Nadie recuerda a Nora 34
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Alicia llevaba la comida a las ocho en punto.

Nora había contado el tiempo por el ruido del sistema de ventilación y por las visitas, porque le habían quitado el reloj. La primera bandeja fue desayuno. La segunda, comida. Aquella era la tercera. Debían de ser las ocho de la tarde del viernes.

La bandeja seguía una pauta nutricional calculada para mantener a Nora estable y reducir cualquier argumento de maltrato visible.

Había proteínas, fruta pelada, agua en botella sin etiqueta y una dosis exacta de su antihistamínico.

El cuidado material era parte del dispositivo de control.

Permitía a los responsables describir el encierro como protección y conservar fotografías donde la menor aparecía alimentada, limpia y sin lesiones evidentes.

Nora registraba detalles. La temperatura de la comida indicaba la distancia desde la cocina.

Las marcas de presión en la botella mostraban que alguien la había sostenido con guantes.

Una fibra azul en el borde de la bandeja coincidía con el uniforme de Inés.

El fondo tenía una etiqueta retirada cuyo adhesivo conservaba dos cifras.

Cada elemento podía ayudar a reconstruir el edificio o a identificar a quienes entraban.

La habitación cambiaba ligeramente después de cada periodo de sueño.

Una silla aparecía unos centímetros desplazada.

El recipiente de residuos se vaciaba sin que Nora oyera la puerta.

El espejo tenía una zona más limpia. Esos cambios demostraban que existía un acceso secundario o que la sedación alteraba su percepción del tiempo.

Nora decidió no consumir de inmediato todo lo que recibía y observó qué alimentos eran sustituidos con mayor rapidez.

Alicia intentaba mantener distancia, pero dejaba señales involuntarias: el cansancio en la forma de apoyar la bandeja, una uña rota, el olor a humo en la ropa, la mirada repetida hacia la cámara.

Nora comprendió que la mujer no ocupaba una posición estable dentro de Umbral.

Esa debilidad no garantizaba ayuda. Solo abría la posibilidad de que una orden futura encontrara resistencia.

Quedaba un día y unas horas hasta la fecha de cierre de su expediente.

—¿Qué significa fecha de cierre? —preguntó cuando Alicia entró.

La mujer dejó la bandeja.

—No sé de qué hablas.

—Entonces sabes exactamente de qué hablo.

Alicia se sentó en la silla. Tendría unos cuarenta años. Una línea blanca cruzaba su ceja y llevaba una alianza en una cadena alrededor del cuello.

—Cierre significa que una identidad deja de utilizarse.

—¿Voy a tener otra?

—Puede que sí.

—¿Y Clara?

—Tu madre también recibirá protección.

—No has dicho cuál.

Alicia suspiró.

—Marta te dio a luz. Clara te crió. Las dos cosas pueden ser verdad.

—¿Tú conociste a Marta?

—No.

—¿Y a Clara?

—Sí.

—¿Me quería cuando me llevó?

La pregunta salió más pequeña de lo que Nora quería. Miró la bandeja para no ver la respuesta en la cara de Alicia.

—Estaba aterrorizada —dijo la mujer—. A veces el amor empieza como miedo a perder algo.

—Eso lo dice la carta.

Alicia se quedó inmóvil.

—¿Qué carta?

Nora comprendió el error. Bajó la vista y cortó un trozo de tortilla.

—Una carta que imaginé.

—Nora.

—Sara.

La mujer se levantó y salió sin cerrar del todo. Nora oyó voces en el pasillo. No distinguió palabras, solo un nombre: Julia.

Esperó.

Había aflojado uno de los tornillos de la rejilla de ventilación con el borde metálico del cuaderno.

Lo retiró. El conducto era demasiado pequeño para pasar, pero contenía cables de red.

Nora había aprendido a distinguirlos de los eléctricos en un taller del colegio.

Cortó el revestimiento de uno con la esquina de la bandeja y sacó dos hilos.

No tenía ordenador. Tenía el pequeño dispositivo que había ocultado dentro de la suela de la zapatilla: una placa con memoria y un emisor de baja potencia que había comprado para un proyecto de ciencias.

Clara la habría castigado por llevarlo al campamento.

Clara castigaba primero y preguntaba después cuando tenía miedo .

Conectó los hilos como había practicado. Una luz verde se encendió.

El dispositivo no podía navegar, pero sí enviar un paquete breve a una dirección programada.

MAMÁ SI ESTÁS CON PAPÁ NO LE ENSEÑES LA CARTA.

Lo había enviado horas antes. No sabía si llegó.

Ahora escribió otro mensaje, pero no lo transmitió.

NO HE PEDIDO DESAPARECER. DIJE QUE QUERÍA SABER LA VERDAD.

Oyó una puerta abrirse. Guardó el dispositivo en la manga.

Inés entró.

—Tenemos que trasladarte.

—¿Adónde?

—A Casa Cero.

Nora conocía la fotografía. La casa de contraventanas azules.

—¿Julia va a llevar allí a Clara?

Inés evitó mirarla.

—Eso depende de Clara.

—No. Depende de lo que le digáis.

La directora recogió la mochila de Nora.

—Hay cosas que una niña no puede entender.

Nora se calzó despacio.

—Eso es lo que decís justo antes de hacer algo que entendería demasiado bien.