El verdadero crimen #4
_ No fue fuerte —dijo Clara—.
Eso es lo que no dejo de repetirme, aunque sé que no cambia nada.
No fue fuerte. Solo quería apartarlo. Pero él resbaló.
La tierra estaba húmeda. Dio un paso hacia atrás, perdió el equilibrio y cayó contra una piedra, una de esas piedras bajas que bordean el sendero, cubiertas de musgo. El sonido...
Se llevó una mano a la boca.
Yo cerré los ojos, pero no pude evitar oírlo.
Un golpe seco.
Un sonido breve.
La clase de sonido que no parece suficiente para terminar una vida.
_ Al principio pensé que se levantaría —dijo Clara—.
Me quedé quieta, esperando que se moviera, que me insultara, que se llevara la mano a la cabeza y dijera que estaba loca.
Pero no se movió. Me arrodillé junto a él.
Había sangre. No tanta como en las películas.
Eso fue lo peor. Que parecía poca. Una línea oscura bajándole por el pelo, mezclándose con la lluvia.
Le puse los dedos en el cuello porque una vez vi hacerlo en una serie y porque no sabía qué otra cosa hacer.
No encontré pulso. O tal vez no supe encontrarlo.
Le hablé. Le dije: David. David, levántate.
David, por favor. Y entonces entendí que estaba muerta la parte del mundo en la que eso aún podía arreglarse.
Abrí los ojos.
La mujer que tenía delante no era inocente.
Tampoco era el monstruo que mi mente había intentado construir para sobrevivir.
Era Clara.
Mi Clara.
Y eso lo hacía insoportable.
_ ¿Por qué no llamaste a una ambulancia?
Ella me miró como si aquella pregunta hubiera vivido dentro de ella desde esa noche.
_ Porque tuve miedo.
_ Podría haber estado vivo.
_ Lo sé.
_ Clara.
_ ¡Lo sé!
El grito rompió algo. No un objeto, sino la última capa de contención que ella había logrado mantener hasta entonces. Clara se dobló un poco, apoyó una mano en la pared y respiró con dificultad.
_ Lo sé cada minuto, Sam. Lo sé cuando me despierto.
Lo sé cuando cierro los ojos. Lo sé cuando oigo una sirena a lo lejos.
Lo sé cuando alguien en la iglesia habla de perdón como si fuera una cosa limpia.
Podría haber estado vivo. Podría haber llamado.
Podría haber hecho lo correcto. Pero no lo hice.
Me quedé allí, bajo la lluvia, con el teléfono en la mano, viendo cómo tu hijo sangraba en el barro, y pensé en ti.
Sentí náuseas.
_ No digas eso.
_ Es la verdad.
_ No pongas eso sobre mí.
_ No lo pongo sobre ti. Lo pongo sobre mí.
Pero tú estabas allí aunque no estuvieras.
Estabas en cada decisión. En cada segundo.
En cada miedo. Pensé que si llamaba a la policía, preguntarían qué hacía yo allí con él.
Preguntarían quién era. Preguntarían por qué me chantajeaba.
Preguntarían por ti. Por los documentos.
Por Marianne. Por el hijo que nunca supiste que tenías.
Pensé que tu vida terminaría por un accidente que no habías provocado y por un pecado que ya habías intentado redimir durante veinte años.
Hablé muy despacio.
_ Y decidiste esconderlo.
Clara asintió.
_ Sí.
La palabra no tembló.
Quizá porque ya no quedaba nada que pudiera temblar.
_ ¿Dónde?
_ En una zanja antigua, cerca del sendero norte. Hay una depresión cubierta de helechos. Nadie pasa por allí salvo los chicos en verano, y esa noche llovía. No podía moverlo mucho. Pesaba más de lo que parecía. Lo arrastré. Dios mío, Sam, lo arrastré.
Se cubrió la cara con las manos.
No fui hacia ella.
No todavía.
Había una parte de mí, quizá la más humana y por tanto la menos noble, que quería abrazarla, que quería decirle que todo se arreglaría aunque ambos supiéramos que era mentira.
Pero había otra parte, la del reverendo, la del hombre que había acompañado a madres ante ataúdes pequeños y a viudas ante camas vacías, que no podía dejar de ver a David como algo más que una amenaza, más que un chantajista, más que el hijo inesperado de un pasado turbio.
David había sido un cuerpo en el barro.
David había sido un muchacho que quizá no supo pedir ayuda sin convertirla en violencia.
David había sido mi hijo.
_ ¿Qué hiciste después? —pregunté.
Clara bajó las manos.
_ Volví al coche. Me limpié como pude.
Había barro por todas partes. En los zapatos, en el abrigo, bajo las uñas.
Me eché crema en las manos porque olían a tierra y a metal, y porque no soportaba ese olor.
No sabía qué hacía. Conduje sin rumbo un rato.
Luego paré en una gasolinera y vomité. Después volví al pueblo.
_ Y fuiste a la iglesia.
_ Sí.
Sentí el peso de la frase antes de que ella la explicara.
_ ¿Por qué?
Clara me miró durante mucho tiempo.
Cuando habló, su voz era apenas un hilo.
_ Porque necesitaba saber quién eras cuando la verdad entraba por la puerta.