referencia quedó expuesta, recordarás esta noche.

—La recordaré de todos modos.

—Y te preguntarás si elegiste bien.

Miré a Nora, a mi madre, la ambulancia que se llevaba a Daniel y la fábrica donde ardían las máquinas con las que habíamos decidido vidas.

—Sí —dije—. Pero la duda ya no te pertenecerá.