Capítulo 24 — La cortesía de los verdugos #2
Miró a Baptiste. Luego a Lucien. Luego a Renard. Luego a Madeleine, cuyo nombre también empezaba por aquellas tres letras. En Valombre, una palabra incompleta tenía demasiados destinatarios.
—¿A quién? —repitió Henri.
—Eso intento averiguar.
Marchand ordenó a un agente que acompañara a Henri y a Paul a habitaciones separadas. Henri no se resistió. Al pasar junto a Baptiste, se detuvo.
Ambos hombres se miraron.
Durante toda la novela social de Valombre, Henri había sido el jugador y Baptiste el caddie; uno gritaba desde la desesperación del orgullo, el otro callaba desde la pobreza del dolor.
Ahora, por primera vez, parecían situados al mismo nivel: dos instrumentos posibles en manos de alguien más paciente.
—Lo siento —dijo Henri.
Baptiste no contestó.
Henri bajó la cabeza y siguió caminando.
Paul fue detrás, temblando.
El vestíbulo quedó con una sensación de hueco. Una mentira se había retirado y, como ocurría siempre en Valombre, no había dejado más aire, sino otra pared.
Marchand cerró la libreta con violencia.
—Maldita sea.
—Una síntesis muy adecuada —dijo Delacroix.
—La nota era de Henri.
—Sí.
—Eso lo hunde.
—Sí.
—Y al mismo tiempo explica por qué Marceau sonrió.
—También.
—Y por qué la nota desapareció: porque el asesino, al verla, comprendió que podía incriminar a Henri aún más.
—O porque ya la había usado para eso.
Marchand lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—La nota no solo provocó a Adrien. También pudo alterar su conducta en el diecisiete. Henri quería que Adrien dudara, arriesgara o se enfadara. El asesino pudo contar con esa reacción.
—¿El asesino sabía de la nota antes de la muerte?
—Alguien tuvo que verla o conocerla.
—Paul.
—Demasiado asustado y demasiado torpe.
—Henri.
—No se usaría a sí mismo con tanta mala elegancia.
—Baptiste pudo verla en la casilla.
—Sí.
—Renard entró en el cuarto.
—Sí.
—Lucien pudo ver a Adrien leerla.
—Después.
—Madeleine o Élodie pudieron saberlo.
—Menos probable antes del golpe.
Marchand se pasó una mano por la frente.
—Necesito detener a alguien antes de que este club entero confiese algo.
—Le recomiendo esperar a la confesión correcta.
—¿Y cómo la reconoceremos?
Delacroix miró las dos bolas.
—Porque no intentará explicarlo todo. Las confesiones falsas tienen la ambición de cerrar demasiadas puertas.
Renard, todavía sentado, habló con voz baja:
—Henri escribió la nota. Eso cambia todo.
Delacroix se volvió hacia él.
—No. Cambia la dirección de la mentira.
—No entiendo.
—Alguien colocó una segunda bola. Alguien tocó la campana. Alguien retiró la nota del cuerpo. Alguien plantó un guante con barro y una fotografía. Henri ha confesado una estupidez grave, pero no puede haber hecho todo eso desde la salida del hoyo mientras medio club lo miraba.
Renard bajó la mirada.
—Pudo tener un cómplice.
—Desde luego.
—Paul.
—Paul habría confesado el asesinato por accidente si usted le preguntaba con suficiente severidad dónde dejó una servilleta. No lo veo como arquitecto.
—Baptiste.
—Siempre volvemos a Baptiste. Eso empieza a parecer menos investigación que hábito.
Baptiste, que permanecía junto al pasillo, no dijo nada.
Su rostro estaba cerrado, pero había algo distinto en sus ojos.
La confesión de Henri lo había movido también.
Si Henri había escrito la nota, el crimen se volvía menos suyo en apariencia, pero no necesariamente menos peligroso para él.
La segunda bola seguía necesitando manos cerca de la bolsa de Adrien.
La campana seguía necesitando conocimiento del campo.
El guante seguía gritando su nombre con una vulgaridad casi insultante.
Élodie Marceau bajó un escalón.
—Entonces Henri no mató a Adrien.
Marchand respondió antes que Delacroix:
—No podemos afirmarlo.
—Pero ya no pueden fingir que simplemente perdió el control.
—No.
Ella asintió despacio.
—Adrien habría disfrutado con esto.
Todos la miraron.
La viuda no se disculpó.
—Con vernos así. Diciendo verdades a pedazos. Destruyéndonos unos a otros para intentar explicar su muerte. Era su talento. Incluso muerto consigue que todos actuemos como si siguiéramos dentro de su partida.
Delacroix la observó con atención.
—Quizá esa sea la clave, madame.
—¿Cuál?
—Que el asesino no solo mató a Adrien. Aprovechó el juego que Adrien había creado alrededor de todos ustedes.
Élodie sostuvo su mirada.
—¿Y quién conocía ese juego mejor que nadie?
Nadie respondió.
Porque la respuesta evidente era Baptiste.
Y porque, a esas alturas, las respuestas evidentes empezaban a oler peor que las mentiras.
Lucien Morel habló desde la entrada de la biblioteca.
—No fue Baptiste.
El joven parecía haber reunido valor con retraso y sin manual de instrucciones.
Marchand se volvió hacia él.
—¿En qué se basa?
Lucien tragó saliva.
—En Adrien.
—Explíquese.
—Adrien recibió la nota y sonrió. Si hubiera pensado que era de Baptiste, no habría sonreído así.
Lo habría llamado, lo habría humillado, quizá lo habría despedido delante de todos.
Pero sonrió como si alguien de su misma altura lo hubiera desafiado.
Henri, sí. O yo. O Madeleine. Alguien a quien pudiera vencer.
Baptiste no era un rival para Adrien. Era…
—miró al caddie, avergonzado—. Era parte del decorado.
Baptiste aceptó la frase sin moverse.
Quizá porque ya la había vivido demasiados años como para ofenderse por oírla.
Delacroix sintió que Lucien acababa de decir algo importante. No por el contenido, que él mismo ya había pensado, sino porque lo decía alguien que conocía la forma exacta de la vanidad de Adrien desde abajo y desde dentro.
—Gracias, monsieur Morel —dijo.
Lucien bajó la mirada.
Renard habló de nuevo:
—Pero Baptiste pudo usar la nota de Henri después de verla. Pudo entender que Adrien la tomaría como desafío. Pudo cambiar la bola. Pudo tocar la campana.
—Sí —dijo Delacroix.
Baptiste lo miró.
Delacroix le sostuvo la mirada.
—Sí, pudo. No voy a mentir para consolar a nadie. Pero también pudo hacerlo alguien que sabía que todos llegaríamos a esa conclusión.
El reloj del vestíbulo marcó las dos.
Dos campanadas graves, interiores, muy distintas de la del hoyo diecisiete. Aun así, varios se estremecieron.
Marchand dio instrucciones para separar a los principales implicados durante la noche: Henri y Paul bajo custodia; Baptiste vigilado; Renard sin acceso a archivos ni dependencias; Savary retenido; Gérard disponible; Lucien en su habitación; Élodie y Madeleine acompañadas por una dama del club y un agente en el pasillo.
Nadie protestó demasiado. El cansancio empezaba a hacer por la obediencia lo que la autoridad no siempre conseguía.
Cuando el vestíbulo se fue vaciando, Beaumont se acercó a Delacroix. El coronel parecía hundido en sí mismo.
—Usted tenía razón.
—Me ocurre a veces. Procuro que no se vuelva ostentoso.
—Este club no era lo que yo creía.
Delacroix miró la tela negra sobre la pizarra.
—Los lugares rara vez lo son. El problema es cuánto necesita uno creer en ellos para no mirar debajo.
Beaumont apoyó ambas manos en el bastón.
—Adrien era un canalla. Henri, un tramposo. Renard, un cobarde. Savary… Dios sabe qué fue Savary. Baptiste está lleno de odio. Lucien de miedo. Las mujeres de heridas. Y Claire…
No terminó.
Delacroix lo hizo por él, en voz baja:
—Y Claire de silencio.
El coronel cerró los ojos.
—¿Quién mató a Marceau?
Delacroix miró las dos bolas, ahora guardadas en sus bolsas de prueba.
—Alguien que sabía cómo hacer que cada culpa ajena pareciera una prueba propia.
—Eso no es una respuesta.
—No. Es la forma del asesino.
Beaumont lo miró.
—¿Y eso basta?
—Para esta noche, sí.
El coronel se marchó despacio.
Delacroix quedó solo unos segundos en el vestíbulo. La luz de las lámparas hacía brillar el suelo encerado. El club olía a cera, tabaco frío y agotamiento. Más allá de las ventanas, el campo dormía o fingía dormir, como todos.
En la mesa ya no estaban las bolas, pero Delacroix las veía todavía.
La bola de Henri, culpable de matar.
La bola falsa de Adrien, culpable de colocar.
La bola verdadera de Adrien, escondida en el poste.
Tres objetos pequeños. Tres verdades incompletas.
Henri había confesado la nota y, con ello, había intentado hacerse dueño de una parte de la historia. Pero la historia no le pertenecía. No por completo. Alguien había tomado su odio, su frase, su golpe, y los había usado con una precisión que no nacía de la desesperación.
Delacroix subió la mirada hacia la pizarra cubierta.
Debajo seguía escrito el nombre de Adrien Marceau.
Primero.
Incluso muerto, incluso desenmascarado, incluso odiado por medio club, Adrien seguía ocupando la parte alta de la lista.
Pero esa noche, por fin, Delacroix empezó a preguntarse si el asesino no había querido solo matarlo.
Quizá había querido bajarlo de allí.
Y poner en su lugar a todos los demás.
Capítulo 23 — El torneo que no terminó
Al amanecer, Valombre parecía un cadáver bien vestido.
La luz entraba por los ventanales con una suavidad casi insultante.
El campo volvía a ser verde. Los senderos volvían a parecer inocentes.
Los pinos se recortaban contra un cielo limpio.
El lago viejo, desde la terraza, no era más que una superficie tranquila entre árboles.
Incluso el hoyo diecisiete, oculto tras la loma, había recuperado esa distancia elegante con la que los lugares culpables intentan parecer paisajes.
Pero dentro del club nadie había dormido de verdad.
Los socios bajaban al comedor con rostros pálidos, trajes arrugados y una cortesía más delgada que la víspera.
Las damas hablaban poco. Los camareros servían café como si estuvieran distribuyendo un sedante.
Algunos empleados evitaban mirar hacia el vestíbulo.
Otros miraban demasiado. El aire olía a tostadas, cera, cansancio y miedo.
La pizarra de clasificación seguía cubierta con una tela negra.