Capítulo 10 — La caja sin inventario
La caja de madera no debería haber estado allí.
Delacroix no necesitó abrirla para saberlo. A veces la simple presencia de un objeto en un lugar equivocado decía más que su contenido. Una copa en una biblioteca. Un zapato limpio junto a un cadáver embarrado. Una caja sin inventario dentro de un archivo reservado de Blackwell Yard.
Los objetos, como las personas, podían mentir por ubicación.
Reed mantuvo la mano sobre la llave, todavía introducida en la cerradura del armario. No la giró de nuevo. No sacó la caja. Durante unos segundos se limitó a mirarla como si esperara que ella tuviera la cortesía de explicar su propia indecencia.
Clara Whitcomb permanecía detrás de él, con el rostro más pálido que antes.
Delacroix observó a ambos.
La sala reservada era estrecha, más baja de techo que el archivo principal y peor ventilada.
Había armarios metálicos a ambos lados, algunos numerados, otros marcados solo con letras antiguas casi borradas.
El aire tenía ese olor particular de los lugares donde el papel envejece sin ser leído: polvo, cuero, tinta seca y una forma muy administrativa de podredumbre.
—¿Figura en algún registro? —preguntó Delacroix.
Clara tardó un instante en responder.
—No.
—No ha mirado.
—No hace falta.
Reed volvió la cabeza hacia ella.
—¿Cómo puede estar tan segura?
—Porque este armario está destinado a expedientes cerrados bajo custodia institucional. Las cajas privadas no se guardan aquí. Y si se guardaran, deberían constar en el índice auxiliar, con fecha, motivo y autorización.
—¿Quién controla ese índice?
—Yo.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace nueve años.
—¿Y antes?
Clara miró la caja.
—Antes lo llevaba el señor Hargreaves. Murió hace seis años. Antes de él, no lo sé con certeza.
Delacroix se acercó al armario. La caja era de madera oscura, de unos cuarenta centímetros de ancho, con esquinas reforzadas en latón y una pequeña cerradura frontal. No tenía etiqueta. No tenía iniciales. No tenía polvo suficiente.
Eso era lo peor.
El armario sí estaba cubierto por una película gris. También los expedientes apilados a los lados. La caja, en cambio, parecía haber sido limpiada o colocada hacía relativamente poco. No nueva, desde luego. Pero no abandonada durante años.
—Inspector —dijo Delacroix—, sáquela con cuidado.
Reed obedeció.
La caja pesaba más de lo que parecía. La depositó sobre una mesa estrecha situada junto a la pared. La madera produjo un sonido seco, opaco, demasiado definitivo para una habitación llena de papeles.
Clara no se acercó.
—Señorita Whitcomb —dijo Delacroix—, ¿la reconoce?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—Esa palabra está empezando a volverse ambiciosa.
Ella lo miró.
—No la reconozco.
Delacroix aceptó la corrección con una leve inclinación.
Reed examinó la cerradura.
—La llave de Harrow abre el armario. Quizá también abra la caja.
—Sería de una comodidad casi obscena —dijo Delacroix—. Probemos.
Reed introdujo la llave pequeña.
No entró.
La retiró, cambió el ángulo y volvió a intentarlo. Nada.
—No abre.
Delacroix se inclinó.
—Naturalmente.
—¿Naturalmente?
—Harrow no era un hombre que confiara una sola puerta a una sola llave. La llave permitía encontrar la caja. La caja exige otra cortesía.
Reed apoyó ambas manos en el borde de la mesa.
—Entonces habrá que forzarla.
Clara dio un paso.
—No.
Los dos hombres la miraron.
Ella misma pareció advertir que había hablado demasiado rápido.
—Quiero decir —añadió— que quizá convenga fotografiarla o registrar su estado antes de abrirla.
—Qué prudencia admirable —dijo Delacroix.
—Es procedimiento.
—En este edificio, señorita Whitcomb, el procedimiento cambia de valor según a quién perjudique.
Clara no respondió.
Reed llamó a Crawley desde el pasillo y le pidió un pequeño juego de herramientas. El joven regresó unos minutos después con un destornillador, unas pinzas, un martillo pequeño y la expresión de quien teme que incluso los objetos puedan declarar en su contra.
Delacroix eligió las pinzas.
—¿Sabe abrir cajas, monsieur? —preguntó Clara.
—No tantas como ciertos ladrones, pero más de las que mi reputación social aconsejaría admitir.
Trabajó sobre la cerradura con paciencia. No era compleja, pero sí vieja y dura. Reed aguardaba a su lado, cada vez más tenso. Clara había cruzado las manos delante del cuerpo. La luz que entraba por la ventana alta apenas alcanzaba la mesa; el resto de la sala parecía contener el aliento.
Al fin, la cerradura cedió.
El chasquido fue pequeño.
Reed cerró los ojos un instante.
Delacroix levantó la tapa.
Dentro había papeles.
No muchos. Menos de los que una caja de ese tamaño prometía. Varias carpetas atadas con cinta negra, un paquete de cartas envueltas en tela, dos libretas, una pitillera vacía y una fotografía protegida entre cartones.
Delacroix no tocó nada al principio.
Miró.
La mayoría de los hombres abría una caja y se apresuraba a sacar su contenido.
Era una costumbre comprensible y vulgar.
Pero las cajas, como las habitaciones, tenían una disposición interna.
El orden en que alguien guardaba sus secretos podía revelar qué consideraba precioso, qué consideraba útil y qué deseaba que otros encontraran primero.
Arriba de todo había una hoja suelta.
Delacroix la tomó por una esquina.
La letra era de Harrow.
“Si han llegado hasta aquí, felicidades. Alguien en Blackwell Yard todavía sabe usar una llave.”
Reed exhaló con rabia.
—Canalla.
—Sí —dijo Delacroix—. Pero uno bastante atento a su puesta en escena.
La hoja continuaba:
“No busquen una confesión. Las confesiones son para los pecadores con poco sentido comercial. Busquen deudas. Los muertos no matan; las deudas sí.”
Delacroix leyó la frase dos veces.
Después la dejó sobre la mesa.
—Los muertos antiguos tienen mejor memoria que los vivos —murmuró Reed.
—Y las deudas matan —añadió Delacroix—. El señor Harrow está componiendo un pequeño catecismo desde el más allá.
Clara seguía mirando el paquete de cartas envuelto en tela.
No había preguntado por él.
Eso decía bastante.
Delacroix levantó la tela con cuidado.
Dentro había varias cartas atadas con una cinta azul descolorida. La letra del primer sobre era femenina, joven, inclinada, delicada. En la parte inferior se leía un nombre:
Margaret Whitcomb.
Clara cerró los ojos.
No lloró.
Delacroix habría preferido las lágrimas. Las lágrimas eran una salida, aunque torpe. La quietud de Clara era una habitación sin ventanas.
Reed miró las cartas con una mezcla de culpa y vergüenza que no le pertenecía del todo, y quizá por eso le pesaba más.
—No tiene que quedarse —dijo.
Clara abrió los ojos.
—Sí tengo.
—Clara…
—He pasado años sin poder ver lo que le quitaron. No pienso marcharme ahora porque resulte incómodo para quienes lo guardaron.
La frase no fue dirigida a Reed. Tampoco exactamente a Ashford, que no estaba allí. Fue dirigida al edificio.
Delacroix tomó una de las carpetas negras.
En la cubierta figuraba una anotación breve:
Whitcomb / Harrow / custodia irregular
Dentro había copias de documentos, recibos, solicitudes de traslado de pruebas, declaraciones incompletas y una nota interna fechada casi veinte años atrás. La firma al pie era clara.
Michael Reed. Inspector jefe.
Malcolm Reed no se movió.
Delacroix le entregó la hoja.
—Léala.
Reed la tomó con la rigidez de quien recibe una sentencia familiar.
La leyó en silencio.
Su rostro no cambió de inmediato. Después cambió demasiado.
—Mi padre autorizó el traslado de las cartas a custodia reservada —dijo.
—Eso ya lo sabíamos.
—Aquí dice que lo hizo a petición de un magistrado.
—¿Nombre?
Reed bajó la vista.
—Sir Alistair Pembroke.
Clara abrió los ojos con fuerza.
—El padre de Evelyn Pembroke.
Delacroix la miró.
—Explique eso.
—Evelyn Pembroke era la mujer a cuya familia iban dirigidas algunas de las cartas. Margaret había escrito sobre ella, sobre una relación, sobre una promesa… No era delito. Pero era suficiente para destruirlas a ambas.
Reed leyó otra línea.
—Harrow vendió fragmentos a la familia Pembroke. Luego intentó vender las cartas completas a Margaret. Y después a la comisaría.
—Un hombre con verdadero sentido de la distribución —dijo Delacroix.
Clara no apartó los ojos de las cartas.
—Sir Alistair quería que aquello desapareciera.
—Y desapareció —dijo Reed.
Delacroix tomó otra hoja.
—No del todo. Harrow conservó copias o recuperó originales.
—¿Por qué guardarlas aquí? —preguntó Reed.
—Porque nadie busca contrabando dentro de una caja con olor a autoridad. Harrow entendía los disfraces.
Clara habló en voz baja:
—Y porque alguien le permitió hacerlo.
Delacroix miró la caja.
—O porque alguien no supo que lo hacía.
—No defienda al edificio, monsieur.
—No lo defiendo. Solo evito condenarlo por unanimidad. Las unanimidades son cómodas y casi siempre tontas.
Reed tomó una de las libretas.
—Aquí hay nombres.
Delacroix se acercó.
La libreta estaba llena de iniciales, cantidades, fechas, pequeñas marcas y símbolos. No era un diario. Era una contabilidad moral. Harrow había anotado pagos, deudas, favores y amenazas con la frialdad de un tendero que vende vergüenza al peso.
Algunas iniciales se repetían:
G. A.
E. V.
M. R.
A. P.
C. W.
Reed se tensó al ver las suyas.
—M. R. puede ser mi padre.
—O usted.
—Harrow me señaló en la nota.
—Harrow señaló muchas cosas. Los chantajistas no apuntan: riegan.
Clara miró las iniciales C. W.
—También estoy yo.
—O cualquier otra persona con esas iniciales —dijo Delacroix.
—No sea generoso conmigo por cortesía.
—No lo soy. La cortesía es una mala herramienta cuando hay cadáveres. Solo soy preciso.
Reed pasó varias páginas.
—G. A. podría ser Gerald Ashford.
—O un tendero llamado George Allen que cometió la imprudencia de respirar cerca de Harrow. No adelantemos horcas.
—E. V. es Edmund Vale.
—Probablemente.
—A. P. Arthur Pike.
—Quizá.
Delacroix tomó la pitillera vacía.