Nadie reclama a los ahogados Capítulo 28 — La llamada
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Capítulo 28 — La llamada

Clara recibió la llamada a las siete y doce de la mañana.

Estaba despierta desde las cinco.

No porque quisiera. Querer hacía tiempo que no pintaba gran cosa en ciertas partes de su vida. Estaba despierta porque el cuerpo, cuando ha vivido demasiados años esperando noticias imposibles, desarrolla una especie de guardia nocturna. Una parte se acuesta. Otra se queda de pie junto a la puerta.

El móvil vibró sobre la mesa de la cocina.

Número desconocido.

Clara miró la pantalla.

Durante seis años, los números desconocidos habían sido muchas cosas: trámites, bancos, llamadas perdidas, silencios, actualizaciones inútiles, gente que decía “lo sentimos” con voz de oficina. Aquella mañana el número desconocido fue todas esas cosas y una más.

Una respuesta.

Irene dormía en el sofá.

O fingía.

Desde que apareció el vídeo, dormir en casa se había vuelto una actividad teórica. Las dos descansaban a ratos, como guardias de hospital, esperando que algo sonara, que algo llegara, que alguien en algún lugar del mundo decidiera por fin ordenar el desastre.

Clara cogió el móvil.

No contestó enseguida.

Dos vibraciones.

Tres.

La cocina olía a café recalentado y a pan de molde sin tostar. En la encimera seguía una libreta abierta con apuntes: consulado, contacto, vídeo, minuto exacto, Lian, Mateo, Daniel.

Daniel.

El nombre estaba escrito varias veces.

Cada vez parecía de una persona distinta.

Clara contestó.

—¿Sí?

Una voz masculina se identificó.

Española.

Formal.

Prudente.

Demasiado prudente.

Clara sintió que el cuerpo se le preparaba para una caída.

—¿Hablo con Clara Molina?

—Sí.

Irene abrió los ojos en el sofá.

No se movió.

Pero Clara la vio despertar entera.

—Señora Molina, llamamos en relación con Daniel Salcedo.

Clara cerró los ojos.

La frase ya no era nueva.

La había oído de muchas formas.

Daniel Salcedo desaparecido.

Daniel Salcedo sin localizar.

Daniel Salcedo objeto de búsqueda.

Daniel Salcedo, ciudadano español.

Daniel Salcedo, expediente.

Nunca Daniel Salcedo vivo.

Todavía no.

—Dígame —dijo Clara.

Irene se incorporó despacio.

El hombre al otro lado respiró.

O quizá Clara imaginó esa pausa porque necesitaba odiar a alguien por tardar.

—Hemos recibido confirmación preliminar de que Daniel Salcedo se ha presentado ante autoridades locales en Filipinas.

El mundo no se detuvo.

No con dramatismo.

No con música.

No con esa decencia narrativa que uno espera de las cosas irreparables.

La nevera siguió zumbando.

Un coche pasó por la calle.

En algún piso cercano, alguien arrastró una silla.

Clara apoyó una mano sobre la mesa.

—¿Está vivo? —preguntó.

La voz respondió:

—Sí.

Una sílaba.

Seis años.

Sí.

Irene se levantó del sofá.

No preguntó.

No hizo falta.

Clara la miró y, durante un segundo, no supo si era su hija de diecisiete años o aquella niña de doce que había escrito “papá contesta” a un teléfono muerto.

—Está vivo —dijo Clara.

Irene no cambió la cara.

Eso fue lo primero que asustó a Clara.

No lloró.

No gritó.

No se llevó las manos a la boca.

Se quedó quieta, de pie en medio del salón, con el pelo revuelto y una manta caída a sus pies, como si alguien le hubiera anunciado algo que ya sabía y aun así no pudiera permitirse entender.

Clara volvió al teléfono.

—¿Está detenido?

—La situación se está gestionando con autoridades locales. Todavía no puedo darle todos los detalles. Está prestando declaración y se está verificando su identidad formalmente.

Verificando su identidad.

Clara sintió una risa absurda queriendo subir.

Claro.

Había que verificar que el hombre que había destruido sus vidas fuera, en efecto, el hombre que había destruido sus vidas. No fuera a haber un error administrativo en el infierno, por favor, que luego todo son reclamaciones.

—¿Él ha dicho que es Daniel? —preguntó Clara.

—Sí.

Irene cerró los ojos.

Ahí sí.

Un cambio mínimo.

Como si la frase le hubiera tocado por dentro.

—¿Desde cuándo...? —Clara se detuvo.

No sabía hacer la pregunta.

¿Desde cuándo está vivo?

Qué estupidez.

Desde siempre.

Desde el primer día.

Desde que Irene lloraba.

Desde que Clara doblaba camisetas.

Desde que la caja llegó.

Desde que el cuaderno azul quedó vacío.

Desde que cada persona bienintencionada dijo “lo siento”.

—¿Ha dicho qué pasó? —preguntó al fin.

El hombre mantuvo el tono.

—Ha manifestado que fingió su desaparición.

La frase entró limpia.

Sin eufemismo.

Sin “posible”.

Sin “presuntamente”, aunque quizá vendría después en los papeles.

Fingió su desaparición.

Clara miró la mesa.

Sus dedos estaban apoyados sobre la libreta.

Daniel.

Mateo.

Lian.

Irene.

Fingió.

La palabra era pequeña.

Demasiado pequeña.

No cabía dentro todo lo que había hecho.

Fingir era llegar tarde y decir que había tráfico.

Fingir era sonreír en una reunión.

Fingir era decir “no pasa nada” cuando sí pasaba.

Lo de Daniel no había sido fingir.

Había sido fabricar una tumba y obligar a su hija a sentarse delante durante seis años.

—¿Clara? —preguntó Irene.

Su voz sonó tranquila.

Demasiado.

Clara tapó un segundo el micrófono.

—Ha dicho que lo fingió.

Irene asintió.

Como quien recibe una factura esperada.

Luego se sentó en el suelo.

No en el sofá.

En el suelo.

Otra vez.

Clara quiso acercarse, pero el teléfono seguía pegado a su oído.

El hombre continuó explicando.

Procedimientos.

Declaración.

Situación legal.

Coordinación.

Posibilidad de contacto posterior.

Recomendación de no intentar comunicación directa todavía.

Asistencia psicológica.

Asistencia consular.

Investigación.

Clara escuchaba y no escuchaba.

La voz convertía a Daniel en proceso.

Otra vez.

Solo que ahora el proceso tenía pulso.

—¿Él sabe que nosotras sabemos? —preguntó Clara.

—Se le ha informado de que ustedes aportaron la información que permitió localizarlo.

Clara miró a Irene.

Irene estaba sentada con las piernas recogidas, mirando un punto fijo de la alfombra.

Él sabe.

Daniel sabía que Irene lo había visto.

Bien.

Bien no.

Nada estaba bien.

Pero aquello sí tenía una forma de justicia pequeña, una de esas monedas torcidas que la vida deja caer de vez en cuando para que no incendiemos el edificio entero.

—¿Ha preguntado por ella? —dijo Clara.

La pregunta salió antes de que pudiera evitarla.

Se odió por hacerla.

Se odió por necesitar saberlo.

El hombre guardó una pausa.

—Ha preguntado si su hija estaba informada.

Clara cerró los ojos.

No era suficiente.

Por supuesto que no.

Nada lo sería.

Pero la pregunta existía.

Y eso también dolía.

—¿Qué quiere él? —preguntó Clara.

—Por ahora está colaborando.

Clara casi soltó una carcajada.

Colaborando.

Daniel siempre llegaba tarde hasta a la colaboración.

—No le estoy preguntando por el expediente —dijo, más seca de lo que pretendía—. Le pregunto qué quiere él.

El hombre tardó.

—Ha manifestado que quiere que ustedes conozcan la verdad.

Clara miró la cocina.

La taza de café.

La libreta.

La silla donde Irene desayunaba de niña.

La ventana.

La vida entera que había tenido que seguir sin Daniel.

—Qué considerado —dijo.

El hombre no respondió.

Bien.

Quizá también sabía callarse.

Clara respiró.

—¿Podremos hablar con él?

Irene levantó la cabeza.

No con esperanza.

Con alarma.

Clara le sostuvo la mirada.

No decía ahora.

No decía pronto.

Solo hacía la pregunta que alguien tenía que hacer.

—Se valorará la forma adecuada —respondió el hombre—. Dada la situación, recomendamos que cualquier contacto inicial sea mediado o, al menos, acordado previamente.

—¿Por videollamada?

—Es una posibilidad.

Irene negó con la cabeza.

Una vez.

Muy despacio.

Clara la vio.

—No ahora —dijo al teléfono—. No todavía.

—Lo entiendo.

No, pensó Clara.

No lo entiendes.

Pero gracias por no fingir demasiado.

La llamada terminó después de más instrucciones, números de referencia y promesas de actualización.

Clara colgó.

El móvil quedó sobre la mesa.

Ni ella ni Irene hablaron durante varios segundos.

Luego Irene dijo:

—Dilo otra vez.

Clara sintió que se le cerraba la garganta.

—Daniel está vivo.

Irene miró al suelo.

—Y lo fingió.

Clara asintió.

—Sí.

—Dilo.

—Fingió su desaparición.

Irene cerró los ojos.

—No. Todo.

Clara tardó.

No quería.

Pero Irene no estaba pidiendo crueldad.

Estaba pidiendo una frase completa. Una pared donde apoyar la rabia.

Clara se acercó y se sentó en el suelo frente a ella.

—Tu padre está vivo. Fingió su desaparición en Filipinas. Nos dejó creer que había muerto.

Irene abrió los ojos.

No lloraba.

Todavía.

—Seis años —dijo.

—Sí.

—Me dejó escribirle.

Clara no respondió.

—Me dejó decirle que contestara.

—Sí.

—Me dejó pensar que el mar...

No terminó.

El mar, de pronto, quedaba absuelto de algo.

No de todo.

Nunca de todo.

Pero de aquello sí.

El mar no le había quitado a su padre.

Daniel había usado el mar como coartada.

Irene soltó una risa breve.

Fea.

—Qué hijo de puta.

Clara no la corrigió.

No esa mañana.

Había frases que una madre debía permitir aunque quemaran la lengua.

—Qué hijo de puta —repitió Irene, más bajo.

Y entonces lloró.

No como a los doce.

No con el cuerpo pequeño buscando a su madre.

Lloró con rabia.

Con vergüenza.

Con alivio.

Con duelo traicionado.

Con todos los años cayendo a la vez desde estanterías distintas.

Clara la abrazó.

Irene primero se tensó.

Luego se agarró a ella con fuerza.

—No quiero verlo —dijo.

—Vale.

—No quiero oírlo.

—Vale.

—No quiero que me diga perdón.

—Vale.

—No quiero que exista.

Clara cerró los ojos.

—Lo sé.

Irene lloraba contra su hombro.

—Pero existe.

—Sí.

—El muy cabrón existe.

Clara le acarició el pelo.

—Sí.

Durante mucho rato, eso fue todo.

Sí.

La palabra que confirmaba.

La palabra que destruía.

La palabra que, por fin, dejaba de ser pregunta.

A media mañana llamó la hermana de Clara.

Clara no quería contestar.

Contestó.

No porque tuviera energía, sino porque algunas noticias no podían quedarse dentro del piso sin pudrir el aire.

—Lo encontraron —dijo Clara.