Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 12 — La última taza en la Plaza Mayor #3
100%

Capítulo 12 — La última taza en la Plaza Mayor #3

Lucía Paredes permaneció junto a la fuente con la cucharilla del puesto siete en la mano. Elena se la había devuelto temporalmente después de fotografiarla y registrarla. La sostenía como se sostiene algo que no repara nada, pero impide que el daño sea completamente abstracto.

Clara se acercó.

—¿Estás bien?

Lucía sonrió sin alegría.

—No.

—Pregunta tonta.

—Un poco.

—Soy buena en eso.

Lucía miró la cucharilla.

—Pensé que recordar bastaba.

—A veces recordar solo abre la puerta.

—¿Y después?

Clara miró la plaza.

El Portal 7.

La dulcería.

La librería.

El quiosco.

El Ayuntamiento.

La galería vieja escondida como una cicatriz detrás de los muros.

—Después alguien tiene que entrar.

Lucía guardó la cucharilla en un pañuelo.

—Habrá investigación.

—Sí.

—Intentarán decir que fue solo Marina.

Clara miró hacia la oficina policial, donde Elena Vega hablaba por teléfono con una expresión que prometía arruinar la semana de varias personas.

—No creo que la inspectora vaya a dejar.

—¿Y tú?

—Yo solo sirvo café.

Lucía la miró.

Clara suspiró.

—Sí. Ya sé. Nadie cree eso.

Al caer la tarde, Teresa abrió el Café Portal 7 solo para los de casa.

“Los de casa” incluía a Clara, Inés, Don Julián, Lucía, Nico, Amelia, Elena Vega —que insistió en que solo estaba allí para tomar una declaración adicional— y Migas, que no aceptaba definiciones restrictivas de propiedad.

La cinta policial seguía en la puerta del almacén, pero la sala principal estaba libre. Teresa hizo café en vasos de cartón, por prudencia simbólica. Inés trajo pastelitos en una bandeja. Don Julián colocó sobre una mesa el libro de Antígona  que había llevado todo el día.

—Para ti —dijo a Clara.

—¿Me estás regalando una tragedia después de esta mañana?

—Me pareció temáticamente adecuado.

Clara abrió el libro. En la primera página, Don Julián había escrito:

Para Clara Medina, que escucha a los muertos sin dejar de alimentar al gato equivocado.

—No alimento al gato equivocado —dijo Clara.

Migas, debajo de la mesa, robó un pedazo minúsculo de masa.

—Retiro parcialmente la frase.

Elena Vega tomó café de pie, como si sentarse pudiera comprometer su autoridad.

—No se acostumbre a esto, Medina.

—¿A resolver casos?

—A estar en medio.

—Yo no elegí estar en medio.

La inspectora miró a Migas.

—No. Él la arrastró.

El gato maulló.

—Dice que de nada —tradujo Clara.

Nico levantó un vaso.

—Por Migas.

Elena lo miró.

—No vamos a brindar por un gato.

Teresa levantó su vaso.

—Por Migas.

Inés, después de uma resistência moral de dois segundos, levantó el suyo.

—Por Migas. Pero si vuelve a tocar mis tartaletas, retiro el brindis.

Don Julián levantó el vaso.

—Por el colaborador felino no homologado.

Nico sonrió, emocionado.

—Ese nombre pega.

Elena cerró los ojos.

—Esto no va a entrar en el informe.

—Entrará en la historia oral —dijo Amelia.

—Eso es peor.

Clara levantó su vaso.

—Por la Plaza Mayor.

Todos quedaron un instante en silencio.

Luego levantaron también los vasos.

No era una celebración.

Todavía no.

Era algo más pequeño.

Una promesa pequeña.

Como una taza caliente entre las manos.

Como una silla libre bajo la sombra.

Como una ciudad que, después de casi perder su memoria otra vez, empezaba a recordar en voz alta.

Clara volvió a casa tarde.

Valleverde estaba más silenciosa que de costumbre. La plaza había quedado atrás, pero su olor seguía en la ropa: café, humo, piedra húmeda, canela.

Migas caminaba junto a ella com a solenidade de quem havia salvado uma investigação inteira e pretendia cobrar em mantequilla.

—No te emociones —dijo Clara—. Mañana volvemos a la normalidad.

El gato la miró.

—Sí, ya sé. En Valleverde eso suena como amenaza.

Al pasar frente a la Librería Julián, vio una luz encendida. Don Julián estaba dentro, ordenando libros como si ningún día pudiera terminar enquanto uma estante estivesse fora de lugar. En el escaparate había colocado un cartel manuscrito:

CLUB DE LECTURA — VIERNES 19:00   Tema: crímenes, memoria y cafés demasiado fríos

Clara sonrió.

Entonces vio algo pegado al vidrio.

Un sobre.

Pequeño.

Blanco.

Con su nombre escrito a mano.

Clara Medina

No era la letra de Don Julián.

Clara sintió que el cansancio desaparecía.

Migas también lo vio. Se sentó frente al escaparate y soltó un maullido bajo.

—No —dijo Clara—. Ni se te ocurra.

Pero ya estaba acercándose.

Despegó el sobre del vidrio.

Lo abrió.

Dentro había una tarjeta de biblioteca antigua. Amarillenta. En una cara, un sello:

CLUB DE LECTURA — GALERÍA MAYOR

En la otra, una frase escrita con tinta negra:

El próximo muerto ya está leyendo con nosotros.

Clara no respiró durante un segundo.

Migas olfateó la tarjeta.

Luego miró hacia la puerta cerrada de la librería.

Desde dentro, Don Julián levantó la vista y saludó, sin saber nada.

O fingiendo no saber.

Clara guardó la tarjeta en el bolsillo.

—Mañana —dijo al gato— no vamos a investigar nada.

Migas empezó a caminar hacia la entrada de la librería.

Clara suspiró.

—Está bien. Solo vamos a preguntar una cosa.

El gato maulló.

—Una.

Migas no prometió nada.

Y en Valleverde, las promesas pequeñas eran las únicas que podían volverse peligrosas.