30
Julia cerró la puerta de la biblioteca con el talón.
No había nadie más a la vista, pero eso no significaba que estuviera sola. Nunca significaba eso con personas como ella. Su poder no procedía del arma, sino de la certeza de que las habitaciones se habían preparado antes de que los demás entraran.
Llevaba un traje oscuro sin chaqueta y zapatos planos.
No había nada llamativo en su apariencia, pero cada objeto que portaba tenía una función: reloj sin conexión, guantes finos en un bolsillo, bolígrafo metálico capaz de romper cristal y una cartera con compartimentos blindados.
Julia no necesitaba parecer poderosa. Había eliminado de su aspecto todo lo que pudiera convertirse en recuerdo distintivo.
Se situó entre la mesa y la única salida sin mirar atrás.
Desde allí controlaba la tarjeta, mi cuerpo y el reflejo de las ventanas.
Conocía la disposición del edificio porque había elegido la hora exacta en que el personal se marchaba y las luces exteriores todavía dificultaban ver desde el patio.
La escena no dependía de una amenaza explícita.
Dependía de que todas las opciones hubieran sido reducidas antes de mi llegada.
La tarjeta sobre la mesa tenía un borde raspado y una mancha de tinta azul.
Julia la examinó sin conectarla. Utilizó una lupa, comprobó el peso y midió el grosor con una herramienta plegable.
Buscaba señales de sustitución física antes de preocuparse por el contenido.
La prudencia revelaba que también desconfiaba de Baeza y de quienes supuestamente obedecían sus órdenes.
La biblioteca acumulaba miles de voces impresas, pero el silencio se organizó alrededor de Julia. Su control no procedía de saberlo todo. Procedía de conseguir que los demás asumieran que cada palabra, movimiento o demora ya había sido prevista.
—Deja la tarjeta sobre la mesa —dijo.
La mantuve entre dos dedos.
—Primero quiero hablar con Nora.
—No estás en condiciones de imponer requisitos.
—Entonces dispara y busca la tarjeta entre mi sangre.
Daniel dio un paso. Julia movió el cañón apenas unos centímetros y él se detuvo.
—Sigues confundiendo impulsividad con valor —dijo ella.
—Y tú sigues confundiendo control con razón.
Su mirada se afiló. Había dicho aquella frase antes. Lo supe por la forma en que el silencio se ajustó entre nosotras.
Luján permanecía junto a la estantería, con las manos visibles. Julia no le había pedido que entregara el arma. Quizá sabía que no podía alcanzarla antes de que disparase. Quizá había otra razón.
—Marcos —dijo—, cierra la salida del pasillo.
Luján no se movió.
—Ya no trabajo para usted.
—Nunca trabajaste para mí. Trabajabas para la continuidad.
—La continuidad empezó a vender expedientes.
—La continuidad pagó casas, abogados, documentos y años de invisibilidad. La pureza moral no financia una red.
—El tráfico de identidades sí, por lo visto —dije.
Julia me observó con algo parecido al cansancio.
—Tú diseñaste la primera tarifa.
—Para cubrir costes.
—Y yo descubrí que los costes no terminan cuando la víctima cruza una puerta. Necesita trabajo, colegio, médico, una historia. Todo eso cuesta. A veces la única forma de salvar a una persona es aceptar dinero de otra que no merece ser salvada.
—Después empezaste a vender nombres a delincuentes.
—Después dejaste de mirar. Es una diferencia importante.
La acusación encontró un lugar abierto dentro de mí. No supe si era verdad, pero Julia supo que había acertado.
—Nora —repetí—. Quiero verla.
Sacó un teléfono del bolsillo y lo dejó sobre una mesa. En la pantalla apareció una imagen en directo: una habitación sencilla, una cama, una lámpara. Nora estaba sentada en el suelo, escribiendo en un cuaderno.
El aire desapareció de mis pulmones.
Llevaba la sudadera amarilla que había metido en su mochila. Tenía el pelo recogido y una pequeña herida en la barbilla. Parecía cansada, no aterrorizada.
—Activa el sonido.
—No.
—¿Puede vernos?
—No.
Me acerqué un paso. Julia levantó el arma.
—¿Dónde está?
—En un lugar donde Andrés no puede encontrarla.
—Tú trabajas con Andrés.
—Trabajé con él. También trabajé contigo. Las alianzas son herramientas, no matrimonios.
—Mató a Marta.
Por primera vez, la expresión de Julia cambió. No a culpa. A memoria.
—Sí.
La palabra fue tan limpia como un corte.
—Y lo protegiste.
—Protegí Umbral.
—Protegiste a un asesino.
—Si Andrés caía, entregaba ciento cuarenta y siete identidades. Había copiado suficientes expedientes para hundirnos. Nos dio una opción: su libertad o las vidas de todas esas mujeres.
—Elegiste su libertad.
—Elegí ciento cuarenta y siete vidas frente a una justicia que no devolvería a Marta.
Daniel dejó escapar un sonido de repulsión.
—No eran tuyas para ponerlas en una balanza.
Julia lo ignoró.
—Clara entendió la decisión.
—No —dije.
—La ejecutaste. Fuiste tú quien limpió el expediente de Andrés, quien eliminó los enlaces con Umbral y quien creó la identidad de Nora. Yo conseguí sellos. Tú hiciste desaparecer la verdad.
La pantalla mostraba a Nora pasando una página. Levantó la cabeza de repente, como si hubiera oído algo fuera de la habitación. La imagen se congeló.
—La transmisión ha terminado —dijo Julia—. Puedes venir conmigo y hablar con ella en persona. O puedes seguir aquí, rodeada de hombres que llevan once años diciéndote qué debes recordar.
—¿Y ellos?
—Se marchan.
—No te creo.
—No necesito que me creas. Necesito la tarjeta.
La dejé sobre la mesa, pero mantuve un dedo encima.
—Daniel sale primero. Luego Luján. Cuando me confirmen que están fuera, voy contigo.
Julia sonrió de manera casi imperceptible.
—Estás volviendo.
—No confundas negociación con obediencia.
—Nunca lo hice. Por eso te elegí.
Daniel se acercó a mí. Julia le permitió hacerlo.
—No vayas —susurró.
—Nora está con ella.
—Eso es lo que quiere que pienses.
—La he visto.
—Has visto una pantalla.
—Y tú llevas once años escondiéndome pantallas enteras.
Su mano rozó la mía. Sentí un pequeño pinchazo en la muñeca.
Daniel se apartó sin mirarme.
—Volveré a por ti —dijo.
—Encuentra a Nora, no a mí.
Luján salió detrás de él. Antes de cruzar la puerta, se tocó una vez la base del cuello.
No era el código antiguo. Era una pregunta.
¿Estás comprometida?
Respondí con la palma sobre el pecho.
Documento alterado.
Julia lo vio.
—Los códigos solo sirven mientras el adversario no los conoce.
—Entonces será mejor que averigües cuál de las dos está mintiendo.
Solté la tarjeta.
Julia la recogió.
—Vamos a San Dimas —dijo—. Allí empezó tu maternidad.