Capítulo 26 — Un nombre que nadie debía imprimir #2
—No me las dé todavía. La gratitud prematura compromete al futuro.
—Entonces… hasta luego.
—Mucho mejor.
El tren de Thomas salió envuelto en humo.
Delacroix lo vio alejarse y pensó que algunos testigos sobreviven no porque el mundo se vuelva justo, sino porque alguien llega a tiempo para cambiarles de calle.
No era suficiente.
Pero, otra vez, era mejor.
Morrow no volvió a escribir.
Al menos no para el público.
Se dijo que en su celda pidió papel.
Se dijo que Blackthorne lo negó.
Se dijo que Pembroke estuvo de acuerdo.
Se dijo que Delacroix, al enterarse, comentó:
—Un hombre puede tener derecho a defensa. No necesariamente a estilo.
La frase circuló.
Como todas las frases que Delacroix prefería no haber dicho.
Morrow, privado de imprenta, se volvió más pequeño para algunos y más peligroso para otros.
Sus admiradores hablaron de conspiración.
Sus enemigos hablaron de monstruo. Los abogados hablaron de pruebas.
Los periódicos hablaron de prudencia con esa voz que adoptan cuando la imprudencia ajena ha sido más rentable que la propia.
El juicio vendría después.
Los detalles se discutirían.
Los primeros tres asesinatos exigirían trabajo, testimonios, rutas, residuos, cartas, relaciones, comprobaciones.
El asesinato de Ashcombe sería el centro más firme.
La obstrucción, la falsificación de prueba contra Harcourt, el arma, la tinta, la galera final, la declaración de Thomas, las órdenes de ruta, la carta de Sayer: todo eso empezaba a levantar una estructura menos brillante que las columnas de Morrow y mucho más difícil de derribar.
Delacroix no se quedó a verla completa.
—Siempre hace eso —dijo Pembroke la tarde de su partida.
Estaban en la estación, bajo una bóveda de hierro y humo. Los viajeros pasaban a su alrededor con maletas, prisas, despedidas, promesas y esa tristeza pequeña de los andenes que nadie incluye en los mapas.
—¿Qué cosa? —preguntó Delacroix.
—Irse cuando todavía queda papeleo.
—El papeleo es la forma que tiene la justicia de vengarse de quienes la ayudan.
—También podría quedarse a recibir agradecimientos.
—No sea cruel, Arthur.
Pembroke sonrió.
Llevaba varios días menos encorvado. No feliz. Eso habría sido impropio después de cuatro muertos. Pero sí devuelto a una clase de cansancio normal, menos desesperado.
—Blackthorne quiere verlo antes de que suba.
—Ya lo vi.
—Quiere verlo de nuevo.
—Eso confirma que no debo permitirlo.
—Le dirá gracias.
—Me lo dijo con la mirada.
—Blackthorne no dice gracias con la mirada. Dice “no vuelva a hacerme esto” con la mirada.
—Una variedad administrativa de gratitud.
Pembroke guardó silencio un momento.
Luego dijo:
—No sé cómo agradecerle.
—No empiece usted también.
—Hablo en serio.
—Por eso me preocupa.
El inspector miró hacia el andén.
—Si no hubiera venido…
—Habría venido otro.
—No.
Delacroix no respondió.
Pembroke continuó:
—Morrow nos estaba haciendo mirar donde quería. A todos. A mí también.
—A mí también, al principio.
—No demasiado.
—Lo suficiente para recordarlo.
Pembroke sostuvo su mirada.
—¿Le molesta que se sepa?
—¿Qué cosa?
—Que fue usted quien lo vio.
Delacroix miró el tren.
—La fama, Arthur, es una forma de ruido. Y hemos tenido ya bastante ruido.
—No podrá evitarlo del todo.
—Un hombre puede intentar muchas cosas inútiles si las hace con elegancia.
—Los periódicos empiezan a hablar de “el detective francés”.
Delacroix cerró los ojos un instante.
—Una desgracia nacional.
—No dicen su nombre.
—Aún.
—Clara no lo imprimirá.
—Lo sé.
—Pero otros lo harán.
Delacroix abrió los ojos.
En la estación, un vendedor gritaba la edición de la tarde.
—¡El caso del Herald! ¡El francés de Scotland Yard! ¡Nuevos detalles!
Pembroke miró al vendedor.
Luego a Delacroix.
—Lo siento.
Delacroix suspiró.
—No tanto como yo.
El vendedor pasó cerca.
Delacroix compró un ejemplar.
Pembroke alzó una ceja.
—¿Ahora lee periódicos?
—Solo cuando sospecho que me han asesinado la discreción.
Abrió la hoja.
El artículo no mencionaba su nombre completo. Decía apenas:
“Fuentes cercanas a la investigación hablan de la colaboración de un detective extranjero, conocido por su discreción y por métodos poco ortodoxos.”
Delacroix dobló el periódico.
—Métodos poco ortodoxos —repitió.
—Podría ser peor.
—Siempre puede ser peor. Esa es la base del periodismo.
Pembroke rió.
Esta vez de verdad.
El tren soltó un silbido.
Delacroix tomó su maleta.
Pembroke extendió la mano.
—Adiós, Armand.
Delacroix la estrechó.
—Adiós, Arthur.
—No espere tantos años para volver.
—Procure que Londres no me necesite.
—Eso no depende de mí.
—Entonces estamos perdidos.
Pembroke lo sostuvo un segundo más.
—Gracias.
Delacroix no hizo ninguna broma.
No de inmediato.
—Fue un honor ayudarlo, mon ami.
Pembroke asintió.
Delacroix subió al tren.
Desde la ventanilla, vio a su amigo quedarse en el andén, con el sombrero en la mano y el humo borrándole poco a poco los contornos.
Londres, detrás de él, seguía siendo una masa de piedra, niebla, tinta y voces.
Una ciudad enorme, orgullosa, herida, capaz de devorar personas y luego pedir otra edición para entender cómo lo había hecho.
El tren empezó a moverse.
Delacroix abrió de nuevo el periódico.
Releyó la frase.
Un detective extranjero, conocido por su discreción…
Sonrió apenas.
La discreción, pensó, cuando se imprime, ya está perdida.
Guardó la hoja en el bolsillo.
No porque le gustara.
Porque conviene conservar algunas derrotas pequeñas para recordar que uno no manda del todo sobre su propio nombre.
Afuera, la niebla de Londres se fue quedando atrás.
No desapareció.
La niebla nunca desaparece del todo.
Solo cambia de ciudad, de calle, de periódico o de hombre.
Y, desde aquella mañana, aunque Armand Delacroix no lo quisiera, también había cambiado de rumor.
En algún club, alguien diría que Scotland Yard había recibido ayuda de un francés.
En alguna redacción, alguien intentaría averiguar más.
En alguna mesa de desayuno, un lector recordaría un apellido oído a medias.
Y, con el tiempo, el nombre que nadie debía imprimir empezaría a viajar de boca en boca con más fuerza que cualquier desmentido.
Delacroix cerró los ojos.
Después de Londres, ya no pudo fingir del todo que era un detective discreto.
Pero, al menos por unas horas, mientras el tren se alejaba de la ciudad y la niebla quedaba suspendida sobre los tejados como una página aún húmeda, pudo concederse la pequeña cortesía de no leer el siguiente titular.