Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 14 — La versión del médico
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Capítulo 14 — La versión del médico

Nico corrió delante de ellos por la calle nevada con la máscara de zorro levantada sobre la cabeza y el farol balanceándose en la mano como si llevara una luciérnaga enferma.

Delacroix lo siguió a buen paso, con Inés Cardiel a su lado y la carta de Lucía escondida de nuevo bajo el abrigo negro de la mujer.

Detrás quedaba la posada, el fuego, el gato, una mesa donde por un instante el pasado había parecido dispuesto a hablar con cierta claridad.

Delante, la fiesta seguía latiendo en la plaza con una música más tensa, más forzada, como un corazón que intenta convencer al cuerpo de que no ha recibido una puñalada.

La nieve había empeorado. No era todavía una tormenta, pero empezaba a adquirir ambiciones.

Caía en diagonal, empujada por el viento del mar, y convertía las luces azules de los faroles en manchas borrosas.

Las máscaras se movían por la calle principal con una torpeza inquietante.

Algunas personas bailaban, sí, pero con los hombros rígidos.

Otras se agrupaban bajo los soportales, hablando en voz baja.

Cada vez que Delacroix pasaba, las conversaciones se cerraban como puertas mal aceitadas.

Era un sonido que conocía bien, aunque no siempre se oyera con los oídos.

—¿Quién vio por última vez al doctor Lanza? —preguntó.

—Mi madre —dijo Nico sin detenerse—. Y Martín. Estaba junto a la mesa. Dijo que tenía que mirar una cosa. Después se fue.

—¿Mirar qué cosa?

—No lo dijo.

—Una costumbre muy popular esta noche.

Inés avanzaba sin mirar a los lados. Había guardado la máscara de ave bajo el brazo y ya no intentaba disimular su desprecio por la fiesta.

Algunos vecinos la observaban con una hostilidad antigua, como si el cadáver de don Álvaro fuese de algún modo culpa suya por haberlo deseado durante demasiado tiempo.

Delacroix pensó que en los pueblos pequeños el resentimiento tenía una lógica muy económica: culpaban a quien rompía el silencio, no a quien lo había hecho necesario.

Llegaron a la plaza. Teresa Valcende estaba junto a la mesa donde Martín Lobeira seguía anotando nombres con la letra de un hombre que preferiría estar copiando actas de bautismo en una habitación sin cadáveres.

Al ver a Nico, la mujer alzó la cabeza. Llevaba la máscara marfil en la mano y el rostro descubierto, cosa que ya casi nadie parecía atreverse a reprochar.

Había llegado ese momento en que la tradición seguía viva solo para quienes podían permitirse creer que no ocurría nada.

—Monsieur Delacroix —dijo Teresa—. Hace diez minutos el doctor estaba aquí. Me pidió que nadie tocara el vaso del brindis si lo encontraba.

—¿Qué vaso?

—No lo sé. Eso dijo.

—¿Y luego?

—Alguien le habló desde el lado de la Casa de los Rostros. No vi quién. Había demasiada gente cruzando.

Delacroix miró a Martín.

—Señor Lobeira.

El joven levantó la vista con el mismo entusiasmo con que un condenado escucha abrirse la puerta de la celda.

—¿Sí?

—¿Usted lo vio marcharse?

—Sí.

—¿Solo?

—Creo que sí.

—Cuando alguien dice “creo” en presencia de un posible segundo crimen, suele significar que sabe menos de lo que debería o más de lo que desea. Elija.

Martín apretó la pluma.

—Había una persona esperándolo.

—Acabamos de progresar. ¿Quién?

—No lo sé. Llevaba máscara.

—Esta noche eso no es una descripción, señor Lobeira. Es el estado civil de San Telmo.

—Era una máscara blanca. De la Dama. O parecida.

Teresa se quedó inmóvil.

—Hay muchas —dijo Nico, demasiado deprisa—. Las mujeres de azul llevan máscaras blancas.

—Sí —dijo Delacroix—. La multiplicación de lo sagrado siempre resulta conveniente para los pecadores.

Martín señaló hacia la calle lateral.

—El doctor fue hacia allí. Pensé que volvería enseguida.

—Hoy todos piensan cosas muy tranquilizadoras durante demasiado tiempo.

Delacroix no esperó más. Cruzó la plaza hacia la calle de la Casa de los Rostros. Teresa quiso seguirlo, pero él le hizo un gesto suave.

—Quédese aquí. Siga con los nombres. Y no permita que el señor Lobeira desaparezca otra vez en una tradición.

—Lo intentaré —dijo ella.

—No lo intente. Hágalo. Es más rápido.

Martín bajó la cabeza.

Inés y Nico siguieron a Delacroix por la calle estrecha.

El muchacho parecía asustado y orgulloso de estarlo.

Llevaba el farol muy alto, como si la luz pudiera darle importancia.

Inés caminaba en silencio. Al llegar a la puerta de la Casa de los Rostros, Delacroix encontró una sorpresa poco sorprendente: estaba entreabierta.

—¿Debería estar cerrada? —preguntó.

—Siempre —respondió Inés—. Después de que empieza la fiesta, solo entra el comité.

—El comité de fiestas empieza a parecerme una institución con demasiados privilegios criminales.

Empujó la puerta con el bastón. El interior estaba oscuro, salvo por una lámpara encendida al fondo, junto a la mesa donde habían visto la máscara del Ciervo Negro por la mañana.

Las máscaras colgadas en las paredes parecían flotar en la penumbra, suspendidas por el hilo invisible de una paciencia maligna.

El calor de la estufa había disminuido, pero aún quedaba en el aire olor a cera, barniz y pintura.

También algo más. Un olor medicinal, amargo, mezclado con alcohol.

Delacroix alzó una mano para que los otros no avanzaran.

—Nico, quédate en la puerta.

—Pero—

—Si escuchas a alguien venir, haces ruido.

—¿Qué clase de ruido?

—El que mejor se te dé.

El muchacho pareció considerar con seriedad sus habilidades sonoras y asintió. Inés, en cambio, entró sin esperar permiso. Delacroix no discutió. Algunas personas no seguían órdenes porque habían pasado la vida recibiendo demasiadas equivocadas.

La sala principal estaba vacía. Sobre las mesas quedaban máscaras a medio pintar, cintas cortadas, pinceles endureciéndose en vasos de agua azulada, restos de tela y pequeñas velas apagadas.

Delacroix caminó despacio, evitando tocar nada.

En el suelo, cerca de la mesa central, había una mancha oscura.

Se inclinó. No era sangre. Olió el pañuelo con que la rozó.

—Tónico —dijo.

Inés se acercó.

—¿El de don Álvaro?

—Quizá. O algo parecido. Medicinal. Amargo. Muy poco festivo, lo cual ya lo vuelve sospechoso aquí.

Junto a la mancha había un pequeño fragmento de vidrio. Delacroix lo recogió con pinzas y lo sostuvo ante la luz del farol que Nico proyectaba desde la puerta. Era parte de un vial roto, de vidrio oscuro. En el borde quedaba una película pegajosa.

—El doctor pudo haberlo traído —dijo Inés.

—O pudo haberlo encontrado.

—O alguien pudo romperlo para que él lo encontrara.

Delacroix la miró.

—Está empezando a pensar de una manera muy desagradable.

—Llevo viviendo aquí toda mi vida.

—Eso explica parte del talento.

Un sonido leve llegó desde arriba.

No fue un golpe. Más bien un arrastre. Algo moviéndose contra madera.

Nico abrió mucho los ojos desde la puerta.

Inés se volvió hacia la escalera. Delacroix guardó el fragmento de vidrio y subió el primer escalón sin hacer ruido.

La madera crujió de todos modos, porque las casas antiguas rara vez colaboran con el sigilo sin exigir protagonismo.

Arriba, la sala de los baúles estaba casi a oscuras.

La única luz venía de una lámpara caída junto a la pared, todavía encendida, aunque con la llama temblando dentro del cristal.

El sonido se repitió.

Delacroix avanzó entre percheros y capas colgadas.

Las telas rozaban sus hombros como manos educadas.

Había baúles abiertos. Uno de ellos, el de la familia Tebra, tenía la tapa levantada.

Otro, marcado con el apellido Armentia, estaba cerrado, pero la llave seguía puesta.

El de los Cardiel había sido apartado de su sitio.

La máscara de ave de Lucía no estaba a la vista.

Delacroix archivó el dato con una molestia fría.

—Aquí —susurró Inés.

El doctor Gabriel Lanza estaba detrás de una hilera de mantos azules, sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas extendidas.

Tenía la máscara de médico de la peste tirada a su lado, la boca manchada de un líquido oscuro y una cinta azul enrollada alrededor de una muñeca, no atándolo con verdadera eficacia, sino lo suficiente para haber intentado inmovilizarlo o para simular que alguien lo había hecho.

Respiraba. Eso, en aquella noche, ya constituía una noticia casi optimista.

Delacroix se arrodilló junto a él.

—Doctor Lanza.

El médico abrió los ojos con dificultad. Durante un segundo pareció no reconocerlo. Luego intentó incorporarse y soltó una blasfemia tan precisa que Delacroix decidió mejorar ligeramente su opinión sobre él.

—No se mueva —dijo—. Ser médico no lo autoriza a desobedecer consejos médicos básicos.

—Me golpearon.

—Eso había empezado a sospechar.

Lanza se llevó una mano a la nuca y gruñó. Tenía un bulto visible, pero no sangre abundante. La cinta azul cayó de su muñeca al suelo. Delacroix la recogió con cuidado. Era de terciopelo, del mismo tono que el hilo encontrado en la mano de don Álvaro.

—¿Quién? —preguntó Inés.

El doctor la miró, confuso.

—Una máscara blanca.

Delacroix respiró despacio.

—La Dama se está volviendo muy activa para una figura protectora.

—Me dijeron que habían encontrado algo del brindis —murmuró Lanza—. Que viniera. Que no lo dijera en la plaza.

—¿Quién se lo dijo?

—No lo sé. Voz baja. Mujer, creo. O un muchacho. Maldita sea, con esas máscaras todo suena como dentro de un armario.

—Una descripción menos científica de lo ideal, pero comprensible.

—Vine. La puerta estaba abierta. Había un vial en la mesa. Lo cogí. Olía al tónico de Álvaro, pero más fuerte. Después oí ruido arriba. Subí. Alguien estaba buscando en los baúles.

—¿Vio cuál?

Lanza cerró los ojos, esforzándose.

—El de Cardiel. Y el de Armentia. Creo. Había una máscara de ave sobre la mesa. Luego… nada. Golpe.

Inés se puso rígida.

—¿La máscara de Lucía?