Nadie recuerda a Nora 40
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Julia me dejó sola durante siete minutos.

Los conté por el reloj de pared. Aproveché para examinar el sótano.

Las paredes de ladrillo estaban cubiertas por pintura lavable y el suelo tenía desagües, más propios de una sala de preparación que de un archivo.

Había marcas donde se habían retirado armarios, cables cortados a distintas alturas y orificios sellados en el techo.

San Dimas había cambiado de función sin perder la infraestructura necesaria para contener personas y limpiar rastros.

El ordenador utilizaba un sistema mínimo y no aceptaba dispositivos sin autorización.

La tarjeta no estaba leyendo una carpeta: ejecutaba una verificación que esperaba una respuesta externa.

En el borde de la mesa encontré una tira de papel térmico con números incompletos.

Los memoricé en grupos de tres; usar el teléfono habría revelado actividad.

Los siete minutos tampoco eran un descuido.

Una cámara visible cubría la puerta y una lente mínima asomaba dentro del detector de humo.

Julia quería observar qué hacía cuando creía estar sola.

Examiné las salidas, fingí ignorar el equipo y dejé que el miedo al reloj pareciera más grande que mi interés por la pantalla.

La baliza de Daniel seguía adherida bajo la correa. No sabía si la estructura del sótano permitía que la señal saliera. La tarjeta de memoria que Julia había recogido estaba conectada a un ordenador aislado; en la pantalla, una carpeta vacía y una línea de código se repetían.

Abrí un cajón. Encontré formularios antiguos, sellos, fotografías de carnet. En el fondo había una carpeta con mi nombre.

No era el expediente digital. Era una evaluación clínica firmada por Elisa Montiel.

La paciente presenta recuerdos intrusivos, conductas automatizadas y una narración defensiva centrada en la menor. Recomiendo integrar gradualmente la verdad biográfica. La supresión completa incrementará el riesgo de conductas disociadas.

Debajo, una nota manuscrita de Julia:

No integrar. La estabilidad de N. depende de la continuidad narrativa.

No habían seguido la recomendación médica. Habían elegido mi silencio porque facilitaba la estructura.

Seguí leyendo .

Durante los episodios de automatismo yo utilizaba el nombre Elena Vidal. Había alquilado coches, accedido a bases de datos y realizado pagos. Las fotografías frente a la oficina de Andrés podían pertenecer a esos periodos.

Pero una página contenía algo distinto: una declaración grabada seis meses antes, transcrita y firmada por mí.

Si vuelvo a buscar a Andrés, no intentéis detenerme. Significará que he localizado la parte del Libro que prueba el asesinato de Marta. Si me retenéis, Julia sabrá que la tengo. Daniel debe creer que sufro una recaída. Nora no puede saberlo hasta que yo pueda demostrarlo todo.

Mi firma era inconfundible.

No bastaba con llamarlos episodios disociativos.

Yo había construido una segunda conducta deliberada y luego había borrado de mi rutina cualquier registro. Me había engañado a mí misma para engañar a Julia.

La puerta se abrió.

Guardé la declaración bajo mi camisa.

Julia entró con dos vasos de agua.

—Has leído tu expediente.

No era una pregunta.

—Elisa recomendó decirme la verdad.

—Elisa no tenía que mantener viva a Nora.

—Tú necesitabas que yo creyera que estaba enferma.

—Lo estabas.

—Y después dejé de estarlo.

Julia me entregó un vaso. No bebí.

—Los trastornos no obedecen a decisiones.

—Pero las operaciones encubiertas sí.

Vi un cambio mínimo en sus pupilas.

—¿Qué has encontrado?

—Que me seguías porque yo quería que me siguieras.

—Eso no explica las cajas de Andrés.

—Eran mensajes. Cada una llevaba una pista para obligarlo a mover la copia que robó.

—No había ninguna copia en su poder.

—Entonces ¿por qué te llamó después de la cuarta?

Julia dejó el vaso.

—Porque estaba asustado.

—Andrés no se asusta de una mujer a la que consideráis inestable. Se asusta de algo concreto.

La memoria se abrió otro poco.

Yo en el portal de Andrés. La caja. Dentro no había una bala verdadera, sino un cilindro vacío con una microcámara. Quería grabar quién recogía el paquete. Quería seguir la ruta.

—La frase de recuperación —dije—. ¿Qué nombre no debe ser pronunciado? No era Nora.

—Abristeis el disco.

—Nora era una contraseña de nivel. La clave raíz es Elena Vidal.

Julia no respondió.

—La comadrona no murió —continué—. La convertisteis en identidad puente. Elena no era una persona, sino el nombre que usábamos para actuar fuera de nuestras vidas oficiales. Por eso el pasaporte estaba en la consigna. Por eso yo seguía a Andrés sin dejar rastro como Clara.

El silencio confirmó más que una respuesta.

—¿Dónde está la casa de Elena?

—No llegarás a tiempo.

—¿A tiempo para qué?

Julia miró el reloj.

—Para impedir que Nora deje de existir el domingo.