Capítulo 10 — El nombre falso #10
O quizá contestó rápido y Clara ya estaba entrando en otro tipo de tiempo.
—He was on boat tour. In Siquijor. There is incident. He is missing.
Clara miró la camiseta de Irene.
El perro seguía ladrando en el patio.
La lavadora cambió de ciclo.
El mundo, grosero, continuó.
—¿Missing? —repitió Clara.
La palabra inglesa le pareció absurda. Demasiado limpia. Demasiado administrativa para referirse a Daniel. Daniel no estaba “missing”. Daniel siempre estaba llegando tarde, mintiendo, ocultando, retrasando, escapando, complicando, prometiendo.
Missing era una palabra de aeropuerto.
No de marido.
No de padre.
—Missing at sea —dijo la mujer.
At sea.
En el mar.
Clara se sentó sin decidirlo.
La silla recibió su cuerpo con un crujido pequeño.
—No —dijo.
No fue una negación dramática.
Fue más simple.
Una corrección.
Como si la mujer hubiera pronunciado mal un apellido.
—Search is ongoing —continuó la voz—. Authorities looking. We contact because phone has this number. Also guesthouse.
Clara escuchaba y no escuchaba.
El inglés entraba en partes. Daniel había desaparecido en una salida en barca. Habían avisado a autoridades locales. Había búsqueda. No se sabía. No se podía confirmar. No había cuerpo.
Esa última parte la entendió aunque nadie la hubiera dicho aún.
No había cuerpo.
Preguntó:
—¿Han encontrado su cuerpo?
La mujer calló.
Ese silencio fue la primera respuesta verdadera.
—No, madam. No body found.
No body found.
Clara apoyó una mano sobre la mesa.
La madera estaba fría.
Miró la taza de café.
La superficie temblaba un poco.
No era la taza.
Era su mano.
—¿Está muerto? —preguntó.
La mujer respondió algo largo.
No podían confirmar.
Desaparecido.
Búsqueda.
Mar.
Posible accidente.
Contactarían.
Necesitaban datos.
La embajada o consulado.
Autoridades.
Clara oyó todo como si alguien estuviera leyendo instrucciones desde otra habitación.
—¿Cuándo ha pasado?
La mujer respondió.
Clara intentó traducir horas.
Filipinas.
España.
Mañana.
Tarde.
Día.
Noche.
La geografía había convertido la muerte posible de Daniel en un problema de husos horarios. Le pareció ofensivo. También lógico. El mundo siempre encontraba formas prácticas de ordenar lo insoportable.
—¿Quién estaba con él? —preguntó.
Boat tour.
Other tourists.
Guide.
He was there.
Then not.
Then search.
Then not found.
La frase se rompía en su cabeza.
Estaba.
Luego no.
Clara sintió algo inesperado.
No fue dolor.
No todavía.
Fue sospecha.
Una sospecha antigua, física, vergonzosa por llegar tan pronto.
Daniel.
¿Qué has hecho?
El pensamiento apareció completo, antes que el llanto, antes que la pena, antes que la imagen de Irene. Clara lo rechazó con violencia. No. No se podía pensar eso. No en ese momento. No sobre un hombre quizá muerto en el mar. Había límites incluso para el cansancio.
Pero la sospecha no se fue.
Solo se apartó un poco.
Como hacen los animales que esperan otra oportunidad para acercarse.
—Voy a colgar —dijo Clara—. Necesito... necesito que alguien me llame en español.
No sabía si la entendían.
Repitió:
—Spanish. Please. Someone in Spanish.
La mujer dijo que sí. Que intentarían. Que la contactarían. Que sentían mucho.
Sorry.
Clara había oído esa palabra muchas veces.
Lo siento.
La palabra más barata del mundo cuando llega antes que una solución.
Colgó.
Durante unos segundos no se movió.
El móvil quedó en su mano.
La lavadora terminó.
Emitió tres pitidos.
Clara los escuchó con una claridad ridícula.
Tres pitidos.
Una llamada internacional.
Un exmarido desaparecido en el mar.
Una camiseta de Irene con una mancha.
Así era la vida: incapaz de distinguir jerarquías.
El móvil volvió a vibrar.
Clara se sobresaltó.
Daniel, pensó.
Imposible.
Pero lo pensó.
La pantalla mostró otro número.
España.
Contestó.
—¿Sí?
Esta vez una voz de mujer habló en castellano. Formal. Cuidadosa. Demasiado cuidadosa.
Dijo su nombre completo.
Preguntó si hablaba con Clara Molina.
Explicó que llamaba en relación con Daniel Salcedo.
No dijo “accidente” enseguida.
No dijo “muerte”.
No dijo “ahogado”.
Las instituciones tenían un talento particular para rodear el centro de las cosas, como si acercarse demasiado pudiera comprometerlas legalmente.
Clara la interrumpió.
—¿Está muerto?
Silencio.
Otra vez.
Clara empezó a odiar los silencios.
—No podemos confirmarlo —dijo la mujer—. Por ahora consta como desaparecido durante una salida marítima en Filipinas. Las autoridades locales han iniciado labores de búsqueda.
Consta.
Labores.
Salida marítima.
Clara cerró los ojos.
Ahí estaba la lengua administrativa intentando ponerle corbata al mar.
—¿Hay algún cuerpo? —preguntó.
—No.
—¿Hay alguna prueba de que se haya caído?
La mujer respiró.
—La información todavía es preliminar.
Preliminar.
Clara sintió ganas de reír.
No lo hizo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que aún se están recabando datos. Sabemos que el señor Salcedo participaba en una excursión en barca. En algún momento se perdió contacto visual con él. Se activó la búsqueda en la zona.
Perdió contacto visual.
Daniel había convertido su vida entera en eso.
Clara se llevó la mano libre a la boca.
No lloró.
El cuerpo, cuando recibe un golpe demasiado grande, a veces se vuelve educado. Guarda el llanto para más tarde, como una visita incómoda.
—¿Tiene familia directa? —preguntó la mujer—. ¿Padres, hermanos?
Clara miró hacia el pasillo.
La puerta de la habitación de Irene estaba entreabierta.
Dentro se veía la cama sin hacer, una mochila en el suelo, una sudadera tirada sobre la silla, libros, un cargador, una vida de doce años interrumpida a medias por el instituto.
—Tiene una hija —dijo.
La voz se le rompió en esa palabra.
Hija.
Ahí sí.
No lloró, pero algo cedió.
—Tiene doce años.
La mujer bajó un poco el tono.
—Lo siento mucho.
Clara apretó los dientes.
No.
No lo sientas todavía, pensó.
Todavía no sé qué ha pasado.
Todavía no sé si tengo que llorarlo, odiarlo, buscarlo o decirle a mi hija que su padre ha muerto haciendo turismo en una isla cuyo nombre ni siquiera sé pronunciar bien.
—Necesito saber qué tengo que hacer —dijo Clara.
La frase la salvó.
Hacer.
Verbo práctico.
Los verbos prácticos eran tablones en medio del agua.
La mujer explicó pasos.
Datos.
Documentación.
Contacto con autoridades.
Posible comunicación oficial.
Esperar actualizaciones.
Estar localizable.
No difundir información no confirmada.
Clara escuchó.
Apuntó en el reverso de una factura con un bolígrafo que no escribía bien. Lo agitó con rabia. Buscó otro. Encontró uno rosa de Irene con un unicornio en la punta. Escribió con él.
Daniel Salcedo.
Filipinas.
Siquijor.
Desaparecido.
Búsqueda.
No cuerpo.
No cuerpo.
Escribió eso dos veces sin darse cuenta.
No cuerpo.
Cuando colgó, la casa pareció demasiado silenciosa.
La lavadora había terminado.
El perro ya no ladraba.
Alguien en el patio interior cerró una ventana.
Clara se levantó despacio.
Fue a la cocina.
Apagó la lavadora.
La volvió a encender sin querer.
La apagó otra vez.
Se quedó de pie frente al electrodoméstico, mirando la puerta circular, la ropa mojada pegada al cristal.
Una camiseta blanca giraba lentamente por inercia.
Agua.
Ropa.
Cristal.
No.
Se apartó.
Fue al salón.
Cogió el móvil.
Abrió el chat de Daniel.
Últimos mensajes.
Ella:
“¿Estás en otra isla ya?”
Él:
“Estoy esperando un ferry. Luego te digo.”
Ella:
“¿Ferry a dónde?”
Sin respuesta.
Más abajo, de la noche anterior:
“Daniel, vuelve.”
No contestado.
Clara leyó esa frase.
Daniel, vuelve.
La había escrito sin saber que podía convertirse en la última cuerda lanzada desde tierra.
El mensaje siguiente nunca llegó.
Clara abrió el perfil.
Foto antigua de Daniel con Irene.
Irene tendría ocho años en la imagen. Estaba sentada sobre los hombros de su padre en un parque. Daniel sonreía como si el mundo todavía aceptara aplazamientos. Irene sujetaba un helado y tenía la boca manchada.
Clara no había cambiado esa foto.
No por nostalgia.
Por pereza, se había dicho muchas veces.
Mentira.
Algunas cosas no se cambian porque cambiarlas parece una decisión mayor que mantenerlas.
Tocó la pantalla.
Llamó a Daniel.
Tono.
Uno.
Dos.
Tres.
Nada.
Otra vez.
Nada.
La llamada terminó.
Clara volvió a llamar.
Nada.
Volvió a llamar.
Nada.
La tercera vez, el sistema la informó de algo en inglés o en español automático, según la ruta misteriosa de la telefonía internacional. No disponible. Apagado. Fuera de cobertura. Muerto. Todas las frases venían a decir lo mismo con distintos niveles de cobardía.
Clara dejó el móvil sobre la mesa.
Entonces lloró.
No mucho.
No bien.
No como en las películas, donde el llanto ordena la escena y permite al espectador saber qué siente cada quien. Clara lloró de pie, con una mano apoyada en la mesa y la otra en la boca, intentando no hacer ruido en una casa vacía.
El llanto duró poco.
Quizá porque no había tiempo.
Quizá porque todavía no sabía qué estaba llorando.
Uno no puede llorar correctamente a un desaparecido.
La muerte, al menos, tiene una brutalidad sólida. El desaparecido, en cambio, se queda ocupando todos los verbos.
Está.
Estaba.
Estará.
Quizá.
No.
Tal vez.
Clara se limpió la cara con la manga.
Tenía que recoger a Irene a las dos y cuarto.
No.
No podía recogerla así.
No podía decírselo en la puerta del instituto.
No podía decirlo por teléfono.
No podía no decirlo.
El pensamiento la hizo sentarse otra vez.
¿Cómo se le dice a una niña que su padre ha desaparecido en el mar?
No hay frases para eso.
Hay frases para cosas pequeñas.
Ponte la chaqueta.
No llegues tarde.
Haz los deberes.
No contestes así.
Tu padre vendrá el domingo.
Tu padre no ha podido venir.
Tu padre está en Filipinas.
Tu padre...
Clara se dobló hacia delante.
No.
Todavía no.
Cogió el móvil y llamó a su hermana.
Contestó al cuarto tono.
—¿Qué pasa?
Clara abrió la boca.
No salió nada.
—Clara?
—Es Daniel.