Capítulo 10 — El nombre falso #12
Era crueldad.
Era lo único que tenía.
Irene se separó un poco.
Tenía la cara roja, los ojos llenos, el pelo pegado a una mejilla.
—¿Y si aparece?
Clara asintió rápido.
Demasiado rápido.
—Puede aparecer.
La esperanza salió de su boca con mal sabor.
No porque no quisiera creerla.
Porque no sabía si era misericordia o prolongación del daño.
—Lo están buscando —añadió.
—¿Quién?
—La policía. Gente de allí. No sé.
—¿Y tú qué haces?
La pregunta golpeó a Clara en el centro.
¿Qué haces?
Ser madre.
Esperar.
Llamar.
No desmoronarme.
No pensar que quizá tu padre ha hecho lo que siempre hizo, pero esta vez con mar de por medio.
No decirte que una parte de mí, horrible, pequeña, enferma de experiencia, sospecha.
—Voy a llamar a quien tenga que llamar —dijo Clara—. Voy a pedir información. Voy a estar pendiente todo el tiempo.
—Tenemos que ir allí.
Clara sintió el mundo inclinarse.
—Irene...
—Tenemos que ir.
—No es tan fácil.
—¡Es papá!
El grito llenó el salón.
Su hermana apareció en la puerta de la cocina, pero no entró.
Clara sostuvo la mirada de Irene.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Sí lo sé.
—Siempre estás enfadada con él.
La frase era injusta.
También era inevitable.
Clara la recibió sin defenderse.
—Sí —dijo—. Muchas veces.
Irene parpadeó, sorprendida.
—Pero eso no significa que quiera que le pase algo.
Irene bajó la mirada.
—Él te escribió.
Clara tardó un segundo.
—¿Qué?
—Ayer. Dijiste algo de que volviera.
Clara sintió un escalofrío.
—Irene...
—Lo vi. Sin querer. En tu móvil. Ponía “Daniel, vuelve”.
Clara no sabía qué decir.
Irene la miró con los ojos mojados.
—¿Tú sabías que iba a pasar algo?
La pregunta era imposible.
Clara sintió ganas de negar con fuerza.
No.
No sabía.
Claro que no sabía.
Nadie sabe esas cosas.
Pero la verdad tenía bordes.
—Sabía que estaba mal —dijo.
—Siempre está mal.
—Esta vez parecía...
No terminó.
No podía decir “distinto”.
No podía decir “peor”.
No podía decir “como si estuviera alejándose de una forma que no sabía nombrar”.
Irene se abrazó a sí misma.
—Tenías que haberlo parado.
La frase entró limpia.
Sin mala intención adulta.
Sin cálculo.
Una niña necesitaba que alguien pudiera haber detenido el mundo antes de que el mundo hiciera eso.
Clara asintió.
—Ojalá hubiera podido.
Irene lloró otra vez.
Clara no le dijo que no llorara.
No le dijo que todo saldría bien.
No le dijo que su padre aparecería.
Hay mentiras que se dicen por amor y aun así infectan.
Clara ya había vivido demasiados años al lado de un hombre que confundía consuelo con cheque sin fondos.
La abrazó.
Eso sí podía hacerlo.
Abrazarla.
Sostener el cuerpo de su hija mientras el padre de su hija era una palabra en el mar.
Más tarde, Irene se encerró en su habitación.
No dando un portazo.
Eso habría sido más fácil.
Cerró despacio.
Como si ya estuviera aprendiendo a no gastar fuerza donde no servía.
Clara se quedó en el pasillo.
Escuchó.
Nada.
Luego un llanto bajo.
Después silencio.
Su hermana se acercó.
—¿Quieres que llame yo?
Clara negó.
—Tengo que hacerlo yo.
Volvió al salón.
El móvil estaba lleno de llamadas, mensajes, números, instrucciones, frases oficiales. La noticia empezaba a convertirse en proceso. Eso la horrorizó. En cuestión de horas, la posible muerte de Daniel ya tenía estructura: expedientes, contactos, comunicaciones, protocolos, horarios.
Abrió el chat de Daniel otra vez.
Leyó:
“Estoy esperando un ferry. Luego te digo.”
Luego la pregunta de Clara:
“¿Ferry a dónde?”
Nada.
La ausencia de respuesta parecía ahora una habitación.
Clara escribió:
“Daniel.”
No envió.
¿Qué sentido tenía?
Borró.
Escribió:
“Si estás vivo, contesta.”
La frase la asustó.
La borró.
Escribió:
“Irene está llorando.”
Dejó el mensaje en la pantalla.
No lo envió.
Durante unos segundos imaginó que llegaba.
Que en algún lugar Daniel lo leía.
Que le dolía.
Que volvía.
Luego recordó que quizá Daniel estaba bajo el agua.
O quizá no.
Esa fue la primera vez que la sospecha volvió con toda su forma.
Quizá no.
Clara cerró los ojos.
No podía pensar eso.
No todavía.
Pero en el fondo de su cansancio, allí donde el amor ya no mandaba solo y la experiencia había puesto cuchillos pequeños, Clara sintió una verdad indecente:
Daniel había pasado años desapareciendo en dosis pequeñas.
Domingos.
Dinero.
Noches.
Promesas.
Trabajos.
Terapias.
Verdades.
Quizá el mar no había sido un accidente.
Quizá solo había sido la primera cosa lo bastante grande para parecer destino.
El móvil vibró.
Clara abrió los ojos de golpe.
Un número desconocido.
Contestó.
Otra voz.
Otra actualización.
Nada confirmado.
Seguían buscando.
Sin resultado.
Lo sentían.
Clara escuchó.
Hizo preguntas.
Anotó.
Agradeció.
Colgó.
Luego se quedó mirando la hoja donde había escrito “No cuerpo” dos veces con el bolígrafo rosa de Irene.
La tinta tenía pequeños brillos.
Un unicornio de plástico coronaba el extremo.
La vida era una sádica con sentido del detalle.
Desde la habitación de Irene llegó un sonido.
No llanto.
Una notificación.
Luego otra.
Clara fue hasta la puerta.
No entró.
Escuchó la voz de Irene, muy baja.
—Papá, contesta.
Clara apoyó la frente en la madera.
Cerró los ojos.
Al otro lado, Irene volvió a decirlo.
—Por favor.
Clara se tapó la boca con la mano.
No para no llorar.
Para no gritar.
Porque de pronto sintió una rabia tan grande que casi no tenía objeto.
Rabia contra el mar.
Contra Filipinas.
Contra Daniel.
Contra sí misma.
Contra la llamada.
Contra los años anteriores.
Contra cada vez que aceptó “el mes que viene” como si fuera una fecha y no una forma de abandono.
Contra ese hombre que quizá estaba muerto.
Contra ese hombre que quizá, de alguna manera monstruosa, había conseguido convertir incluso su muerte en otra tarea para ella.
Clara respiró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Después se apartó de la puerta.
Volvió al salón.
Recogió la camiseta de Irene que seguía sobre la silla.
La dobló.
Mal.
La volvió a doblar.
La mancha del cuello seguía allí.
Clara la miró un momento y luego dejó la camiseta encima del montón de ropa limpia.
No podía arreglarlo todo.
Esa fue la primera verdad útil del día.
No podía arreglarlo todo.
Pero Irene estaba viva en la habitación.
Irene respiraba.
Irene necesitaba cenar, agua, una madre que entrara más tarde y se sentara a su lado aunque no supiera qué decir.
Daniel, en cambio, era una llamada desde el mar.
Un nombre en un papel.
Un hombre que quizá se había ahogado.
Un hombre que quizá no.
Clara miró por la ventana.
Madrid seguía.
Coches.
Luces.
Una mujer cruzando con bolsas.
Un autobús frenando.
Un cielo sucio sobre los edificios.
Clara había imaginado muchas veces una vida sin Daniel.
La había imaginado tranquila.
Difícil, pero tranquila.
Una vida con menos sobresaltos, menos llamadas, menos explicaciones, menos dinero desapareciendo, menos domingos tensos en el portal.
Nunca había imaginado tener que explicarle a Irene que esa vida podía empezar con el mar.
Nunca había imaginado que la ausencia definitiva de Daniel, si llegaba, también tendría forma de deuda.
Y esa tarde, mientras el sol bajaba sobre Madrid y en algún lugar de Filipinas seguían buscando a un hombre que no aparecía, Clara entendió algo que no se atrevió a decir en voz alta.
No todos los muertos dejan descansar.
Algunos dejan a los vivos trabajando sobre sus ruinas.