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La biblioteca del colegio Santa Beatriz cerraba los viernes a las ocho.
Llegamos a las siete y cuarenta. Luján aparcó dos calles más allá. Daniel insistió en entrar conmigo; le recordé el mensaje de Nora.
—Puede que sea una trampa —dijo.
—También puede que sea la primera decisión suya que respetamos.
El colegio ocupaba un antiguo convento reformado.
Conservaba techos altos, suelo de mosaico y muros capaces de devolver cada paso, pero las puertas llevaban lectores electrónicos y las aulas dependían de una red inalámbrica.
Conocía aquellos pasillos por reuniones, festivales y tardes de espera.
Esa noche, abiertos con una tarjeta duplicada y sin voces infantiles, parecían una copia defectuosa del lugar.
En el tablón de honor no había fotografías de Nora. En la pared del comedor, donde antes colgaba un dibujo suyo de un pulpo con zapatillas, había un espacio ocupado por un paisaje.
—Han rehecho el edificio —murmuré.
—Solo los rastros —dijo Luján.
La biblioteca estaba en el segundo piso. Filas de estanterías bajas, cojines de colores y una mesa central con marcas de rotulador. Fui directa a la sección infantil.
El catálogo digital ocupaba una pantalla junto a la entrada.
En una cajonera baja sobrevivían fichas antiguas con signaturas retiradas, anotaciones a lápiz y préstamos que nadie había migrado.
Nora conocía ambos sistemas. Sabía qué registraba la cámara, qué estantes quedaban fuera de plano y qué libros seguían físicamente allí después de desaparecer del buscador.
La ciudad donde nadie podía mentir no era un libro publicado. Era un cuaderno azul que yo había escrito con Marta de niñas y reescrito para Nora. Recordé haberlo donado al colegio durante una campaña de cuentos familiares.
—Estante de autores anónimos —dije.
Había veinte cuadernos artesanales. El azul no estaba.
Busqué detrás, debajo, dentro de las cajas de lectura. Nada.
—Llegamos tarde —dijo Luján.
—Nora no dejaría una copia en el lugar obvio.
Sus préstamos de los últimos meses formaban un recorrido que antes había parecido curiosidad: novelas sobre dobles, manuales de códigos sencillos y biografías de personas que utilizaron otros nombres.
No era una clave completa. Era la preparación de una niña que había aprendido que una clasificación podía ocultar tanto como ordenar.
Miré la mesa. Los niños aprendían a leer allí. Debajo había cajones con fichas de préstamos. Abrí el correspondiente a la letra M, de mentira.
Dentro encontré una tarjeta de biblioteca a nombre de Nora Rivas.
El primer documento que confirmaba su existencia.
En el reverso había una serie de números: 3-9-4-1-4-1.
—¿Una signatura? —preguntó Luján.
—No. Coordenadas de estantería: fila tres, módulo nueve, balda cuatro, libro uno, página cuarenta y uno.
El libro era una edición infantil de Alicia en el país de las maravillas. En la página cuarenta y uno, una frase estaba subrayada: “Yo sabía quién era esta mañana, pero he cambiado varias veces desde entonces”.
La cubierta posterior tenía un corte fino. Dentro había una tarjeta de memoria.
—La tercera pieza —dije.
Una voz a nuestra espalda respondió:
—No. Solo el anzuelo.
Julia Montalbán estaba junto a la puerta.
No la había visto en once años y, sin embargo, la reconocí antes de que mi memoria le devolviera el nombre. Sesenta años, cabello blanco cortado a la altura de la mandíbula, traje oscuro sin una arruga. La misma voz de la habitación sin ventanas.
Los nombres son puertas.
Llevaba un arma apuntando al suelo.
—Nora está viva —dijo—. Y seguirá estándolo si dejas de buscar la versión de la verdad que te permite sentirte inocente.
Daniel apareció en el pasillo detrás de ella.
Julia alzó el arma.
—Te pidió que no le enseñaras la carta. No que trajeras a su padre.
—No soy su padre —dijo Daniel.
—Por fin una verdad.
Julia me miró.
—Ven conmigo, Clara. Es hora de que recuerdes por qué inventaste a tu hija.