La tierra bajo el parachoques #2
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió. La lluvia golpeaba el techo del garaje con suavidad, como si quisiera entrar sin hacer escándalo. El zumbido del congelador llenaba los huecos que nosotros no nos atrevíamos a ocupar con palabras.
Clara bajó la vista hacia el coche.
No hacia mí.
Hacia el coche.
Fue un gesto mínimo, pero lo vi. Lo vi porque llevaba días viendo demasiado. Lo vi porque una parte de mí, la peor, ya no miraba a mi esposa como se mira a la persona amada, sino como se mira una escena que podría contener pruebas.
_ ¿Qué haces aquí? —preguntó.
La pregunta era sencilla.
Lógica.
Inocente.
Aun así, me sonó como una defensa.
_ Vi la luz encendida.
_ La dejé sin querer.
_ Eso pensé.
Clara permaneció en el umbral. No entró en el garaje. No se acercó al Audi. No apagó la luz. Se quedó allí, con una mano apoyada en el marco de la puerta, como si ese rectángulo de madera fuera una frontera que no deseaba cruzar.
_ ¿Ha pasado algo? —preguntó.
El sobre pesaba dentro de mi chaqueta. La fotografía parecía arder contra mi pecho. Tuve el impulso absurdo de sacarla, enseñársela, decirle: mira, esto es lo que ha pasado; alguien me sigue; alguien me vio; alguien sabe que he ido a una casa en la que no debía estar.
Pero no lo hice.
Porque mostrarle aquella fotografía habría obligado a explicarlo todo.
Y explicar todo significaba confesar que había entrado en la casa de Elena Rostova, que había llamado a Peter Lyle para obtener información que no debía haber pedido, que había seguido una voz hasta convertirla en sospecha, que había dejado de actuar como sacerdote mucho antes de aceptar que ya no sabía cómo volver a serlo.
_ No —dije.
La mentira fue pequeña.
Por eso fue tan fácil.
Clara me miró.
_ Sam.
Mi nombre, en su boca, podía significar muchas cosas. Advertencia. Ternura. Cansancio. Desconfianza. Aquella vez no supe cuál era. O quizá eran todas a la vez.
_ Estoy bien —añadí.
_ No he preguntado eso.
No respondí.
Ella bajó un escalón hacia el garaje. La luz le endureció las facciones.
En la cocina, detrás de ella, vi la mesa puesta para dos, la sopa cubierta con un paño, una vela pequeña apagada junto al salero.
Clara había preparado cena. Había esperado.
Había llenado la casa de signos ordinarios de amor mientras yo llevaba barro ajeno en los zapatos y una amenaza en el bolsillo.
Ese pensamiento debería haberme acercado a ella.
En cambio, me hizo mirar de nuevo el parachoques.
El rasguño.
La tierra roja.
Clara siguió mi mirada.
_ ¿Qué pasa con el coche?
_ Nada.
_ No digas nada cuando estás mirando como si hubieras encontrado un cadáver.
La palabra cayó entre nosotros.
Cadáver.
Clara la había usado sin pensar, probablemente. La gente dice palabras así. Las usa en frases hechas, en exageraciones, en sarcasmos domésticos. “Como si hubieras encontrado un cadáver.” No significaba nada.
No debía significar nada.
Pero la oí, y algo dentro de mí se tensó.
Clara también lo notó.
O quizá solo notó mi silencio.
_ Perdona —dijo—. No quería decirlo así.
_ ¿Cómo?
_ Sam.
_ ¿Cómo no querías decirlo?
Su rostro cambió. La preocupación cedió espacio a una irritación cansada.
_ No empieces.
_ Solo he preguntado.
_ No. Tú no preguntas. Tú colocas trampas con voz de hombre herido y luego esperas que los demás pisen donde tú ya has decidido mirar.
La precisión de la frase me dolió porque era cierta.
Tal vez no del todo.
Pero lo suficiente.
_ Tienes barro en el parachoques —dije.
Clara miró el coche.
Esta vez sí.
_ Es un coche. Los coches tienen barro.
_ No ese tipo de barro.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Ella volvió lentamente la cara hacia mí.
_ ¿Ese tipo?
Su tono no tenía miedo.
Eso me desconcertó.
Tal vez habría preferido miedo. El miedo habría sido una respuesta. Una grieta clara. Pero Clara no parecía asustada. Parecía cansada de mí. Y uno puede combatir una mentira. Incluso una amenaza. Pero el cansancio de la persona a la que amas te deja sin armas.
_ Arcilla roja —dije.
_ ¿Y ahora distingues tipos de barro?
_ Blackwood tiene esa tierra.
Clara no respondió de inmediato.
La pausa fue breve.
Muy breve.
Pero yo ya no vivía en el tiempo normal. Vivía en el tiempo de las pausas.
_ ¿Por qué hablas de Blackwood? —preguntó.
La lluvia aumentó apenas.
La oí sobre el tejado, sobre la puerta, sobre el coche de Clara.
Pensé en el bosque. En la llamada de Peter Bell días atrás.
En las luces vistas cerca del camino viejo.
En la verja abierta. En la sangre que tal vez era de animal.
En todas aquellas piezas que no encajaban hasta que uno se empeñaba demasiado en encajarlas.
_ Por nada —dije.
Clara soltó una risa baja, sin humor.
_ No. No digas “por nada” después de mirarme como si acabara de entrar cubierta de sangre.
Sangre.
Otra vez.
La palabra se instaló en el garaje con una naturalidad insoportable.
Me di cuenta de que estaba respirando demasiado despacio.
Clara dio otro paso hacia mí.
_ Sam, ¿qué ocurre?
Aquella pregunta, formulada con ternura, casi me destruyó.
Porque si ella era inocente, yo estaba convirtiendo mi hogar en una sala de interrogatorios.
Y si no lo era, la ternura era una herramienta.
No saber distinguir entre ambas cosas me pareció la forma más pura de la condena.
_ Estoy cansado —dije.
_ No es cansancio.
_ No quiero discutir.
_ Entonces no me acuses en voz baja.
Me quedé inmóvil.
Era una frase justa. Terriblemente justa.
Yo no la había acusado. No todavía. Pero la acusación ya estaba en mi cuerpo, en mi mirada, en la forma en que rodeaba el coche, en la forma en que miraba sus manos, sus zapatos, el marco de la puerta, todo aquello que unos días antes habría sido simplemente Clara.
Mi Clara.
_ Perdona —dije.
No sé si lo dije por el barro, por la fotografía, por Elena, por Dios o por el hombre en el que me estaba convirtiendo.
Clara me sostuvo la mirada durante unos segundos.
Después asintió, aunque no pareció aceptar la disculpa. Más bien pareció archivarla para revisarla después, como hacía con los ensayos deficientes de sus alumnos.
_ La cena está lista —dijo.
_ Ahora voy.
Pero ninguno de los dos se movió.
La casa esperaba detrás de ella.
El garaje detrás de mí.
Entre ambos, el Audi azul oscuro, inmóvil, con el pequeño rasguño en el parachoques y la tierra roja seca en el borde inferior.
Clara se volvió hacia la cocina.
Yo me quedé allí un segundo más.
Solo uno.
Lo suficiente para mirar otra vez la tierra.
Lo suficiente para desear no haberla visto.
Lo suficiente para saber que ya no podría dejar de verla.