Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 13 — La Casa de los Rostros #2
44%

Capítulo 13 — La Casa de los Rostros #2

—No sé.

Delacroix miró alrededor. Sobre una mesa pequeña junto a la ventana había polvo desplazado, la marca clara de un objeto que había estado allí y acababa de desaparecer.

Cerca del baúl de los Cardiel, en el suelo, encontró un trozo diminuto de cinta vieja, deshilachada.

Lo levantó. No era azul, sino marrón, gastada por los años.

Podía pertenecer a la máscara de Lucía. Podía no pertenecer a nada.

En una investigación, la prudencia consistía en admitir que los objetos no se volvían pruebas solo porque el detective los deseara.

—¿Le quitaron algo? —preguntó a Lanza.

—No llevaba nada.

—Excepto lo que sabía.

El médico lo miró con lucidez repentina. Había miedo en sus ojos. No por el golpe. No solo.

—El cuerpo de Álvaro no encaja.

—Ya lo había dicho.

—No. Más que eso. Cuando lo trasladamos, lo vi mejor. Tenía restos en la boca. No solo vino. Algo amargo. Su tónico no huele así. Alguien mezcló otra cosa. Algo para adormecerlo, quizá. O para cerrarle la respiración. Necesito mi maletín.

—¿Dónde está?

—En la sacristía.

—Bien. En cuanto deje de intentar morirse de forma inconveniente, iremos.

Lanza cerró los ojos otra vez.

—No me estaba muriendo.

—Todos dicen eso hasta que dejan de decirlo.

Inés se había acercado al baúl de los Cardiel. Estaba abierto. Vacío en parte. Sus dedos tocaron la madera interior con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su rostro. Delacroix vio entonces que la mujer temblaba.

—Aquí estaba —dijo.

—¿Qué?

—La máscara de mi hermana. La vi esta mañana. Celia la sacó. Luego la guardó aquí. Estoy segura.

Delacroix se levantó. Revisó el baúl sin tocar más de lo necesario. Había telas viejas, una capa humilde, cintas, una lista manuscrita con nombres de portadores de años anteriores. La máscara de ave clara no estaba.

—Quizá Celia la movió.

—Quizá Celia hace muchas cosas.

Nico silbó desde abajo.

No un silbido cualquiera. Un silbido agudo, urgente, espantoso, de esos que solo pueden producir los niños o las máquinas mal cuidadas. Delacroix se acercó a la escalera. Abajo, el muchacho estaba en la puerta, mirando hacia la calle.

—Viene alguien —susurró, aunque después del silbido el secreto había perdido parte de su encanto.

Delacroix bajó con Inés. Lanza intentó seguirlos, pero se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared.

En la entrada de la Casa de los Rostros apareció Samuel Rego con una lámpara en la mano y el rostro descubierto.

Venía cubierto de nieve. Al ver a Delacroix, a Inés y luego al doctor en lo alto de la escalera, se detuvo.

—Me dijeron que había pasado algo.

—En San Telmo esa frase empieza a ser peligrosamente amplia —dijo Delacroix.

Samuel miró la sala, las mesas, los baúles visibles desde abajo.

—¿Quién ha abierto esto?

—Esa es una pregunta excelente. ¿Tiene llave?

—Sí. Para reparaciones.

—¿Quién más?

—Celia. El alcalde. Martín, desde este año. Teresa a veces, para traer telas. Y el padre Elías, cuando se preparan las piezas de la iglesia.

—Una casa muy cerrada con una lista muy generosa de puertas.

Samuel se acercó a la mesa central. Vio la mancha del tónico y el vidrio roto. Su rostro cambió.

—Eso no estaba antes.

—¿Antes cuándo?

—Cuando dejé la máscara del Ciervo preparada.

—¿A qué hora?

—Antes de las campanas. Celia vino a buscarla.

—¿Sola?

Samuel dudó.

—Con Martín.

—¿Don Álvaro estuvo aquí?

—No.

—¿Está seguro?

—Don Álvaro no venía a la Casa de los Rostros desde hacía años. Decía que la humedad estropeaba la madera y las conversaciones.

Delacroix no pudo evitar una leve inclinación de reconocimiento.

—Una frase casi digna de él.

Inés se volvió hacia Samuel.

—La máscara de Lucía no está.

El carpintero cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había en ellos algo que Delacroix no había visto antes: no solo miedo, sino culpa.

—La vi esta mañana —dijo.

—¿Dónde? —preguntó Delacroix.

—En el baúl de los Cardiel. Doña Celia la sacó para enseñársela.

—¿Después?

—Después la guardó. Yo estaba aquí. La guardó.

—¿Y por qué parece usted culpable de que haya desaparecido?

Samuel miró a Inés, luego al suelo.

—Porque hace veinticinco años mi padre también vio esa máscara después de la fiesta.

Inés dio un paso hacia él.

—¿Qué?

Samuel tragó saliva. El viento empujó la puerta y Nico tuvo que sujetarla con las dos manos.

—Mi padre la encontró junto al viejo molino. No junto al acantilado. La máscara de Lucía estaba en el bosque.

La sala pareció quedarse sin aire. Inés no habló. Su rostro se había vuelto de una quietud terrible.

—¿Por qué no lo dijo? —preguntó Delacroix.

Samuel soltó una risa amarga, rota.

—Lo dijo. A la persona equivocada.

—Don Álvaro.

Samuel negó despacio.

—Celia Armentia.

Delacroix miró las máscaras colgadas en las paredes. Rostros blancos, negros, animales, santos, demonios. Todos callando con una obediencia perfecta.

—Naturalmente —dijo—. En San Telmo, incluso la verdad parece haber tenido siempre la mala fortuna de pedir indicaciones a quien conocía el camino del silencio.

Abajo, desde la plaza, llegó una nueva ráfaga de música. Pero ya no sonaba como una fiesta. Sonaba como una tapa golpeando una olla a punto de hervir.

Delacroix se volvió hacia Samuel.

—Quiero que me lleve al viejo molino.

Inés levantó la cabeza.

—Voy con usted.

Samuel palideció.

—Con esta nieve, de noche, es una locura.

—Quizá —dijo Delacroix—. Pero hasta ahora la sensatez local solo nos ha ofrecido un cadáver, un impostor, un médico golpeado y una máscara desaparecida. Me parece justo darle una oportunidad a la locura.

Capítulo 14 — La versión del médico

La locura, en San Telmo de la Nieve, tenía la ventaja de parecerse bastante a la lógica.

Delacroix lo pensó mientras Samuel Rego cerraba la puerta de la Casa de los Rostros, Nico vigilaba la calle con la solemnidad de un soldado diminuto e Inés Cardiel miraba al carpintero como si acabara de descubrir que durante veinticinco años había vivido junto a una pared que sabía hablar y había elegido no hacerlo.

Arriba, el doctor Lanza descendía la escalera con una mano en la nuca y la expresión resentida de quien no se conformaba con haber sido golpeado y pretendía, además, opinar sobre la calidad del golpe.

—Antes de que nadie salga hacia un molino, un bosque o cualquier otro lugar que a estas horas solo puede interesar a asesinos, poetas o idiotas —dijo el médico—, quizá convendría que alguien me ayudara a no caerme.

—Una petición razonable —dijo Delacroix—. Aunque algo tardía para un hombre que intentó desaparecer sin avisar.

—No intenté desaparecer. Me citaron.

—La diferencia suele ser importante para los vivos y casi irrelevante para las estadísticas.

Samuel lo sujetó por un brazo. Inés no se movió. Seguía mirando al carpintero, y en sus ojos había algo más peligroso que la furia: una espera antigua, de esas que no gritan porque llevan demasiado tiempo aprendiendo a morderse la lengua.

—Tu padre encontró la máscara de Lucía en el bosque —dijo.

Samuel bajó la mirada.

—Eso decía.

—No. No digas “eso decía”. No lo vuelvas pequeño.

—Inés…

—Veinticinco años.

Samuel tragó saliva. Era un hombre grande, fuerte, acostumbrado a trabajar con madera, frío y herramientas. Sin embargo, ante aquella mujer delgada vestida de negro parecía un niño sorprendido junto a una ventana rota.

—Mi padre se lo dijo a Celia —respondió al fin—. Y al guardia. Y al doctor.

Lanza cerró los ojos.

Delacroix lo vio. A veces, en una habitación llena de máscaras, el único rostro verdaderamente revelador era el de quien intentaba no tenerlo.

—Doctor —dijo—. Me parece que su versión acaba de volverse urgente.

Lanza respiró hondo, se soltó del brazo de Samuel y buscó una silla.

Se dejó caer en ella con poca elegancia y bastante alivio.

Nico se acercó con el farol, pero Delacroix le indicó que lo dejara sobre la mesa.

El muchacho obedeció, no sin antes lanzar al médico una mirada fascinada.

Para un niño, ver a un adulto golpeado y obligado a dar explicaciones debía de ser una experiencia educativa muy superior a muchas clases.

—Nico —dijo Delacroix—, vuelve con tu madre. Dile que el doctor está vivo, lo cual parece haber sorprendido a varias personas, y que nadie debe salir de la plaza sin que ella lo sepa.

—¿Y si me preguntan qué hacemos aquí?

—Diles la verdad.

Nico abrió los ojos.

—¿Cuál?

—Que no lo sabes. Es una de las verdades más útiles y menos practicadas.

El niño asintió y salió a la nieve, cerrando la puerta tras de sí con un cuidado exagerado. Delacroix esperó a que sus pasos se alejaran. Después se volvió hacia los otros tres. En la Casa de los Rostros, las máscaras colgadas parecían escuchar con una paciencia indecente.

—Doctor Lanza —dijo—. Hace veinticinco años, cuando Lucía Cardiel desapareció, ¿usted era ya médico en San Telmo?

Lanza se pasó una mano por el rostro. Tenía el labio húmedo, los ojos cansados y la nuca hinchada bajo el cabello gris.

—Llevaba seis meses.

—Un médico joven.

—Demasiado.

—Eso no suele ser un delito.

—No. Pero facilita algunos.

Inés dio un paso hacia él. Delacroix levantó apenas el bastón, no para detenerla por la fuerza, sino para recordarle que la verdad necesitaba aire si quería salir entera.

—Déjelo hablar.

—Lleva veinticinco años sin hacerlo.

—Entonces sería una pena estropear la novedad.

Lanza soltó una risa sin alegría.

—Yo no vi el cuerpo de Lucía, porque no hubo cuerpo.

Eso es lo primero. Nadie certificó su muerte.

Nadie podía hacerlo. Se habló de desaparición, de caída probable, de accidente.

Yo firmé un informe menor sobre el estado de la madre, sobre la crisis nerviosa, sobre la necesidad de reposo. No firmé que Lucía estuviera muerta.

—Pero permitió que todos lo dieran por hecho —dijo Inés.

—Sí.

La palabra fue tan breve que dolió más que una excusa.

—¿Por qué? —preguntó ella.