Nadie recuerda a Nora 9
8%

9

El hombre llevaba guantes negros y una mascarilla quirúrgica.

No vi su cara. Vi el destello metálico en su mano y a mi madre colocándose delante de mí.

—Sal por la ventana —ordenó.

El hombre avanzó.

Le lancé la lámpara. No pretendía acertarle; necesitaba que levantara el brazo. El metal golpeó la pared y la bombilla estalló. Adela agarró una silla. Yo corrí hacia el dormitorio.

El pasillo medía menos de ocho metros y estaba lleno de obstáculos domésticos: una consola estrecha, el paragüero, una silla que Nora utilizaba para calzarse.

El intruso había previsto el espacio. Entró con el cuerpo de perfil, mantuvo la mano izquierda libre y evitó mirar directamente a la cámara del descansillo.

La mascarilla no ocultaba solo el rostro; impedía que una grabación posterior captara el movimiento completo de la mandíbula y la forma de la boca.

La navaja era una herramienta de trabajo, no un arma ornamental.

Tenía la hoja corta, el lomo dentado y restos de adhesivo cerca de la empuñadura.

Más tarde, Luján deduciría que había sido utilizada para abrir precintos, retirar sensores y cortar cableado.

El hombre no había acudido a matarnos de inmediato.

Su objetivo principal era recuperar documentos y dispositivos, y llevaba la violencia preparada para cuando alguien se interpusiera.

Mi madre recibió el primer golpe en el antebrazo.

La tela se abrió antes que la piel y la sangre tardó unos segundos en aparecer.

Yo recordaría después la precisión absurda de ese intervalo: la manga rasgada, el blanco del forro, la línea roja creciendo hasta tocar la muñeca.

El miedo no llegó como una emoción completa.

Se fragmentó en detalles que mi mente almacenó porque no podía abarcar la escena entera.

Cuando el hombre perdió el equilibrio, su bolsillo golpeó la pared y dejó caer dos tarjetas, una brida y una cápsula transparente.

La cápsula contenía una etiqueta numerada, como las que se adhieren a bolsas de evidencias.

El agresor no trabajaba al margen de los procedimientos.

Había aprendido a imitarlos para decidir qué conservar, qué contaminar y qué hacer desaparecer .

La escalera de incendios estaba al otro lado de una ventana estrecha que nunca abríamos. Tiré del pestillo. Pintura antigua, óxido, años de inmovilidad. Detrás oí un grito y el golpe de un cuerpo contra un mueble.

—¡Mamá!

El pestillo cedió.

Me subí al alféizar. El patio interior caía cinco plantas hasta un suelo de baldosas y bicicletas. La escalera metálica vibró bajo mi peso.

Regresé la cabeza.

Adela estaba en el suelo. El hombre se inclinaba sobre ella.

Volví a entrar.

No fue valentía. Fue incapacidad para repetir una ausencia.

Cogí el primer objeto pesado que encontré: la figura de piedra que Nora había hecho en una excursión, una masa irregular con ojos pintados. La estampé contra la nuca del hombre.

Se volvió tambaleándose. Sus ojos eran claros. La mascarilla se había desplazado y vi una cicatriz vertical junto a la boca.

Me golpeó con el dorso de la mano.

Caí de rodillas. La habitación se llenó de luz blanca. Noté un sabor a hierro.

El hombre me agarró del pelo.

—¿Dónde está la copia? —preguntó.

—¿Qué copia?

Apretó más.

—Marta te la dio.

Mi madre se incorporó detrás de él y le clavó algo en el muslo. Un abrecartas. El hombre gritó y me soltó.

Corrimos.

No hacia la escalera de incendios, sino hacia la puerta principal. Adela cojeaba. Yo la sujeté por la cintura. Cerramos desde fuera y bajamos dos pisos antes de oír la puerta abrirse de una patada.

En el tercero, una vecina asomó la cabeza.

—Llame a la policía —dije.

No esperé a comprobar si obedecía.

Salimos por el portal y nos mezclamos con la gente de la calle. Mi madre tenía sangre en la manga, pero no era suya. Le temblaban las manos.

—¿Qué copia? —pregunté.

—No lo sé.

—Ha dicho que Marta me la dio.

—Marta te daba cosas todo el tiempo. Documentos, discos, nombres. Estaba investigando Umbral antes de morir.

—¿Investigando algo que yo había construido?

—Decía que se había corrompido.

El sonido de una sirena se acercó desde la avenida.

Mi madre miró alrededor.

—No podemos quedarnos.

—Acaban de atacarnos.

—Y cuando llegue la policía, ¿qué les dirás? ¿Que un hombre buscaba una copia entregada por una muerta cuya hija hiciste pasar por tuya?

—La verdad.

Adela me agarró del brazo.

—La verdad no es una puerta que se abre. Es una casa entera cayéndote encima.

La sirena dobló la esquina.

En el extremo opuesto de la calle vi un todoterreno gris.

El mismo de la autopista.

Esta vez distinguí al conductor.

Daniel.

Bajó la ventanilla y gritó:

—¡Subid!

Mi madre echó a correr hacia él.

Yo no me moví.

La nota decía que, si Daniel negaba a Nora, lo estaban escuchando. También decía que me había ocultado la verdad durante once años.

El hombre de la cicatriz apareció en el portal.

Daniel abrió la puerta trasera.

—Clara, ahora.

Subí.

Mientras el coche arrancaba, vi al hombre llevarse dos dedos a la base del cuello.

Identidad comprometida.

Daniel respondió con tres pulsos del intermitente derecho y uno del izquierdo.