Nadie recuerda a Nora 75
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Daniel cayó sin hacer ruido.

El cuerpo humano no se comporta como en las películas. No sale despedido ni pronuncia una frase final a tiempo. Se pliega. Una rodilla, luego la otra, como si hubiera decidido sentarse y olvidara que no hay silla.

La bala atravesó la ropa a la altura del costado y dejó una mancha que se extendió con rapidez.

Durante un instante, mi mente intentó reducirlo a anatomía: trayectoria, respiración, color de la piel.

Era la forma en que había aprendido a no paralizarme.

Después vi el reloj que llevaba desde que nació Nora y comprendí que el cuerpo en el suelo era también todos los desayunos, discusiones y esperas que la mentira no había conseguido borrar.

El suelo estaba cubierto de polvo de vidrio.

Cada movimiento podía introducir fragmentos en la herida.

Nora despejó un espacio con las manos protegidas por las mangas.

Yo presioné alrededor del orificio sin retirar la tela.

Daniel respiraba de manera superficial, con pausas que parecían demasiado largas.

La escena no permitía heroísmo; exigía tareas pequeñas y exactas.

La exportación continuaba en las pantallas.

El porcentaje subía mientras Daniel perdía sangre.

Aquella simultaneidad contenía el dilema que había gobernado Umbral: una prueba colectiva frente a una persona concreta.

Durante años habíamos justificado daños presentes por la posibilidad de salvar vidas futuras.

Arrodillada junto a él, entendí que cualquier sistema que necesitara olvidar al cuerpo que tenía delante terminaría pareciéndose al enemigo que decía combatir.

—¡Papá!

Nora corrió hacia él.

Andrés intentó levantarse. Le disparé con el arma caída de Daniel. La bala le atravesó el hombro y lo lanzó contra la pared. No murió. Gritó, se llevó la mano a la herida y me miró con incredulidad, como si yo hubiera incumplido una regla privada.

—Nora, presiona aquí —dije.

La sangre de Daniel salía por debajo de la clavícula. Podía haber alcanzado un pulmón, una arteria o solo tejido. No había tiempo para saberlo.

—No te duermas —repetía Nora—. Papá, no te duermas.

Daniel abrió los ojos.

—No pensaba hacerlo.

La voz era apenas aire.

El archivo frío se iluminó. Filas de servidores aislados y una consola central. Introduje la placa de Nora y la tarjeta de Elena. La raíz reconoció las tres capas.

EXPORTACIÓN SEGURA: 11:48.

El contador externo había llegado a cero, pero la apertura de la puerta lo mantenía en pausa. Si se cerraba o se perdía energía, publicaría.

—Necesito once minutos —dije.

—La ambulancia —murmuró Daniel.

No había cobertura bajo tierra. Nora sacó el emisor.

—Puedo repetir la señal por el cable.

Conectó el dispositivo y envió las coordenadas del archivo, el estado de Daniel y una petición de soporte médico.

Andrés se arrastró hacia su arma.

Le apunté.

—No.

—Si no detienes la exportación, Julia controlará el Libro.

—La exportación va a una fiscal.

—Teresa Vidal pertenece a Julia.

—Mientes.

—Pregúntale por Elena.

Julia apareció en la puerta, con el brazo ensangrentado.

—Teresa era hermana de Elena Vidal —dijo—. Nunca trabajó para mí.

—Pero conoce Umbral.

—Conoce la parte que Marta quiso entregarle.

—La parte que la habría convertido en cómplice —respondió Andrés.

Julia se acercó a la consola.

—Clara, separa las identidades y envía. Yo mantendré la puerta.

—No te acerques.

Se detuvo.

—La firma de Marta que has usado durante once años —dije—. ¿Cuántas operaciones validaste con ella?

—Cuatrocientas diecinueve.

—¿Cuántas eran protección?

—Trescientas seis.

—¿Y el resto?

—Financiación, cobertura, intercambios.

—Personas vendidas.

—Identidades vendidas.

—No hay diferencia para quien vive dentro.

Julia no respondió.

La exportación avanzaba: nueve por ciento.

Nora miró el vídeo de nacimiento que aparecía en una ventana lateral.

—Quiero reproducirlo.

—Ahora no —dije.

—Puede contener la declaración de Marta sobre Andrés.

Tenía razón. Abrí el archivo sin incluirlo en la exportación pública.

La imagen tembló. Marta estaba en la camilla de Casa Cero, sudada y pálida, con Nora recién nacida sobre el pecho. Adela aparecía junto a ella. La comadrona hablaba desde fuera de plano.

—Di la fecha y el nombre que deseas registrar provisionalmente —pidió Elena.

—Tres de agosto. Sara Galván Rivas.

Marta miró a cámara.

—Si Andrés ve esto, que quede claro que me he ido porque me golpeó, me vigiló y amenazó con quitarme a mi hija. Si me ocurre algo, no ha sido un accidente.

Andrés cerró los ojos.

—Apágalo.

Nora se volvió hacia él.

—¿La empujaste?

No respondió.

—¿La estrangulaste?

—Forcejeamos.

—¿La dejaste viva?

—Sí.

—¿Pediste ayuda?

—No.

La palabra quedó grabada por las cámaras del archivo, por el emisor de Nora y por el sistema que él mismo había activado.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Andrés la miró por fin no como un activo ni como una hija imaginada, sino como la persona que podía juzgarlo.

—Porque si vivía, me lo quitaría todo.

—¿A mí también?

—Tú eras mía.

Nora dio un paso atrás.

—Nunca.

La exportación llegó al veinte por ciento.

Arriba comenzaron a sonar sirenas.

Daniel dejó de respirar.