La confesión ante todos #2
Y si hablaba, todo acabaría de una manera sencilla, legal, quizá incluso compasiva si el mundo se mostraba menos cruel de lo habitual: defensa propia, ocultación de cadáver, obstrucción, confesión tardía, un juicio, titulares, cárcel tal vez, o quizá no, quizá una condena menor, quizá años de visitas con cristales entre ambos, pero al menos habría verdad, esa palabra que yo había predicado durante media vida como si fuera pan y que ahora me parecía una cuchilla.
Miller levantó la mano.
_ Señora Stock, le recomiendo que no diga nada sin un abogado presente.
Clara dio otro paso.
_ No necesito un abogado.
Me giré hacia ella.
_ Clara.
Ella me miró, y en esa mirada no había miedo, ni súplica, ni siquiera amor en el sentido dulce y manejable con que los matrimonios lo pronuncian en aniversarios.
Había decisión. Había una tristeza inmensa.
Había también una petición que no se atrevió a formular porque sabía que, si la formulaba, yo la traicionaría por amor.
No me salves.
Era eso.
No me salves, porque salvarme te destruirá.
No me salves, porque ya hice suficiente daño intentando salvarte.
No me salves, porque el amor, cuando se equivoca, se parece demasiado al crimen.
La puerta de un coche se abrió.
Un agente joven salió con una radio pegada al hombro.
_ Inspector, los medios están llegando.
Miller maldijo entre dientes.
Giré la cabeza y vi, al final de la calle, los primeros faros detenidos más allá de la cinta policial. Una cámara sobre un hombro. Un micrófono cubierto con espuma azul. Una mujer con abrigo rojo hablando por teléfono mientras señalaba la casa.
La noticia había escapado.
Tal vez algún vecino había llamado. Tal vez alguien de la escena del bosque había filtrado el hallazgo.
Tal vez en los pueblos nada permanece enterrado mucho tiempo, ni siquiera aquello que se entierra con desesperación, ni siquiera los hijos no reconocidos, ni siquiera los pecados que uno cree haber cambiado de nombre.
_ Reverendo —dijo Miller, bajando la voz—, antes de que esto se convierta en un circo, voy a pedirle que me acompañe voluntariamente. A usted y a su esposa.
Miré la calle.
Los vecinos.
Las luces.
El jardín roto.
La iglesia, al fondo, apenas visible detrás de los tejados, con su torre recortada contra el cielo oscuro.
Durante años había creído que caminaba desde mi casa hasta el templo cada mañana.
Ahora entendía que quizá nunca había salido de una cosa para entrar en otra.
Casa e iglesia, matrimonio y fe, secreto y confesión, amor y mentira, todo había formado siempre el mismo edificio, y yo había sido el encargado de mantener encendidas las luces sin preguntarme demasiado qué había en el sótano.
_ ¿Saben quién es? —pregunté.
Miller no respondió de inmediato.
_ Aún no oficialmente.
_ Pero lo saben.
_ Hemos encontrado documentación parcial en una mochila a unos metros del cuerpo. También un teléfono dañado. La científica confirmará el resto.
Clara emitió un sonido apenas audible.
No la miré.
No podía.
_ ¿Nombre? —pregunté.
Miller mantuvo los ojos fijos en mí.
_ David Marsh. Aunque en algunos documentos figuraba como David Hale, el apellido de su padrastro.
El apellido me produjo una punzada extraña.
Marsh.
Y, sin embargo, en cuanto lo escuché, vi otra vez el perfil del joven en el almacén, los ojos, la mandíbula, la arrogancia herida, la furia de un muchacho que no solo quería dinero, sino reconocimiento, venganza, una forma brutal de obligar al mundo a admitir que existía.
Vi también a la mujer de veintitantos años que había conocido antes de Clara, una noche de verano, alcohol barato, una discusión sobre literatura y moralidad que entonces me pareció intensa y después conveniente de olvidar.
Vi lo que no había querido ver: que los errores no desaparecen porque uno aprenda a hablar de Dios con voz templada.
_ Quiero hacer una declaración —dijo Clara.
Me moví antes de saber que iba a moverme.
Le tomé la mano.
No con fuerza, pero sí con una urgencia que la detuvo.
Miller nos observó.
_ Señora Stock, de verdad, no…
_ No —dije yo.
La palabra me salió seca y rápida.
Miller arqueó las cejas.
_ ¿Perdón?
Solté la mano de Clara y di un paso adelante.
El frío me entraba por el cuello de la camisa. Tenía las manos heladas. Sentía el corazón en sitios donde el corazón no debería sentirse: en la garganta, en las muñecas, detrás de los ojos.
_ La declaración la haré yo.
Clara se quedó inmóvil.
_ Sam.
No me volví.
Porque si la miraba, si veía su rostro, tal vez recordaría que todavía había una salida, una salida horrible, sí, pero una salida en la que cada uno cargaba con lo suyo y la ley hacía de ley aunque llegara tarde y mal.
Si la miraba, tal vez ella me convencería de no cometer el único pecado que no podría confesar jamás sin destruirla.
Miller frunció el ceño.
_ Reverendo, no sé qué cree que está haciendo.
Yo tampoco lo sabía con precisión.
O quizá sí.
Quizá lo había sabido desde el instante en que Clara me contó que había entrado en el confesionario sabiendo que yo estaría al otro lado, desde el instante en que comprendí que todo aquel horror había sido una pregunta disfrazada de sacramento: ¿a quién amas más, Sam?
, ¿a Dios, a la verdad, a tu nombre limpio, a la imagen que todos tienen de ti, o a mí?
Durante toda mi vida adulta, había predicado que el amor no era posesión, ni excusa, ni debilidad, sino entrega.
Nunca había imaginado que la entrega pudiera parecerse tanto a una condena.
_ Necesito decirlo delante de todos —dije.
Miller dio un paso hacia mí.
_ No diga ni una palabra más.
Pero ya era tarde.
Al final de la calle, los periodistas empujaban contra la cinta policial. Algunos vecinos habían salido a la acera. Las cámaras levantaban sus ojos negros. El pueblo, ese organismo amable y cruel que durante años había depositado sus duelos en mis manos, se preparaba ahora para recibir el mío.
Clara susurró:
_ No.
Una sola sílaba. No sonó como una orden, ni una súplica. Era más bien un lamento.
Respiré hondo. Y caminé hacia las cámaras.