Capítulo 25 — El hombre que escribió la niebla
Elias Morrow no parecía un hombre detenido.
Ese fue su primer esfuerzo.
Había aceptado la silla en la sala de Scotland Yard con una elegancia calculada, se había quitado los guantes despacio, había dejado el sombrero sobre la mesa y se había permitido incluso observar las paredes con una ligera decepción estética, como si esperara una decoración más digna para el momento en que una institución decidía equivocarse de enemigo.
La sala era la misma en la que Delacroix había reunido los nombres.
Samuel Pritchard.
Beatrice Vane.
Gideon Frost.
Henry Ashcombe.
Ahora las tarjetas seguían allí, alineadas sobre la mesa.
Pero había una quinta presencia.
No un muerto.
Un autor.
Morrow miró las tarjetas y sonrió.
—Qué conmovedor. Un club al que preferiría no haber sido invitado.
Blackthorne estaba de pie junto a la puerta, rígido, con la mandíbula cerrada.
Pembroke se mantenía cerca de la mesa. Clara Fenwick ocupaba una silla junto a la pared, muy pálida, pero firme.
Thomas Bell no estaba presente. Delacroix había insistido en que el muchacho declarase por escrito y fuera llevado a un lugar seguro.
Morrow no necesitaba verlo para saber que existía; esa era una ventaja que no convenía regalarle dos veces.
Harcourt, en cambio, sí estaba allí.
No como sospechoso.
Como testigo de la clase de error que una ciudad puede cometer cuando tiene hambre de culpables.
—Doctor —dijo Morrow al verlo—. Me alegra comprobar que ha sobrevivido a su propio desenlace.
—Yo también —respondió Harcourt—. Detestaría morir en un capítulo mal escrito.
Morrow inclinó la cabeza.
—Siempre tan amable.
—No. Solo liberado.
Delacroix colocó sobre la mesa la galera rasgada de la última crónica.
Morrow la miró.
—Eso es propiedad del Herald.
—Durante unas horas, señor Morrow, casi todo en Londres pareció serlo.
—Qué frase. ¿La piensa publicar?
—No tengo esa desgracia.
Blackthorne se adelantó.
—Señor Morrow, está aquí para responder por una serie de hechos relacionados con los asesinatos de Samuel Pritchard, Beatrice Vane, Gideon Frost y Henry Ashcombe.
Morrow lo miró con una serenidad ofensiva.
—Qué amplitud. Me acusa de la ciudad entera.
—Todavía no lo he acusado formalmente.
—Entonces este es un ejercicio de imaginación policial.
Delacroix se sentó frente a él.
—No. De lectura.
Morrow sonrió.
—Eso me interesa más.
—Lo imaginaba.
Delacroix tomó la galera.
—Empecemos por el final.
—Una estructura peligrosa.
—Solo para quien confía demasiado en los comienzos.
Leyó en voz alta:
—“El objeto encontrado, envuelto en una tela gris y oculto donde solo un hombre acostumbrado a los cuerpos creería poder esconderlo…”
Se detuvo.
—La tela gris no había sido mencionada públicamente.
Morrow apoyó una mano sobre la mesa.
—Fuentes.
—Por supuesto.
—Es una palabra válida.
—También una habitación sin ventanas. Sirve para esconder muchas cosas.
—Si va a interrogar a cada periodista que protege una fuente, necesitará más cárceles que periódicos.
—No lo dudo. Pero usted no escribió solo “tela gris”. Escribió también: “un instrumento estrecho, casi decorativo, pero afilado con la paciencia de quien conoce la línea entre abrir papel y abrir carne”.
Morrow no se movió.
Delacroix dejó la galera sobre la mesa.
—Esa no es la descripción natural de un instrumento quirúrgico. Es la descripción de un abrecartas.
Harcourt murmuró:
—Una descripción bastante buena, por desgracia.
Delacroix siguió:
—El arma encontrada en la sala del doctor Harcourt no era un bisturí perdido.
Era el abrecartas que yo vi en su mesa, señor Morrow, el día en que lo visité en el Herald.
Clara Fenwick lo reconoció. Thomas Bell lo reconoció en declaración posterior.
Y usted mismo lo describió antes de que Scotland Yard anunciara su hallazgo.
Morrow levantó una ceja.
—¿Y eso prueba que maté a alguien?
—No todavía.
—Aprecio la honestidad. Es rara en las persecuciones.
—Pero prueba que sabía más de lo que podía saber por la calle. Prueba que el anónimo que nos llevó hasta el arma y la crónica que pretendía cerrar el caso nacieron en la misma inteligencia.
—Una afirmación elegante.
—Gracias.
—No necesariamente verdadera.
—Llegaremos a eso.
Delacroix tomó otro documento.
La orden de ruta.
—El día de la muerte de Henry Ashcombe, un coche pequeño del Herald salió del patio trasero a las cuatro menos diez. La orden llevaba una corrección escrita con su tinta habitual y, según la señorita Fenwick, con su mano.
Morrow miró a Clara.
Ella no bajó la vista.
—La señorita Fenwick ha descubierto tarde una vocación por la traición —dijo.
—No —respondió Clara—. Por la precisión.
Morrow volvió hacia Delacroix.
—Un periodista puede ordenar un coche.
—Sin duda.
—Un editor muerto cerca de Fleet Street no convierte cada carro en arma homicida.
—No. Pero Thomas Bell lo vio salir con ropa de reparto. Lo vio volver antes de las cinco. Lo vio con papeles bajo el abrigo. Papeles con borde rojo, quizá de la carpeta de Ashcombe.
La sonrisa de Morrow no desapareció.
Pero se quedó sin calor.
—Thomas Bell es un muchacho asustado.
—Ahora sí.
—Un empleado menor, impresionable, con resentimientos.
—También es el muchacho que usted intentó silenciar.
—No sé de qué habla.
Pembroke dejó sobre la mesa la declaración del agente que había presenciado el ataque en el cobertizo.
—Un hombre intentó herirlo poco después de que nos diera su nota.
—Londres está llena de hombres violentos. Ustedes llevan semanas recordándolo.
Delacroix dijo:
—Sí. Y usted lleva semanas aprovechándolo.
Morrow se recostó en la silla.
—Continúe. Me intriga saber cuántas casualidades puede organizar en mi contra antes de que parezca literatura.
—Menos que usted a favor de un asesino.
La frase golpeó más de lo que Morrow quiso admitir.
Delacroix tomó las cuatro tarjetas de las víctimas y las colocó de nuevo ante él.
—Durante muchos días, todos hicimos la pregunta equivocada. ¿Qué une a estas víctimas?
—Una pregunta razonable.
—Sí. Por eso funcionó.
Señaló la primera tarjeta.
—Samuel Pritchard no era nadie para usted.
—No lo conocía.
—No como persona. Como lector, tal vez. Como hombre común, seguro.
Compraba el Herald cerca de la estación.
Thomas Bell lo recordaba. Edith Pritchard recordó que, el día anterior a su muerte, su marido discutió con un hombre elegante que olía a tinta y le manchó el puño.
Ella lavó la camisa. Una pena para la policía. No tanto para la lógica.
Morrow no respondió.
Delacroix siguió:
—Pritchard sirvió para enseñar a Londres que cualquiera podía morir. Fue el azar. Un hombre sin enemigos, sin culpa, sin teatro. El cadáver perfecto para empezar una historia que necesitaba ser más grande que un motivo.
Señaló la segunda tarjeta.
—Beatrice Vane. Usted no escribió sobre ella. La reescribió. La convirtió en “la muchacha del teatro”, le dio una cinta azul que no estaba junto al cuerpo, cambió el taller por la escena, el trabajo por la imagen. Ella proporcionó compasión. Londres no solo debía temer. Debía sentir.
Clara apretó las manos.
Morrow dijo:
—Eso es crítica literaria, no acusación criminal.
—Aún no he terminado de criticar.
Harcourt murmuró:
—Qué alivio para la literatura.
Delacroix señaló la tercera tarjeta.
—Gideon Frost. Ahí cometió usted una economía interesante.
Frost ya era peligroso para usted por el caso Sayer.
Guardaba o conocía papeles que podían demostrar antiguas falsificaciones, viejas fuentes inventadas, una ruina periodística que Ashcombe estaba empezando a revisar.
Pero Frost, además, era una víctima ideal para la serie: un prestamista odiado.
Su muerte no produjo pena. Produjo debate.
¿Justicia? ¿Venganza? ¿Otro ataque del Cuchillo?
Londres se dividió. Y una ciudad dividida mira menos.
Morrow se movió apenas.
Muy poco.
Pero por primera vez hubo movimiento.
—Gideon Frost era un parásito.
—Quizá.
—Muchos lo querían muerto.
—Precisamente.
—Entonces culparme a mí es una decisión estética.
—No. Es una decisión acumulativa.
Delacroix colocó la cuarta tarjeta en el centro.
Henry Ashcombe.
—Y entonces llegó el muerto que sí tenía enemigo.
La sala se volvió más fría.
Clara miró el nombre de Ashcombe.
Morrow no.
—Henry había encontrado el camino hacia usted —dijo Delacroix—.
El caso Sayer, la carta de Margaret Sayer, la visita a Frost, las notas sobre su manera de construir culpables.
Iba a exigirle explicaciones. Lo citó a las cinco.
Usted sabía que no podía permitir que esa conversación llegara a la redacción entera.
—Henry exageraba.
La respuesta salió demasiado pronto.
Delacroix la dejó respirar.
—No he dicho aún qué exageraba.
Morrow guardó silencio.
Pembroke miró a Delacroix.
Blackthorne también.
—Gracias —dijo Delacroix suavemente.
Morrow lo miró.
—¿Por qué?
—Por corregirme antes de que terminara la frase.
La primera grieta no es un derrumbe.
Pero en las estructuras vanidosas, una grieta basta para que empiece el ruido interno.
Morrow recuperó la sonrisa.
—Muy hábil.
—No. Solo paciente.
Delacroix continuó:
—Ashcombe recibió una nota. Fue al pasaje de St. Bride.
Creyó que encontraría una fuente relacionada con Frost y el caso Sayer.
En realidad encontró el lugar donde su muerte podía copiar la forma de las otras.
La herida limpia. La ausencia de robo. La niebla.
La calle lateral. Todo lo necesario para que Londres dijera: otra víctima.
—Y usted dice que no lo era.
—Era víctima. No era otra.
Morrow guardó silencio.
—Usted tomó papeles de la carpeta roja —dijo Delacroix—. No la cartera. No el reloj. No el anillo. Papeles. Eso no encaja con el Cuchillo de la Niebla. Encaja con Elias Morrow.
Clara cerró los ojos.
Blackthorne apoyó ambas manos en el respaldo de una silla.