59
Julia llegó a la fábrica por la entrada norte.
Baeza la esperaba junto a los antiguos hornos. Tenía la ropa cubierta de polvo y sostenía una tarjeta de memoria entre los dedos.
—La menor la escondió en la zapatilla.
Julia no la cogió.
—Esa tarjeta está marcada.
—Es la original.
—Nora no marcaría la original para identificarla. Marcaría una copia para que creyeras que era importante.
Baeza apretó la mandíbula.
—La niña y Adela están en los conductos.
—¿Por qué no las tienes?
—La casa conserva mecanismos que no figuran en los planos.
—Porque Clara los diseñó.
—Andrés ha tomado la sala central. Ha conectado su copia del índice y ha iniciado una distribución automática.
—No puede autenticar sin la raíz.
—Cuenta con que Clara se la entregue.
Julia miró las luces de la fábrica. Había tardado diecisiete años en construir una estructura que no dependiera de un lugar, una persona o una institución. Aun así, todos los caminos terminaban en una casa, una niña y una mujer que se negaba a aceptar que la seguridad tenía un precio.
—Cierra la salida al embalse —ordenó—. No dispares a Nora.
—Andrés ha dado otra orden.
—Andrés no dirige Umbral.
—Esta noche dirige a los hombres armados.
Baeza dio un paso. Ya no era el operador joven que preguntaba cuántas identidades podían crearse en una semana. Había aprendido que los sistemas clandestinos obedecen a quien controla la violencia, no los protocolos.
—¿Para quién trabajas? —preguntó Julia.
—Para quien siga vivo mañana.
Ella sacó el arma y disparó.
La bala alcanzó a Baeza en el hombro. Él cayó detrás de una máquina y respondió. Julia se protegió tras una columna.
El intercambio duró segundos. Cuando terminó, Baeza había desaparecido entre las cintas transportadoras.
Julia avanzó hacia la sala central. Encontró a Andrés junto a los servidores y a Daniel atado.
—Has iniciado la distribución —dijo.
—Necesitaba motivar a Clara.
—Has enviado una señal a todos los nodos.
—Eso los mantendrá ocupados.
—Eso les permitirá rastrearnos.
Andrés señaló el contador.
—Treinta minutos. Cuando llegue, Clara habrá elegido.
—¿Y si no te entrega la raíz?
—Publicaré los nombres sin autenticar. Los medios harán el resto. Una dirección verdadera entre cien falsas basta para provocar una tragedia.
Daniel levantó la cabeza.
—No quieres demostrar nada. Quieres obligarla a validar tus archivos para que puedas venderlos.
Andrés sonrió.
—Siempre ha sido rápido.
Julia se acercó al panel.
—Cancela la distribución.
—No.
—Nora está dentro de la fábrica.
—Mejor. Así verá lo que su madre considera más importante.
—No eres su padre. Eres su origen biológico.
—¿También tú?
—La paternidad es continuidad. Tú solo aportaste una amenaza.
Andrés la agarró del cuello y la empujó contra el panel.
—Tú me mantuviste libre.
—Porque eras útil.
—Y tú seguiste viva porque yo conservé tus nombres.
Se miraron con el reconocimiento íntimo de dos personas que habían confundido durante años la dependencia con una alianza.
Daniel aprovechó para mover la silla hacia una mesa. En el borde había una cuchilla de embalaje. Comenzó a cortar la cuerda.
Julia vio el movimiento y no dijo nada.
—Clara viene por la ruta de extracción —dijo Andrés—. Baeza va detrás de la niña. Todo está donde debe.
—No —respondió Julia—. Has cometido el mismo error que hace once años.
—¿Cuál?
—Creer que Marta solo dejó una copia.